jueves, 13 de marzo de 2008

La mano.

Agarro su mano. La agarro fuerte. Y, al igual que sus ojos, su mano no me suelta. Le he hecho una promesa, una más, pero creo que ésta última no voy a poder cumplirla.

Separó su brazo del mío para llamar con él al camarero. Había prometido quedarme con ella si me invitaba a una copa, y ella prometió decirme su nombre si yo no hacía más preguntas. Las chicas que prometen cosas no son de fiar, cariño. Y el camarero que llegaba. Ponnos una copa, Carlos, y prométele que volveré del baño. Se levantó y me lanzó un beso y reconocí cada uno de aquellos ojos que abandonando sus mesas se lanzaban al camino firme que iba dibujando su culo. Y allí en la puerta del baño, un portazo cegador. Ahora todo era eterno, un tiempo más que razonable para divagar. La llamaban la calle del amor, aunque ella sola era capaz de decirte que existían allí todos los locales necesarios para encontrar a una mujer e invitarla a una cerveza, una cena y una copa antes de llevártela a casa, aunque no necesariamente en ese orden. Yo sólo quería agarrar a una tía, y por qué no, prometerle cosas, esas cosas con las que jugar un poco. En el fondo es buena chica, amigo, pero nunca te dirá su nombre. A éstas las invito yo. Y antes de que contestara, Carlos movió sus dos cejas y me hizo mirar hacia el baño. Las líneas de las baldosas se intercalaban con sus pasos. Y ella, al llegar a mi lado dijo, sácame de aquí y no preguntes.

Cada tarde, frente al espejo prometo escapar de esta vida e imagino otra distinta que se dibuja allí mismo. Aquí, ella no tiene nombre y me habla, a su manera. De vez en cuando, me mira en una pausa alargada, asiente y parece que en su mirada se abre una grieta por donde comienza a expulsar todo aquel amasijo de ideas estancadas en su cabeza, atrapadas, enfangándole la vida.

La agarré con dos borrachos a la puerta del local. Un silbido, unas miradas y dos palabras mal puestas. Y otra vez fue esa mano la que volvió a soltar mi brazo e hizo parar a un taxi. Dije el nombre de una calle y la tangana acabó. Los tenía controlados. Los tenías controlados. Me plantó un beso en la boca, de esos que cuando te enganchan te hacen recordar tu vida. Se detuvo en los catorce años y me miró y yo la miré. Tal vez porque no dije nada volvió a besarme en la boca. Y cuando el taxi paró, tenía treinta cuatro años, las palabras enganchadas y su mano bien sujeta. Aún no me has dicho tu nombre. No vuelvas a preguntarme, ¿es aquí donde vives? Súbeme antes de que me arrepienta. Ella dejó caer su abrigo en el sofá del salón. Y aquí también las baldosas volvían a tener esas líneas con que intercalar sus pasos. ¿Cómo se llamaba ella? En la habitación tienes un baño, ¿quieres tomar algo? Sigues con tus preguntas. Y en tan sólo un parpadeo se le cayó su vestido.

Cada tarde, frente al espejo, ella me mira a los ojos, entiende, siente, comprendo. Reconozco ese boceto inacabado que con el tiempo pierde su fuerza, su intención, su voz, e incapaz de completarse, se va eliminando a si mismo.

Tenía un cuerpo perfecto, de esos que al comenzar a mirarlo descartan cualquier preámbulo. Podía haberlo dicho todo pero no me salió nada. Sólo una respiración profunda que, para intentar calmarla, dejé caer sobre su cuello. Desde allí fui resbalando con la ayuda de sus manos. No sé si miro hacia arriba. Yo sí que miré hacia abajo y apretando mi nariz en ella, me agaché, la respiré hondo y me arrebaté la camisa. Después le regalé el tiempo para tirar de sus bragas. Ella cerró sus dos manos queriendo arrancarme el pelo. Y mis labios se iban mojando con la prisa del deseo. Sus piernas se le doblaron mientras se me erizaba el sexo. Quise que no se moviera y con las manos abiertas apreté fuerte sus nalgas, casi hasta reventarlas. Para respirarla cerca, para que en mi boca entrara el férreo sabor de su coño. No me sueltes, Pablo. Prométemelo. No me sueltes. No lo haré. Te lo prometo. No quiso que yo siguiera y me empujó hasta que caí al suelo. Y como un animal sediento se lanzó entre mis dos piernas. Una mano me apretaba el pecho, la otra se cerró en mi polla como marcándose un límite para el tacto de sus labios. ¿Vas a decirme tu nombre? Ella sólo levantó la cara y no sé qué es lo que dijo porque en ese mismo instante subió un calor por mis piernas y otro bajó por mi espalda tan rápido que al encontrarse me tensaron todo el cuerpo y hallaron el lugar perfecto para escapar y abrazarse sobre aquel rostro sin nombre. Cuando ella salió del baño yo fumaba en la ventana. Se acercó, y sin decirme nada, me cogió fuerte del brazo. Cuanto te debo, le dije.

Cada tarde, frente al espejo, antes de ir al local, me libero de este encierro, que es como una tara que me impide expresarme, un lugar común que, lejos de definirme, me va ensuciando hasta casi borrarme. Aquí, me liberan los silencios. Aquí no es necesario gritar para entenderme. Aquí se van todas estas manchas, esas que la vida te pega al cuerpo como queriendo anularte. Aquí soy capaz de limpiarlas con mis alas, llenas de plumas falsas, hasta deshacerlas y son sus silencios los que entre lágrimas me dicen que moriré en el suelo, con el cuerpo bien pegadito a la tierra, a mi tierra. Esa que dejé atrás y que tan a menudo sueño, extendiendo un camino desde mi corazón hasta el cerebro y que, de nuevo, me lleva a ver todas las cosas que fueron, mis cosas. Cada tarde, estiro mi mano para intentar tocarme y acordarme de mi nombre. Cuanto te debo, me dice. La imagen es clara ahora.

Agarro su mano. La agarro fuerte. Le he hecho una promesa, una más, pero sé que ésta última no voy a poder cumplirla. Tampoco ella cumple la suya. Y mientras cae al vacío, no puedo gritar su nombre.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Ancho mar de los sargazos *


Las algas trepan por mis piernas y me sostienen. Estoy flotando adormecida. El agua me abraza y la costa no existe. Solo estas plantas que se me enredan.
El mar piensa por mí y me dice: sin viento, no puedes nadar. Aquí es donde te quedas.

Esqueletos de barcos a mi alrededor. Madera gris fosilizada.
En el agua flotan las mejores fotografías de las caras de todos los ahogados del mundo. Tienen los ojos cerrados y me sonríen con sus bocas de mármol gris, como sepulturas de reyes antiguos.
Yo quiero tocarlas, quiero convertirme en estatua marina, quedarme con ellas, varada sin banco de arena, náufraga sin isla, enredada en este refugio de lazos viscosos que me acarician los tobillos, cansados de andar.

Quiero perderme aquí, en la quietud de alguna coordenada desconocida que nunca nadie escribirá en un mapa.
Quiero enmarañarme en esta calma de velas sin viento, de viajes sin brújula.
Donde todo huele a sal, donde todo sabe a mar y solo oigo el fresco chapoteo de mis pies, a lo lejos.

Podría buscar mis huellas en ese camino de arena por donde vine andando, o el ancla del barco que me trajo hasta aquí.
Buceo con mis ojos abiertos y blancos, pero tampoco encuentro bajo el agua ese trozo de tierra que me une al continente.

Intento arañar con mis uñas el agua de la superficie. Mi piel está llena de cortes y mi sangre se mezcla con el mar, dentro y fuera de mi cuerpo. Si pudiera sumergirme hasta el fondo cogería un puñado de arena de lo más profundo y con cuidado lo introduciría en mis heridas abiertas, para cerrarlas con esos filamentos marinos que me rodean. Para coserme a este mar en calma. Para formar parte de esta locura.

Mis ojos están ya llenos de gaviotas líquidas.
Mis pulmones, de silencio y espuma.


Lacancióndepabloes: La Marea, de Vetusta Morla.

*Ancho mar de los sargazos es el título de una novela de Jean Rhys que habla sobre Antoinette Cosway, la loca del ático de la novela de Charlotte Brontë, Jane Eyre. Este relato es para L.

sábado, 8 de marzo de 2008

jueves, 6 de marzo de 2008

Dormir y soñar. La canción de Pablo

El hombre en la luna

Nació cuatro años antes de tiempo pero la luna es su signo. Ya lo decían sus padres cuando le veían pegar la nariz a la televisión en blanco y negro, una de las pocas que había en el pueblo, mientras se oían las voces entrecortadas y las rayas envolvían el alunizaje en brumas de película de clase B. Y quería llegar igual de lejos, allí donde todo es posible

La gente feliz brilla

Cuando pasea por los caminos helados de enero o trabaja en el campo, recogiendo aceitunas, se siente feliz, se agacha y coge un puñado de tierra, la huele, mezcla de humedad y vida oculta, juega con la textura que araña y cruje. Y aunque hoy el aire lechoso esconda el sol, no importa, tarde o temprano siempre vuelve.

Molinos y gigantes

La política corrompe, te eleva por encima de todos y te olvidas de ellos, del futuro que querías, de lo que buscabas, eso si no te encuentras con un idealista, caballero de Castilla la Vieja dispuesto a cambiar todo lo que falla, o lo que pueda, al menos, sin dolor, suavemente. Aunque alguien dijo que todo el mundo hace daño alguna vez, él nunca lo hará deliberadamente. Los espíritus, esos que nadie más que él puede ver, están de su lado. Nunca menosprecies al adversario pequeño.

Canción sin título número 11

Enciende la radio, y escucha con atención, manos largas sobre pianos o púas rasgando guitarras, un océano en que bucear en busca de nuevas pasiones. Las ondas le envuelven y los trabajos se olvidan, quedan trozos de veranos, montañas, escenarios y gente bailando, pasado y futuro se funden y cuando la música cesa, la magia sigue creciendo en su cabeza

Mapas y leyendas

Miro el mapa con ojos de ingeniero urbanita, veo carreteras y ciudades, asfalto y hormigón y de pronto mis ojos se paran en un punto minúsculo dentro de una mancha verde, allí donde una carretera que parece que no va a ninguna parte da una vuelta en herradura y vuelve al punto de origen. Y miro más lejos, me imagino la Fuente del Almendro, los puentes de piedra sobre aguas de fondos nítidos o las fogatas para asar las castañas, cortejos fúnebres que unen a todo un pueblo aunque espadas de hielo bordeen el camino y leyendas que me gustaría conocer.

Sitios distintos

Los miércoles son especiales. No importa lo que seas fuera de clase o del bar, aquí solo somos amigos diferentes charlando y riendo, en busca de un abrazo, bebiendo vinos o cerveza, pidiendo comida como si lleváramos días de ayuno, por favor, que algo sea sin gluten, por sitios de Malasaña que nunca había pisado. Las confidencias pelean unas con otras, se hacen un hueco, y fraguan en cemento irrompible. Las rosas nocturnas tardan semanas en marchitarse y recibes regalos inesperados, aunque la mala memoria juegue malas pasadas: A veces una caja de CD vacía vale mucho más de lo que parece….

viernes, 29 de febrero de 2008

Jendrix con tónica y pepino... y un gato.




¿Si pudieras elegir, que querrías, ser invisible o respirar bajo el agua?

Yo aún no lo he decidido. Me levanto a las nueve y desayuno mirando la agenda, en silencio. Todos los días.

Tú estarás despierto desde hace horas, puede que en una oficina.

¿Ser invisible o tener poderes para ver de noche? ¿Qué prefieres?

Voy en el metro, leyendo todavía sin sentirme despierta del todo.

Tus dedos estarán sobre el teclado, tu cabeza, en otra parte. Arriba, más arriba. Persigues una idea.

¿Poder volar? ¿Saber lo que piensan los demás? ¿Qué te gustaría?

No sé si comes solo, con compañeros del curro o con amigos.
No te veo en el autobús leyendo el periódico
No creo que haya un monopatín destrozado del que ya no acuerdas en el trastero de casa de tus padres
No te imagino sin sentir euforia. No te entiendo si no tienes un escalofrío que te recorre el cuerpo, cada vez que encuentras lo que buscas.

Pero te
veo, te creo, te imagino.
Mientras entrego mi proyecto. Mientras cocino para mañana. Mientras camino cuarenta minutos volviendo a casa.

Tú juegas conmigo. Jugamos a los más grandes de los juegos de los niños.

Necesitas rayos infrarrojos de visión nocturna
Necesitas tres pares de ojos, telepatía y unas húmedas y gelatinosas branquias.

Yo sé que a veces te levantas solo para escupir una frase preciosa, que no durará.
Yo elijo que prefiero volar.
Esta noche jugamos, yo te escribo. Pareces ligero, te encuentro y te digo ¿Juegas? Perdón, ¿Subes?

La sed.

Son las seis de la mañana y suena una salva de disparos.
Alfredo, con el sueño fugado, se levanta de la cama y se sienta en la única mesa que está al lado de la única ventana de la estancia. No enciende la luz ni le hace falta: la luna ilumina el llano.
Ahora vienen, murmura, y los espera. Ya los oigo. ¿Cuántos serán esta vez?

Otro disparo para que los muertos no se levanten, esta vez solo uno.

Despacio, como hacen todos los viejos, y con un crujido, abre el cajón y saca una libreta y un trozo de carbón. Pasa las páginas, todas llenas de idénticas marcas, de rayas negras borrosas, y hace una al final.

Cada disparo una marca.

Cuando empezaron a fusilarlos en los pozos, igual que cuando empezó esta guerra, Alfredo pensó que no duraría. No quiso escuchar la sed que tienen las piedras en las entrañas de Teruel.

De noche, cuando el hambre no le deja dormir, no puede evitar imaginarlos: serán niños, hombres o mujeres que lucharon en la guerra, como Antonia.
Alfredo sabe que Antonia no está en uno de esos pozos, que no le disparó un muchacho de rodillas bancas para arrojarla a ese olvido oscuro que no conoce ni tu nombre, una noche de luna llena y a escondidas. Ella murió en la batalla y él, por gracia o por desgracia, aún vive.

Aquí vuelven, oye dos nuevas voces. Son demasiado chiquillas esta vez, y él demasiado viejo y vencido para salir a ayudarlas y robar los dos tiros de gracia que les esperan.

Alfredo se mira las manos, manchadas de carbón y recuerda las de Antonia, también llenas siempre de hollín y de tierra. De susurros, de pañuelos, de pellizcos… Son recuerdos de viejo. Son manos de viejo.
Se sacude los fantasmas: cada muerto, una marca.

Si supiera contarlas, vería que ya lleva 1003, pero él sabe que lo importante no es que conozca su número, sino que las apunte todas.
Esta vez están tardando mucho, y Alfredo se inquieta. No quiere pensarlas, oírlas, no quiere tener que recordar más muertos. Otros lo harán cuando llegue el momento y con su cuaderno podrá saber a cuántos cuerpos sin nombre enterraron en esos pozos sedientos.

Están tardando. Debe ser que ellos también tienen miedo y pocos años, y por eso no se atreven a matar de frente.
Las niñas preguntan con voz de llevar bien alta la barbilla ¿Adónde nos llevas? El muchacho responde con un tono de voz tan firme como cobarde: “Al fondo hay una casa ¿La veis? Allí tenemos a vuestra madre, ir a verla”

Ni el agua quiere volver a esta tierra llena de huesos comunes.

Alfredo no ve las siluetas ni escucha los pasos, pero se imagina los corazones latiendo, los calcetines rápidos, y las manos atadas a la espalda.
Hace dos marcas más en su cuaderno, y como obedeciendo una orden dos disparos le devuelven su silencio.

Por más que piensa, esas chicas no las recuerda entre los del pueblo. Deben de traerlos ya desde pueblos vecinos, porque aquí no son tantos, y por más que disparan a la luna aún quedan unos cuantos vivos. Cierra la libreta y acaricia el lomo de un gato que se estira sobre la mesa
- Tú también tienes que seguir vivo - le dice - y escondido. Tienes que ayudarme a recordar que no tenemos dueños.

No sabe si será él uno de esos pocos que quede con vida cuando pueda alguien contar las marcas de su cuaderno, pero todo el pueblo conoce lo que ocurre en los pozos, y espera que sea trabajo de otro, en el futuro, resucitar el olvido de sus mil cinco muertos.

lunes, 25 de febrero de 2008

LA HUELLA DE TU PIE ( O LOS GEMELOS)

LOS GEMELOS



El primer trueno me sorprendió subiendo las escaleras de tu casa, y ya casi en tu puerta, el olor a ozono se mezcló con el de trementina que impregnaba todo el edificio.
Después de un rato interminable llamando a tu puerta, me abriste al fin como recién salida de la ducha. Tu pelo y tu cara chorreaban y sobre tu cuerpo, también empapado, una ridícula bata, en forma de kimono que apenas te tapaba las piernas.
Detrás de tu sonrisa, un rayo cruzó la habitación a través de la terraza abierta.
Pasa o nos volamos, y me di cuenta de lo preciosa que seguías siendo y de lo absurdo de mi aspecto: la vieja chaqueta de terciopelo y el sombrero empapados, y una cuna de juguete atiborrada de cosas entre los brazos.
Estaba tomando el aire en la terraza y.....Me miraste con cara de niña pillada en falta... ¿quieres tú una toalla?. El sonido de la lluvia sobre el tejado era tan fuerte que era difícil entenderse.
Dejé la cuna en el suelo y me quedé un momento mirando la habitación. Era una gran sala rectangular, con una cristalera de lado a lado en la que se habría una puerta, que daba a la terraza. Junto a ella, un caballete y una mesita llena de pinturas y frascos. Apoyados en las paredes, cuadros de diferentes tamaños secándose, algunos sin acabar.
En una esquina, un diván de terciopelo verde y un velador con dos copas de coñac intactas, como una promesa de calidez.
Sonreí para mí. Me emocionó que recordases que yo solía beber coñac.
Al segundo estornudo corriste hacia una habitación que había al fondo y enseguida volviste a aparecer vestida con un pantalón ancho y un viejo jersey negro. Parecías más alta y más frágil que hacía un momento. En tu cara un gesto de gravedad. Y de pronto tuve miedo. Supe que mi misión de aquella tarde sería más dolorosa y difícil de lo que imaginé.
Hacía casi un año de la muerte de Eva y en ese tiempo yo había evitado encontrarme contigo. No atendía tus llamadas, rehuía lugares y momentos en los que sabía que podrías estar tu. Seguramente me sentía culpable. Con la excusa de la lejanía y de mis muchas ocupaciones, durante la enfermedad de mi hermana apenas fui un par de veces a verla al hospital. No estuve con ella cuando se le empezó a caer el pelo, cuando la vida se le escapaba en vómitos tras las sesiones de quimioterapia, cuando supo que se iba a morir y le entró la prisa por dejar sus cosas arregladas.
Tú sí estuviste y me lo contabas sin dramatismo y sin reproches en tus larguísimas cartas. Esas cartas que me empezaste a escribir cuando me fui a Francia y que al principio me incomodaron, pero sin las que ya no era capaz de entender mis días.
Me llevaste de la mano al diván, cogiste la cuna y la pusiste entre los dos, y otra vez era como siempre. Eva interponiéndose entre tú y yo, colocándose en el asiento del medio en el cine. En el coche, cuando te venías con nosotros los domingos al pantano. Sobre la manta, en el suelo del patio, las noches de contar estrellas. Hoy, por deseo explícito de mi hermana gemela, era para ti la cuna favorita de sus muñecas, los cromos que te despegaba del álbum cuando estabas a punto de acabarlo, las cartas de los novios que sistemáticamente te quitaba, pero también sus discos favoritos, su chal de seda, sus diarios.
Desde que éramos pequeños he soñado estar enamorado de ti, pero también desde entonces ha estado siempre Eva, con su tiranía de mejor amiga, guardándote para ella celosamente, no dejando que nadie, y yo menos aún, se acercaran a ti lo suficiente.
Debajo de todo, un paquete envuelto en papel marrón y atado con una cinta verde. Tus dedos deshacen el nudo con impaciencia. Dentro, todos los regalos que te ido haciendo desde que te conozco: la peonza campeona cuando te operaron de las anginas, la mariposa monarca en el estuche del anillo de mi madre, el pequeño corazón de plata de cuando cumpliste catorce años, el cuaderno de tapas rojas con flores secas entre las páginas. Todo te lo había ido arrebatando mi hermana y hoy, ya ausente, te lo devolvía con una nota que te hizo llorar y sonreír y que guardaste presurosa en el bolsillo del pantalón.
Por primera vez desde que he llegado, me miras a los ojos. Me miras como lo hacías antes.
Antes de que te casaras y yo me fuera lejos, antes de tu divorcio y de la enfermedad de Eva. Me miras como cuando nuestra vida aún era una invitación.
Te secas las lágrimas y apuras el coñac, con voz ronca me dices, ven quiero que veas esto. Te levantas y le das la vuelta a un cuadro apoyado en la pared del fondo. En él, frente a un espejo, Eva desnuda se mira con sorpresa. La imagen reflejada es la mía. Reconozco mi mirada en los ojos de mi hermana. Con un susurro comienzas a hablarme como se habla a los niños: “Siempre os he amado a los dos, en mis sueños os confundiais, nunca he podido elegir”.
Vuelves al diván y echas la cabeza hacia atrás, en un gesto de infinito cansancio. Acerco mis labios a tu cuello y bebo de tu pelo aún mojado. Un relámpago vuelve a cruzar la habitación, teñida ahora de naranja. Después con un movimiento rápido y completamente inesperado, estiras tu pierna derecha hasta apoyarla en mí.
Más que el roce, al principio lo que me sorprendió fue la blancura. La blancura de tu estrecho pie, escondiéndose leve entre mis ropas, jugando a los insectos. Primero mariposa, un ligero aleteo, un suave toque. Después, fueron hormigas. Pasitos diminutos como dedos meñiques, inventando un camino entre cadera e ingle. Más tarde, un enjambre de abejas buscando un cáliz dulce, un escondrijo oscuro. Luego ya fue tu pie y una furia feliz que desató oleajes.
Muchas horas después, la luz se hizo añicos abajo en la acera, y sobre tu tejado la lluvia se amansó como una jauría de lobos dormidos. Acurrucada contra mí, hueles a verano y a olvido. Vuelvo a mirar el cuadro apoyado en la pared y quizá sea la luz, pero creo adivinar en los ojos de mi hermana un gesto de despedida.

jueves, 14 de febrero de 2008

Primer autorretrato. RGB (0,0,255) – RGB (255,0,255)

Andrea y yo nos sentamos delante de dos grandes vasos de cerveza en un bar limpio, y nos las bebemos de un trago. Vamos a contarnos la peor de las historias, a ver si así se nos quita el miedo a la vida.

Vamos a perder un cuento. Como se pierde un tren o un billete de 50 euros.

La peor de todas las historias es sin duda aquella que te contaron una vez de niña y casi has olvidado. Es solo el terror, el miedo alrededor respirando, lo que recuerdas. La peor de mis historias sucedió sin traumas. Casi ni me di cuenta.
Alguien me leyó el futuro en la palma de la mano y me dijo algo horrible. Para mí, lo más horrible.

Me podría haber dicho: te volverás loca, te ingresarán en una institución psiquiátrica y venderán tus córneas. No sabrás nunca por qué no eres capaz de ver. Nunca sabrás lo que ven los demás.
Pero no fue eso lo que sucedió. Fue peor. Me dijo: perderás la memoria.
Tienes que ver muchas películas antiguas, en blanco y negro. Ese -me dijo- es el remedio.
Películas. Imágenes en movimiento sin color. Nada de tomar fósforo, nada de hacer ejercicios, de llevar un diario, vida sana. No.
Ver películas de otros, sin colores que te confundan. Sin luces, sin grados. Solo mi córnea preciosa e intacta y los clásicos.

Recuerdo pocas cosas de mi infancia. El primer autorretrato que tengo de mi vida es mi padre entrando borracho dando un portazo y señalándome con el dedo. Los ojos cerrados con fuerza.
“38 lobos bajan por la colina. Tu duérmete, que yo los cazo” Mi padre desplomándose en la entrada de casa.

Primera fotografía. Mi padre tirado en el recibidor. Papá sobre moqueta azul, 1985

No quiero olvidar a mi padre para no confundirme con él. Quiero recordar siempre el cuento de Ana y los lobos.
A veces, cuando camino por las calles de mi ciudad, recuerdo lugares, de alguna forma reconozco esquinas, calles, portales. No sé qué me ha pasado allí ni si he estado muchas o pocas veces, pero los siento míos. Y me hacen sentirme en casa. No quiero sentirme en casa si tengo que tener los ojos cerrados, como mi padre. Azules-marrones-verdes. Los ojos del mundo

Lo segundo que recuerdo es a Andrea y a mí sangrando por la boca y la nariz, respectivamente, y riéndonos. Nos pegamos una paliza en medio de un bar. Nos queríamos. Nos divertíamos. Nada de esto nos hacía daño. No más del daño que sin querer te puede hacer un “buenos días” dicho en un tono azul frío.
Allí, las dos vestidas de niñas malas con la cara llena de sangre y el cuerpo dolorido, los tíos con los que habíamos estado ligando toda la noche se fueron del bar con algo roto en las entrañas. Éramos tan hermosas, riéndonos, llorando, sangrando, abrazadas por el hombro como dos amigotes con minifaldas. Recuerdo que ella gritaba ¿Quién tiene más miedo? ¡¿Eh?! Recuerdo que nadie se atrevía a mirarnos a los ojos.

Nunca tuve anorexia. Tuve anemia ferropénica.
Nunca tuve esquizofrenia, tuve ataques de ansiedad.
Mi novio nunca se suicidó, pero se cortaba las venas cada noche en la habitación de al lado, y yo le curaba los cortes. Luego se follaba a mis amigas, también en la habitación de al lado, y a mi no me parecía del todo mal.
Mis padres no murieron en un terrible accidente de tráfico cuando yo tenía solo 6 años, pero se separaron cuando tenía 22. La persona que le dijo a mi madre que mi padre se iba de casa fui yo. Y no me acuerdo absolutamente de nada.

Me compré un cuaderno y escribí un poema. Una cosa tonta, cursi, como yo creía que eran los poemas. Lo hice con miedo, porque cada verso sonaba igual que “treintayocholobos”
Porque el cuaderno era rojo, pero mientras escribía se volvía blanco y negro. Y me asustaba ¿Quién tiene más miedo?

A mi madre le quitaron la vesícula porque tenía piedras que le producían cólicos muy fuertes, pero a los pocos meses los cólicos volvieron a aparecer. Es normal, dijeron los médicos, que te duela la vesícula, aunque ya no la tengas. Esas cosas pasan, dijeron los médicos.

Segunda fotografía: una piedra flotando en un tarro de cristal. Partes de mi, 1997

Cuando abro mi cuaderno rojo puedo oler al empleado del psiquiátrico que viene a buscarme. Sé lo que les han hecho a los demás, sé lo que me van a quitar, y es lo más importante que tengo. Lo que me define. Lo que me deja ver. Oigo a mi padre como si dijera: “Para qué quieres ver si no vas a recordar”. Ojalá estuviera muerto.
Porque mi padre no murió dejándome huérfana. No nos pegaba cuando llegaba borracho a casa. Solo se caía en el recibidor y luego nadie recordaba nada la mañana siguiente.

Ahora, leo en el British medical journal que un experimento ha demostrado por qué las personas amputadas sienten dolor en los miembros que ya no tienen. No es en el lugar que molesta donde se encuentra ese dolor, sino en la neurona que lleva la información a otra neurona, en la conexión de dos axones rodeados de mielina en el cerebro. Ahí se encuentra la memoria, y si se activa por error una de las dos neuronas, y si por un segundo error, la otra se activa también, sentiremos un calambre en el brazo que ya no tenemos. Iremos al médico a pedir un calmante porque notamos un profundo dolor en el pie que nos han quitado.
Así que tengo una idea para recuperar mi memoria.

Miro a Andrea, nos bebemos las cervezas de un trago. Pedimos más
Luego, que las neuronas hagan, si pueden, su trabajo. Pero sin miedo.

Lacancióndepabloes: Los Olvidados, de Sidonie.


lunes, 28 de enero de 2008

LINEA UNO

De cómo un espacio que en cualquier gran ciudad sería un no lugar, y en la mía es un lugar de encuentro, puede convertirse de pronto en un no-lugar. o EL AUTOBUS.


Al parecer el conductor llevaba mucha prisa. Aún en la parada y justo cuando se acababan de cerrar las puertas, le alcanzó sofocado un chico cargado con libros y carpetas que golpeó suavemente con los nudillos el cristal, esperando confiado que esas puertas volvieran a abrirse. No era una suposición descabellada. Esta es una pequeña ciudad de provincias, donde los conductores de autobús se toman el primer café de la mañana en un pequeño bar que hay junto a Correos, en la cabecera de línea y a casi ningún usuario se le ocurre protestar porque “pasan tres minutos del horario de salida”. Como suelen repetir turnos e itinerarios, casi todos los pasajeros se conocen y no es infrecuente que se establezcan conversaciones muy personales entre ellos y con el conductor.
En mi ciudad, un autobús es un espacio en el que se establecen relaciones que enseguida dejan de ser anónimas e impersonales. Tengo una amiga a la que he conocido en el trayecto de las ocho y diez de la mañana de la Línea 1 y con la que mantengo una conversación sobre el arte y la ética del artista que ya dura casi un año y que sostenemos cada día durante doce minutos, justo el tiempo que media entre la parada en la que yo me subo y la parada en la que ella se baja.
Como decía, en mi ciudad un autobús es un auténtico lugar, o al menos hasta hoy eso es lo que yo creía.
Tras darle al muchacho de las carpetas con la puerta en las narices, arrancó sin ningún miramiento y enfiló la estrecha y empinada cuesta de la Calle Larga a una velocidad bastante mayor a la que estábamos acostumbrados los viajeros de las tres de la tarde.
El resto del trayecto lo hizo a trompicones. En las paradas en las que no veía a nadie, no se dignaba detenerse y cuando algún pasajero tocaba el timbre para apearse, le lanzaba una mirada que daba un poco de miedo.
No era mi hora habitual y apenas vi un par de caras conocidas. A la altura de la parada de los bomberos, reparé en ella. Pelo negro hasta la cintura alejado de la cara por una cinta elástica también negra. Vaqueros muy gastados y cazadora de cuero. Tez muy blanca alumbrada por unos enormes ojos verdes. Labios gruesos y sensuales. No obstante, había algo extraño en su cara, una especie de contradicción. Sus facciones suaves, el brillo de sus ojos, invitaban a un acercamiento, pero su frente y las aletas de su nariz estaban tensas y ponían a su alrededor un ambiente gélido que hacía retroceder.
Estaba sentada frente a mí y aunque miraba hacia el frente, con su gesto dejaba muy claro que deliberadamente no me veía. Yo en cambio, amparado en un descaro apacible, la observaba hasta el más mínimo detalle. Lo normal hubiera sido dirigirme directamente a ella y haber comenzado una conversación, quizá un poco banal al principio, pero que seguramente antes de llegar al fin del trayecto se hubiera ido transformando sutilmente en algo mas personal. Eso hubiera sido lo normal en ese lugar que hasta entonces era un autobús de mi pequeña ciudad, pero algo había pasado y el vehículo que me transportaba se había convertido en un no lugar, en un espacio de confluencia anónima.
No se oía ni la sombra de una conversación. Cada uno de los pasajeros miraba al frente o por las ventanillas, con ojos vacíos. Solo algún murmullo de desaprobación cuando, al llegar al casco antiguo y dada la velocidad que llevaba, el autobús daba saltos sobre el empedrado haciendo peligrar los amortiguadores y golpeando las rabadillas de los pasajeros que íbamos sentados. Ella, en una absoluta inmovilidad, parecía no sentir los baches. Justo una parada antes de la mía, hubo una corriente de viajeros hacia la puerta. “Se queda hasta el final” pensé sin poder contener un vuelco de tonta alegría. De pronto, sin ningún gesto que lo anunciara, se levantó y ya estaba en la acera, justo debajo de la ventanilla por la que yo miraba, desolado. Antes de cruzar la calle y perderse cuesta abajo, me miró directamente a los ojos y me dedicó, la muy perversa, la

LA CARTA A ANITA

311220070547


La luz es violeta y el aire huele a nieve. Desde la azotea veo el pueblo, apelotonado y blanco, intentando trepar por la colina. Macetas y barreños en las terrazas de alrededor. Tejados oscuros. Alguna ropa tendida.
En la calle, un grupo de adolescentes tiran petardos y se ríen como cuando tenían cinco años. Las mujeres se apresuran cargadas con bolsas y los hombres con haces de leña para la lumbre.
Los montes de enfrente se prueban todos los colores del atardecer.
Dice la tradición que esta noche es la última del año y hay que estar contento y desearse “feliz salida y entrada”, como si esa unidad de tiempo que hemos convenido en llamar año, fuera algo compacto con puertas para entrar o salir de él.
Cuando era adolescente, fantaseaba con las fiestas de Nochevieja: la música, el baile, la larga noche rebosante de posibilidades. No me dejaron ir a ninguna hasta que cumplí diecisiete años y enseguida dejaron de interesarme.
Muchas cenas en familia, comiendo lombarda y cordero y atragantándome con las uvas.
Ahora me gusta pasar esta noche con amigos, con los más antiguos. Esos que han tejido su pasado con el mío y en los que pienso cuando me asusta el futuro.
Hoy entre ellos, me he acordado de ti y de la carta que prometí escribirte y me doy cuenta de que apenas nos conocemos. Solo sé de tus calcetines rápidos, de tu dedo nervioso anudando ese mechón de pelo, de tu gusto por las historias con alma. Y así, escribirte una carta no es sencillo, pero me da la oportunidad de traerte un rato hasta la azotea y enseñarte la tarde. Bajar luego a la gran cocina y calentarnos los pies en el brasero, disfrutando un momento de esta calma que precede a los olores, las conversaciones y las risas que dentro de una hora, cuando se empiece a preparar la cena, llenarán el espacio.
Es un momento único suspendido en el tiempo.
Las campanas nos cuentan que se ha escondido el sol. Iluminaremos la noche con palabras.
Bien Anita, te libero. Vuelve a tu propio Fin de Año. Seguiremos buscando historias y luz.

LAS FOTOS DE ISABEL MUÑOZ

EL IMPERIO DE LOS SENTIDOS (TU PIE)


Más que el roce, al principio lo que me sorprendió fue la blancura. La blancura de tu estrecho pie, escondiéndose leve entre mis ropas, jugando a los insectos. Primero mariposa, un ligero aleteo, un suave toque. Después, fueron hormigas. Pasitos diminutos como dedos meñiques, inventando caminos de caderas a ingles. Más tarde, un enjambre de abejas buscando un cáliz dulce, un escondrijo oscuro. Luego ya fue tu pie y esa furia feliz que desató oleajes.



EL IMPERIO DE LOS SENTIDOS (18)


Tú dices que no son de verdad, que se han metido algo para que les abulte. No importa. Lo que importa es el gesto. El aire altivo en las cuatro caderas, impulsando el poder. El deseo tensando el cuero negro de los pantalones. El desafío de dos fuerzas en celo que en el viaje se torna seducción.
No tienen cara, no tienen cuerpo más allá de esas islas oscuras que van de su cintura a sus rodillas.




ORIENTAL


Azul y cal la pared, y los desconchones rivalizando con la humedad para dibujarse en ella, para acercarse a través de las descoloridas alfombras hasta tus pies, tan desnudos, enjoyados y ajenos como dos tórtolas turcas.
En mitad del aire detenido, tu cuerpo imposible dibuja una llama o una flor oscura cruzando el silencio.
Mujer de filigranas, ¿de qué está hecha tu piel, que se tensa y refulge desde esa danza muda, congelada en la foto, sin música ni aromas?

viernes, 18 de enero de 2008

LA VISION DE LA ISLA

LA VISIÓN DE LA ISLA . Paloma G. Poza



Hay mañanas, en las que cuesta creer que ha amanecido. La niebla fabrica un universo espeso, que se pega a los muros de piedra de las casas, y viste de fantasmas a los cuerpos que se esconden bajo los cuellos de los abrigos. Es entonces cuando la visión de la isla se hace más nítida. Dibujada en el espejo blanco, sus contornos se revelan tan reales y cercanos, que los presurosos oficinistas y los adolescentes con mochila que habitan las aceras, se detienen perplejos y maravillados.
Algunos creen que es el jirón de un sueño que se les ha quedado prendido debajo de los párpados. Otros, que por fin la vida les hace un gesto amable, un “ahora es posible, quizá si te atrevieras.” Los más grises se asustan, se esconden un poco más tras las bufandas y aprietan el paso.
A veces, un olor a salitre impregna el aire seco de la ciudad dormida, y es el aroma de la isla, a quinientos kilómetros del mar.

jueves, 10 de enero de 2008

Querido Juan.....

Enero 2008

Querido Juan

Siento haber tardado tanto es escribirte. Todavía no estoy en Estambul. Me dijo mi tio que no tuviera prisa .., que hiciera un poco de turismo y aprovechara el viaje antes. Me dio la sensación que quería estar un tiempo solo después de la muerte de Shelma y que mi viaje tan inmediato no le apetecía demasiado .Decidí entonces ir en barco parando en donde me apeteciera disfrutando del camino ….pero no ha sido exactamente así.... Llevo casi dos meses vagando de un lado a otro del mediterráneo más centrada en mi propia búsqueda que en observar lo que me rodea. Tanta libertad …..exigencia abrumadora que no permite equivocación..


Llegue a la isla de Creta hace una semana y desde entonces camino sin rumbo entre las ruinas del palacio de Knosos. …Me he sentado a mirar al mar…. Cierro los ojos y me llegan unas notas tristes de un instrumento de viento que no logro identificar. Parece como si estuvieran encerradas, notas cíclicas que no quisieran salir del remolino. Me dejo llevar por el sonido…..que descanso poder parar y escuchar..sin moverme..solo mirando.



Desde que llegué me rondan estas notas. Aparecen en un instante y se desvanecen sin que pueda hacer nada por evitarlo….. Me dejo llevar de tal manera que no hago otra cosa que esperar a que regresen de nuevo… Efímero placer que te adormece pudiendo llegar a una muerte lenta sin darte cuenta. Locura que me anula


Tengo la necesidad de buscar el vacío para aislarme. Intento alejarme pero regreso buscando este sonido que me hipnotiza.

Querido Juan , necesito que me ayudes a salir . Quizás tu o Jaroslav podáis venir No se si podre hacerlo sola sin enloquecer.. …....

La isla

Siento miedo de mi mirada..camaleónica…
A través de ella los colores se diluyen

La neblina hace desaparecer los sentidos
Me transformo en cada instante
Muero y revivo en cada cambio de color
Ahora el agua es mercurio


Puedo permanecer un instante en la quietud?
Soy invisible.. solo se se ven mis ojos
Se escuchan mis pasos sobre la superficie del agua


Tengo miedo de mi mirada
Hace que los pies vayan a veces por delante
Pronto cambiara mi rumbo ¿ en que momento me detendre?

Me sumerjo en la cortina grisácea que solidifica mis huella, desvaneciendo célula a celula….
Regreso al embarcadero


El agua espesa se desliza suavemente por la superficie. Las gotas me salpican brillando como luciérnagas a medida que avanzan hacia la orilla.

Me convierto en sombra. Despierto en la oscuridad

lunes, 10 de diciembre de 2007

ISLAS- Christine

Óleo

El salón era minimalista de renta exigua, pocos muebles desnudos y recién caídos al suelo. Frente a mí, bajo el ventanuco que daba a la calle, la nada inmensa. “Una pared aburrida”, me dijo. Sólo blanco y zapatos corriendo. Y le abrí una ventana a un sol de óleo denso en rojo indefinido. Él solía decirme que era su ventana al mundo.

Silencio

Un día quedó encerrado en tapas de CD, con grandes mayúsculas descuidadas. Recuerdos de sol, viento en la cara, frío y canciones en un descapotable con bronquitis y arrugas. La música suena entre los pinos y te sientes como una estrella de estela vaporosa al cuello y el pelo alborotado. Canciones que ya no llenan el aire muerto.

Rostros


En algún lugar hay fotos escondidas en un cajón. Llave echada, historia antigua. Un brazo rodea un hombro, una cabeza se gira hacia un rostro sonriente y le mira con orgullo. Parecen en equilibrio inestable, a punto de caerse. No me acuerdo de quien hizo la foto, de todas formas ya no importa. Se equivocan los que piensan que fotografiar a alguien es robarle el alma.

Cuentos

La estantería estaba vacía. Un muñeco con las piernas colgando me miraba fijamente. Las pestañan le caían con tristeza sobre los ojos azules. “Está solo”, me dijo Adela. Pero yo traía algo bajo del brazo. Abrí el primer libro, un universo naïf explotó ante nuestros ojos mientras el cuento crecía. Ahora está colocado en su sitio, una diagonal de color acompaña al muñeco.

Miedo

La película se quedó en su casa, con los escalofríos, los gritos y las excusas para agarrar al otro, en el salón a oscuras, bajo una manta. Otra parte de mí que vive otra vida en la ciudad, islas que son y no son yo.

Un bar


Hoy he regalado mi última isla: un poema pensado despacio, escrito deprisa, en una servilleta. Lo he dejado junto a tu brazo en la barra del bar, el tercer taburete por la izquierda como cada lunes, la misma arruga preocupada en la frente.

Te observo escondida en la mesa de la esquina, el humo empaña mis gafas y convierte la sala en un mar nocturno cortado por manchas de luz. Temo que mi isla acabe en la papelera con las servilletas sucias y los restos de comida. Pero tu cabeza se gira, alargas la mano y coges el papel. Mi cara se quema mientras lees y empiezas a moverte. Mis ojos se fijan en la vela que arde inmóvil, casi no respiro. La llama se agita, el temblor se contagia, mis piernas flaquean, el tiempo se para, tus labios se mueven. “¿Puedo sentarme?”

domingo, 18 de noviembre de 2007

SE QUEMABAN DESPACIO. PALOMA

Se quemaban despacio.
Desde la primera vez se quemaban.
En las tardes de cortinas naranjas se buscaban por debajo del miedo,
escudriñando los pasos de la muerte.
El usaba palabras, buscándole los pliegues de la rabia.
Ella, le regalaba el sueño de la estación vacía
con los cristales rotos al abismo.
Después, solo silencio
y el aliento compartido de sus bocas.
Los cuerpos trepándose con furia detenida, con esmero.
Y en el instante en el que el tiempo estalla,
peinar la cabellera de la muerte
y arder despacio hasta la extinción.
Para entonces, ya la hoguera devora el Paraíso.

viernes, 16 de noviembre de 2007

La muerte y la doncella

A ver que tal con los cambios....


Rozaré tu espalda cuando no mires
Agujas de acero despertarán tu cuello
Escalofrío oculto en sábanas rojas

Buscarás el aliento derrochado en bruma
Las voces eternas intentarán mecerte
Mentiras que intenten cerrar la sima

Rastrearás la luz en los ojos cerrados
Nariz envidiosa, perfume ausente
Las grietas del alma se harán agua

Perforaré tu herida, mano helada
Con impaciencia hilaré la espera
Y quizás sientas miedo, dolor o furia

Pero yo te he escogido
Y aunque los otros te sientan fría y tierra
Conmigo serás fuego y muerte

Christine

jueves, 25 de octubre de 2007

El juego

La hoja revoloteó, los párrafos estrictos se posaron livianamente en el suelo, firmas confusas sellaban el pacto. Intenté fijar la vista en las letras negras que se agolpaban en ella como arañas para no pensar, mientras levantaba la mano y me preparaba. Tras el frío contacto sólo se oyó un clic armónico en el silencio agitado. Un suspiro unánime flotó en el humo, relajando la tensión.

La mujer de rojo me hizo una mueca que otro hubiera tomado por una sonrisa.

La apuesta se dobló.

Frente a mí, la cara del adversario brillaba, una gota recorrió su cara y se estrelló en la oscuridad. Sus ojos parpadearon con asombro, preguntándose seguramente cómo el azar había podido torcer su destino de aquella manera. Por un momento pensé que su dedo convulso no sería capaz de apretar el gatillo.

La mujer de rojo se había colocado a su espalda, la luz de la pared formaba un halo protector a su alrededor. El fulgor de sus ojos tembló y se desbordó en ríos de carbón.

Una mano se posó en mi hombro y levanté la vista. Una boca ávida, de dientes perfectos, me sonrió con complicidad, sentí escalofríos y por un momento casi me arrepentí.

La explosión desplazó la mesa unos centímetros. Miles de gotas marcaron la trayectoria del cuerpo al desplomarse a cámara lenta. Casi al mismo tiempo, el fantasma de rojo cayó de rodillas sin un ruido.

Me levanté despacio y agarré el maletín con el millón de euros. Pesaba poco, importaba poco. Debía cumplir el pacto y pagar el precio de mi venganza. Ella había visto morir a su amante y yo había perdido mi alma. En casa me esperaba un cargador y esta vez estaría completamente lleno.
Christine

lunes, 22 de octubre de 2007

EL FILO DE SU MIRADA. .

EL FILO DE SU MIRADA (PALOMA)


Se llama Antonio y se hace pasar por pescadero. Desde la primera vez me llamó la atención la educación exquisita, con la que trataba a sus clientas, su cuidado corte de pelo, algo canoso por las sienes, su elegancia innata y sobre todo, la increíble destreza de sus manos.
Antonio es un prestidigitador del rape y la pescadilla. Dispone todas las mañanas, su pequeño escenario, donde el atrezzo son los pescados, como joyas brillantes descansando entre hielo picado y ramas de helecho. Los actores principales son sus manos y aunque la obra representada suele incluir sangre y vísceras, él maneja los cuchillos con movimientos tan limpios y precisos, que es sobrecogedor ver, a eso de las once de la mañana, a ocho o nueve señoras esperando su turno en completo silencio y mirando arrobadas como las manos de Antonio limpian una merluza o filetean un gallo. Él, no es ajeno a esas miradas y después de finalizar cada una de las faenas y limpiándose cuidadosamente las manos de pianista, mira a su público regalándole su increíble sonrisa de artista atormentado.
Se llama Antonio y se hace pasar por pescadero.
La ciudad donde vivo es muy pequeña, y a la gente le encanta hablar y contar historias. Una tarde en un café, una amiga me contó ésta:
Hará unos diez años, estuvo de moda por casi toda Europa un espectáculo tan poético, tan emocionante y peligroso que no había Festival de Otoño, de Primavera o de Invierno que no intentara tenerlo en su programación.
La función en sí era algo tan simple como un hombre lanzando cuchillos a la silueta de una mujer, pero al parecer, todos los detalles de escenografía, música y dramaturgia, estaban tan primorosamente cuidados que, según algunos críticos del momento, era el acto artístico más original y hermoso que se había visto en los últimos años, aunque para otros no dejaba de ser un digno espectáculo de circo algo pasado de moda.
Cuando Max tenía frente a él a Laura, haciendo ondular suavemente sus brazos y su pelo contra el panel en el que, segundos después, se clavarían doce cuchillos, el mundo se paralizaba. Los relojes se congelaban y así también el movimiento de Laura. No importaba que el panel estuviese girando y que su espesa melena rozara por segundos el suelo en cada giro.
Para Max, solo existía ese cosquilleo en las manos, ese zumbido en el corazón y los ojos de ella en la punta de su cuchillo.
La amaba, si, ¡cuanto la amaba! y en esos momentos, el amor se le convertía en una punzada de espantoso deleite.
Cuando se apagaban las luces y después de los últimos aplausos, los espectadores salían de la sala, había en todos ellos un cierto aire de recogimiento y quizá algo de pudor. Tenían la inquietante sensación de haberse asomado por el ojo de la cerradura a un ritual intimo y sagrado.
Una noche en Berlín, poco antes de comenzar su actuación, Max no encontró la mirada de Laura. Buscó sus ojos, mientras repasaban los detalles del nuevo espectáculo que estrenaban esa noche, pero esos ojos le rehuían.
Cuando, una hora después y con la función en su punto culminante, antes de vendarse los suyos, Max volvió a buscar los ojos de Laura, los encontró aterrorizados y suplicantes y supo, como fulminado por un rayo que ella ya no confiaba en él, que había dejado de amarle.
Creyó que iba a morir en ese momento, le faltaba el aire, el suelo se movía. Hoy era incapaz de detener el tiempo. En la sala no se oía ni una sola respiración, solo la música.
Se vendó los ojos y sintió que la mano le temblaba. Estaba empapado en un sudor frío. Tomó aire y comenzó a lanzar sus cuchillos: uno, dos, tres... hasta veinte. La hermosa silueta de Laura bordada en el panel púrpura sobre el que giraba. En su muslo izquierdo, un hilo de sangre.
Segundos después, cuando el teatro se venía abajo con los aplausos, bajo la venda, los ojos de él se habían convertido en un río incontenible.
Esa noche, la pasaron entera despiertos en la habitación del Hotel, nadie sabe lo que allí paso, pero cuentan que ya al filo de la madrugada se vio a dos sombras como las suyas despidiéndose en la Estación de Trenes, donde Laura tomaría uno en dirección a Estambul.
De Max tampoco se sabe mucho. Solo que recogió sus cosas del hotel y se marchó. Una semana después su representante recibió una carta de despedida, un generoso cheque por los perjuicios ocasionados y la dirección de un abogado que se encargaría al parecer de solucionar asuntos legales y cancelar deudas en su nombre.
La ciudad donde vivo es pequeña y a la gente le encanta hablar. Curiosamente, la madre de mi amiga, tenía guardado un programa de cuando el espectáculo de Max y Laura pasó por Madrid. En el que venía una foto de ambos. El otro día me la enseñó.
Se llama Antonio y se hace pasar por pescadero.

domingo, 21 de octubre de 2007

Instrucciones para nadar

Siento el agua fría .. Estimulante y placentero momento…Sumerjo todo el cuerpo dejando el agua por encima de la cabeza……Me evado, mi mente comienza a vaciarse…. . Me sitúo en posición horizontal, poniendo los brazos como si fuera a dibujar círculos por delante de los ojos y con las piernas en posición de rana me impulso hasta la mitad de la piscina. Saco la cabeza y respiro profundamente. Por fin estoy en el mar, imagino el cielo nublado, como si fuera a llover … Meto la cabeza y de nuevo me sumerjo hasta la pared en la misma posición. UNO

Al llegar cambio la posición de las piernas dejándolas rectas para que se muevan como tijeras y los brazos alternos, salen y entran del agua como aspas de molino a medida que saco la cabeza para respirar .. Uno, .. dos.. tres…tomo aire por la boca girando la cabeza a mi derecha ,..Uno .. dos.. tres…. respiro de nuevo…, izquierda..

Siento el sol en la cara a través del cristal. Uno.. dos..tres.. Vuelvo a respirar …..llego al final DOS . Doy la vuelta ….Uno… dos… tres.. respiro de nuevo, . Las piernas coordinadas con los brazos impulsan mi cerpo hacia delante.

Me siento como si fuera parte de las gotas que salpico y vuelo por el aire, hacia el acantilado donde apareciste tras haber pasado tres años de coma ….Uno,.. dos.. tres.. Decidiste despertar ..dejar tu vida inerte y fuiste a buscarme …llego al final. CINCO ..

Doy la vuelta .Mecánico y preciso movimiento, control de la respiración. El cuerpo avanza de forma armoniosa como si toda la vida hubiera estado coordinando las extremidades danzando un vals

Van 15. Giro y me coloco sobre el agua mirando hacia el techo empujando mi brazo izquierdo hacia detrás como si fuera un remo y sacara agua. Al entrar el brazo izquierdo en el agua, levanto el derecho, Las piernas siguen en posición de tijera., pero con movimientos mas cortos de recorrido del cada pierna para hacer mas esfuerzo. Mantengo la espalda recta… Uno.. dos … Uno.. dos.. cambia el ritmo, ahora no es un vals calido, …a la altura de la escalera doy la vuelta .. Uno… dos….., VEINTE

Me acerco a ti , te recuerdo que la piel siente .. Refresco tus secos labios .. ..besos dulces y regreso nadando a al orilla . Tu te quedaste de pie mirándome… inmóvil, ….

25.. Giro 180 grados .. respiro cada tres pulsos de la melodía ….. Uno. Dos .. tres..…..Siento cansancio,……Cuando me di la vuelta. ya no estabas... Al llegar a la pared me pongo de pie tocando con los pies el fondo de la piscina. Estiro los brazos hacia atrás mirando con al cabeza el techo y tras veinte segundos de estar en esta posición, salgo del agua subiendo por las escaleras.

sábado, 20 de octubre de 2007

OXIMORON



Para Marieta

TITULO

Oximoron dejó de vivir bajo las piedras

Xoromión prefirió seguir protegido por la sombra de los recovecos

Idolatrado por los invertebrados,

Manteniendo la calma del agua,

Obstruyendo sus deseos…


Recónditos sueños se dispersaron por las gotas de sal


Oximoron sentía el encierro de lo escondido

Notas de tristeza y silencio le acompañaron al alejarse..

Historias mudas


Las historias mudas contadas por mi madre y mi abuela me acompañaron en mi infancia, El lenguaje de los signos no reflejaban la entonación ni la música de las palabras. Aprendí a comunicarme con ellos dibujando figuras en el aire. Me costaba tanto esfuerzo que solo pude conocer las historias escritas…. fuera de ellas, solo estaba el silencio, esa quietud mortecina que me abrumaba.

Ahora me gusta esa sensación. Con el tiempo he aprendido a incorporarlo a mi vida pero con ocho años me envolvía de tal forma que quería escapar ….

Recuerdo la tarde que me di cuenta que el silencio me acompañaría para siempre..

Era noviembre y los dias lluviosos transcurrían uno tras otro. Una tarde de tormenta la maestra nos sugirió que preparáramos para la siguiente clase historias habladas, de esas que no están en los libros, de las que no son iguales la segunda vez que las cuentan. Me acuerdo el terror que sentí . No sabia ninguna, solo conocía las que se podían leer.

Esa tarde cuando salí de clase fui a buscar a Regina ….seguro que la encontraría en el cerro con las ovejas. Regina congelaba los instantes de felicidad de las personas. Desde generaciones anteriores, todas las mujeres de la familia podían capturar momentos felices de los habitantes de Villardondiego . Cada persona a lo largo de su vida solo podía congelar un instante. Los mas ambiciosos no lo hacían nunca .Una vez capturado el momento, se congelaba y guardaba una caja que se enterraba bajo el pasto.

Los instantes congelados solo se podían pedir una sola vez para volver a sentirlos. Una vez abierta la caja, salía el instante, se vivía de nuevo y se desvanecía para desaparecer en el aire.

Cunado vi a Regina fui corriendo hacia ella .

-Necesito que me cuentes una historia

-No se ninguna..No conozco las historias que hay dentro de las cajas. No me pertenecen. Solo se pueden abrir si el propietario lo solicita…

-Pero ….y no hay ninguna que lleve tantos años enterrada que ya no pueda ser abierta? La gente se muere.. se va del pueblo.. pensé con la esperanza que pudiera haber alguna abandonada y así y tener algo que contar en el colegio.

Regina se dio la vuelta y se alejo caminando. Al rato regreso con una caja de madera. Toma, ábrela, es de tu abuelo. ………Me quede mirando la caja y temblándome las manos no lo pensé dos veces ..

La neblina cubre los troncos desnudos…, siento el viento helado, , Sobre la nieve la veo a mi abuela.. joven …. corriendo y girando su cabeza para mirarme .

…Se congela la imagen, se atenúa el brillo de los colores cuando caen ……

Me siento cerca de ella, me introduzco en su mundo de sonidos mudos, de palabras escondidas tras manos que desesperadas intentan ser entendidas.

LA TORMENTA


Llega despacio, anunciándose con timidez adolescente. Sensaciones de intranquilidad no comprendida. Se detiene en la entrada y …luego se aleja, ….como si jugara, dando una sensación de seguridad para después volver a acercarse de nuevo.

Las ideas comienzan entremezclarse, la realidad se desvirtúa y el vacío comienza a dominar con su presencia. Me envuelve, siento que giro y giro, dando vueltas alrededor de mi misma perdiendo el control como derviche caído.

Fuera, la humedad se siente en la tierra. Los colores se oscurecen…. Las hojas y ramas de los olivos parecen que quieren competir por escapar del tronco. Los ocres de las arcillas reflejan las cepas de vid sin hojas. Julia deja de caminar...siente las gotas de agua resbalar por su cara. Nada puede hacer para detener la lluvia. Se sienta en la silla de plástico que esta al borde del camino esperando a que llegue ..

Despierto. La lucidez domina a los pensamientos confusos. Estoy exhausta. Siento que se va yendo, desapareciendo sin despedirse como si tuviera vergüenza. Tranquila me levanto y me dirijo hacia la ventana.

Charcos de agua se deslizan esquivando las cepas. Las gotas ya no golpean. Julia sigue inmóvil oliendo la arcilla empapada. Se levanta y despacio se acerca a la casa, dejando la ropa sobre la silla.

La veo caminar entre las vides con paso firme. Lo ha olvidado todo, el encierro durante años, el miedo y la parálisis del cuerpo ante el castigo .El murió hace 23 años y yo sigo atada a su recuerdo. Julia decidió irse y enfrentarse al exterior. Poco a poco sus músculos se fueron desentumeciendo y aprendió relacionarse con los demás.

Ella fuera, yo … dentro .. viviendo los días de otros , deseando que el olivar se transformara en páramo entrando y saliendo en cada tormenta..buscando el hilo dorado , Durante este tiempo solo me comunicaba con el exterior a través de la ventana.

Ella fuera, yo dentro…. Sintiendo a través del cristal, sin poder ver la totalidad del paisaje , imaginando que volaba sobre las vides yendo hasta el mar, para encontrarme con el príncipe soñado, queriendo que me rescatara pero cuando llegaba , me empujaba para que cayera al agua sonriendo amablemente mientras decía lo mucho que me quería.

Junto a la ventana la vida era el silencio, interrumpido a veces por el sonido del clarinete del abuelo que encontré en una funda de madera en el armario , tal y como lo dejo cuando se fue a Madrid quedando olvidada su vida en el pueblo junto a la banda, y las vides.

Aprendí a tocarlo sin saber música, solo soplando suavemente, deslizando los dedos haciendo sonar las notas, construyendo melodías inventadas. En esos momentos me sentía con fuerza para dejar la habitación, bajar las escaleras, empujar la puerta siempre entreabierta de la calle y salir fuera … pero cuando llegaba a las escaleras, el pánico paralizaba mis piernas y retrocedía de nuevo hacia la ventana ..sumando a la frustración , el sentimiento de culpa .

Un día, el viento abrió de golpe el balcón y sentí el frío en la cara. Me quedé quieta con los ojos cerrados sintiendo y oliendo la tierra. Se me ocurrió que quizá me sería más fácil salir afuera por la ventana directamente sin tener que pasar por la escalera y la puerta. Ate una cuerda ala barandilla y baje por ella. Cuando puse los pies en el suelo, senti un estallido y empecé a mirar a mi alrededor desde la realidad del suelo viendo otro paisaje diferente el que estaba acostumbrada a ver.

Comencé a correr por entre las vides hasta que llegue al camino .Fueron tres días de locura, descubriendo y viviendo cada paso como si la vida saliera a presión. Al cuarto llegó el cansancio y caí sobre la tierra. Al levantarme sentí el miedo en los huesos y decidí regresar a las melodías inventadas y a la vida mirada a través de la ventana. A partir de ese día, las tormentas comenzaron a ser constantes. Yo no dejaba de girar. Cuando paró el agua y se secó el barro pensé en Julia…. tenia que venir.. Necesitaba que me ayudara a salir

Julia regreso hace dos años con una maleta vacía... y dijo que se quedaría hasta que se llenara …... Entro sin llamar y se quedó esperando junto a al escalera. Desde la ventana en la habitación sentí su presencia. No pude bajar. Julia fue a la bodega y dejo la maleta cerrada en el suelo.

Poco a poco fui logrando superar el pánico, bajando los peldaños hasta conseguir llegar a la puerta entreabierta. Me acercaba a al bodega y con emoción miraba la maleta abriéndola un poquito para ver si se estaba llenando. A veces estaba horas observándola fijamente como si pensara que con desearlo entrarían los recuerdos, pero cuanto más la miraba, iba pesando menos. Deje de ir a la bodega, olvidándome de la maleta. Llegó el

Día que pude por fin salir por la puerta entreabierta y caminar por las vides , sintiendo y desentumeciéndome poco a poco..


Desde hace un mes no para la lluvia, estallando a veces enfurecida. Siento frío. Oigo que Julia sale y veo su sombra por la ventana. Me asomo al balcón. Julia coge una pala y se dirige al olivar. Bajo las escaleras y sin pensarlo voy a la bodega a por la maleta. Pesa tanto que tengo que arrastrarla hasta la puerta. Esta lloviendo con mucha fuerza .

Salgo fuera…mis pies descalzos se hunden en el barro mientras tiro de de la maleta por la tierra. Busco el olivo con el columpio dónde de pequeñas jugábamos a volar. Veo los restos de la cuerda colgando de una de las ramas. Debajo esta la zanja. Tiro la maleta dentro y me tumbo sobre ella mirando al cielo.

Julia se asoma y comienza a echar tierra sobre mí. Me va desapareciendo el rostro, y mis facciones se van dibujando en su cara a medida que dejo de sentir, y oler. Solo el silencio, la nada, la oscuridad., regreso a la vida. Julia se da la vuelta y deja la pala apoyada en el tronco. Siento de nuevo el aire, el agua. Voy caminando hacia las vides, y cuando llego a la silla de plástico, cojo la ropa. Mientras me visto echo una ultima mirada a la ventana.

Bosque de abedules nevados



Llegó el tiempo de salir del miedo

Los colores se esconden

Invierno de pensamientos,

de gélidos vientos

que despiertan las palabras


Llegó el tiempo de salir del miedo

de la presión por vivir…por hacer.. por querer..

que aplasta… hasta convertirme en hoja…

liviana… de tejidos secos


Llegó el reposo

la humedad pesa

me recoge el silencio de los troncos desnudos

calidez grisácea que tranquiliza

las pasiones hibernan


Llegó el tiempo de salir del miedo

llegó el regreso…


Bosque de abedules nevado. Emil Nolde .1907

miércoles, 17 de octubre de 2007

Hiperbreves en Nueva York

Bryant Park

Cítaras misteriosas suenan más allá del mar de hierba. Un oasis en la calle 42, sol radiante y sillas verdes. Ella está recostada en una, lleva gafas de sol, no sé si tiene los ojos cerrados, parece dormida. Él se acerca desde atrás entre la alfombra verde, se para y se inclina. Le susurra algo al oído y ella sonríe. Él se aleja y pasa de largo junto a las tres amigas que se están fotografiando, una de ellas le mira y sonríe también.

Las Damas de Murray Hill

Tiene 90 años por lo menos, junco estirado de labios rojos perfectamente perfilados y melena rubia corta y moderna. Viste de negro elegante, roto por un chal rosa enrollado con falso descuido sobre los hombros. Intercambia frases contundentes con sus amigas, se encuentra con ellas todas las mañanas y discuten las últimas noticias de la ciudad. Nunca se casó, valoraba demasiado su independencia y no se arrepiente.

Batman

El príncipe de Gotham existe, viste un traje de lycra relleno de goma espuma y es más bajito que mi héroe de linterna bajo las sábanas. Aparece de la nada sudando en la tarde ardiente e inicia tímidamente unos pasos de baile ante la orquesta callejera. Ritmo cubano y mujeres rotundas a ritmo vertiginoso le rodean y empieza a moverse con gracia, cada vez más rápido. ¿Quién dijo que Batman era siniestro?

SoHo y Chinatown

Paseas por calles estrellas, edificios industriales reconvertidos en tiendas de moda y todo es bullicio limpio y glamour. Quizás en un tiempo fue bohemio, artistas de vida precaria intentaban despuntar, pero los tiempos ahora son distintos. Y, de repente, la calle Mercer desemboca en Canal y todo cambia, huele a comida china, palabras extrañas inundan tu cabeza y las tiendas de sueños falsos invaden las aceras, los barrios, la ciudad entera, la marea crece, imparable.

Amigos

Se da la vuelta en la cama, otra vez, parece que con cada pensamiento recurrente tiene que girarse, como si eso le ayudara a dar la espalda al recuerdo, al vacío y a la sensación de haberse equivocado una vez más, como siempre. No puede evitar llorar, intenta que no la oigan, y le duele el esfuerzo. Y cuando va a levantarse para esconderse en el minúsculo baño de hotel, nota una mano en su brazo, una caricia suave sin palabras, y deja de sentirse sola y fría.

Pepe Grigio

Una pequeña puerta acristalada se abre, un pasillo estrecho y entran en un patio naranja, con fotos antiguas en las paredes de actores italianos comiendo pasta. Se sientan en una esquina de enormes plantas. Las azucenas del jarrón acarician su cara y huelen tanto que casi marean. Los mosquitos pican, y, a través del tejado de cristal, se ven la luna llena y los viejos edificios de Chelsea. Fuera la ciudad, dentro un jardín que invita a confidencias.

Pajaronas en Manhattan

Tres pájaras sobrevuelan Manhattan. La primera parece Jane Avril a punto de bailar el Can Can en el París de Toulouse Lautrec, mechones rizados y largas faldas de vuelo que se indignan porque sólo ven estrellas de espaldas. La segunda es una mujer flor de Dalí, elegante en cuatro trazos, la gente la adora, pero ella no se da cuenta porque le da la espalda. La tercera es una Odalisca de Matisse, de pose indolente. Parece relajada, pero ¿sabemos realmente lo que está pensando? Son diferentes, pero se ríen mientras comen en un restaurante de brillante modernidad.

Brujas de varios colores

Las brujas de Nueva York son multicolores. Las hay verdes, incomprendidas de corazón sensible, perdidas por Broadway. Otras son blancas y no son conscientes de lo que han perdido en el camino. Pero si paseas por la calle 32, puedes entrar en una pequeña sala oscura y dejar que una bruja moderna y corta de vista te lea la mano mientras los santos de las paredes te miran y el teléfono suena sin parar.

Taxis en flor

El taxi se para. El capó no es amarillo, flores azules y rosas lo cubren por completo. Por dentro está viejo y huele a humo. El paso bajo el túnel es duro, el motor renquea, parece que se va a parar en cualquier momento y el atasco fuera no es más tranquilizador. El conductor es negro y parece preocupado, el precio cerrado no le va a resultar muy rentable hoy, y parece que necesita el dinero. Por un momento pienso que no vamos a llegar a tiempo al aeropuerto, pero me equivoco. Cuando el taxista ve la propina sonríe, da las gracias y desea buen viaje. Y creo que lo dice de verdad.
Christine

lunes, 15 de octubre de 2007

SEDA AL ROJO

SEDA AL ROJO (Para Andrea, que tenía interés en leer esta historia)



Lo primero que me llamó la atención fue su cara de niña, de niña mala que disfruta haciendo travesuras. Después vi sus manos. Manos fuertes, grandes y curtidas. Estaba a mi lado en la barra, tomándole el pelo al camarero mientras le pedía un café muy cargado, muy caliente y muy amargo. Me miró directamente a los ojos y una oleada de calor encendió mi cara. Me sentí ridícula y avergonzada, como una adolescente frente al chico que le gusta.
- Tú estás en la Feria de Artesanía, ¿verdad? Y por tu aspecto diría que te dedicas a los textiles. Telares, tintes naturales….- Su descaro era agradable, inspiraba confianza y cercanía.
- Pinto seda. Pañuelos, ropa, cortinas… ¿y tu, también estás en la Feria?
- Así es, y si pintas seda, te llamas Elena Ruiz, vienes de Asturias y tu puesto está pegadito al mío. ¿Acierto? Se reía a carcajadas mirando mi cara de asombro.
- ¿Tu eres “Al rojo vivo”? No había terminado de decir esta frase cuando me di cuenta de lo ridícula que sonaba. Volví a ruborizarme.
- Me llamo Elsa, soy herrera, “forja artística”, pone en el catálogo, y si, soy y estoy “al rojo vivo”. Volvió a reírse mientras, cogiéndome por los hombros me estampaba un beso en cada mejilla. - ¿Hace calor aquí, verdad?. Ven, vamos fuera, quiero enseñarte algo antes de que se abra la Feria.
A partir de ese momento, Elsa y yo fuimos inseparables. Y utilizo esta palabra en un sentido estrictamente literal. En la semana que duró la Feria de Artesanía estuvimos siempre juntas. Ejercía sobre mí una especie de hechizo que me impedía negarme a cualquiera de sus propuestas, por muy descabelladas o inusuales que me parecieran. Y tengo que decir honestamente que no me arrepentí entonces, ni me arrepiento ahora de nada de lo que hice con ella en esos días.
Yo conocía esa pequeña ciudad donde se celebraba la Feria. No era el primer año que iba, pero Elsa inventó para mí una ciudad distinta. Una ciudad donde los gatos nos hablaban, las cigüeñas nos ofrecían conciertos nocturnos y las piedras escondían tesoros entre sus grietas. Una noche en un parque, descubrimos un refugio perfecto en el hueco de una secuoya gigante y allí, muertas de risa y algo mareadas por el vino bebido en la cena, comenzamos a besarnos despertando a las hormigas. La boca de Elsa me mostró ríos caudalosos, bosques con olor a sándalo y estrechos caminos colgados sobre precipicios. Sus manos decididas, buscaron en mí rincones y pliegues que solo conseguían despertar un hambre que yo jamás había sentido.
Esa mañana, en la cama de Elsa, me despertó una pluma que subía y bajaba por mi espalda. Si en algún momento tuve la tentación de sentirme culpable, (uno siempre vuelve a los viejos lugares conocidos) la luz de su sonrisa y el olor del café y las tostadas, me devolvieron a un mundo recién regado al que acababan de peinar el flequillo.
- Venga perezosa, en media hora tenemos que abrir el puesto...
Extendí mis brazos, se acercó y nos abrazamos. Sus grandes manos sujetaban mi cabeza enmarcándome la cara...
- Elena, eres lo mejor que me ha pasado en años.
- Elsa, yo...tu sabes, tengo pareja, vivo con David desde hace cuatro años...Para mi, esto es nuevo, yo no...
Me puso un dedo en la boca, como se hace con los niños pequeños para que se callen.
- No hay nada que explicar, Elena. Todo está bien.
Los días siguientes vivimos en un estado de permanente embriaguez, sin probar siquiera una gota de alcohol. Lo que sentíamos era tan evidente que los otros artesanos bromeaban a nuestra costa, haciendo juegos de palabras con el hecho de que yo trabajaba la seda y Elsa el hierro. Quizá en otros momentos de mi vida me hubiera sentido incómoda, pero entonces no me importó. Viajaba en un globo de colores con la luz de los ojos de Elsa en los míos y sus mano en mis caderas. Las conversaciones por teléfono con David eran tan extrañas que siempre acababa preguntándome si estaba tomando drogas o había bebido.
La tarde del último domingo se deshizo en agua. Los pocos visitantes que se acercaban a la Feria, deambulaban entre los puestos como peces sonámbulos en un acuario gigante. Mi ánimo oscilaba entre la inquietud y el abatimiento. Elsa, atenta y discreta, me traía pequeños regalos: una flor de papel, una amatista pulida, un pastel. Yo intentaba estar animada, pero sentía un peso terrible sobre los hombros y tierra detrás de los párpados. Mañana por la noche estaría en mi casa con David y esa perspectiva, que me resultaba cálida y acogedora, al mismo tiempo me desgarraba porque significaba separarme de Elsa.
Cuando se cerró la Feria, recogimos lo poco que nos había quedado y lo metimos en cajas. Al día siguiente lo cargaría en la furgoneta, justo antes de partir. El Gremio de Artesanos de la ciudad había organizado una cena de despedida para los que habíamos venido de otros lugares y a Elsa y a mí no nos quedaba más remedio que asistir, ya que ella era una de las organizadoras. No pude cenar apenas, una sensación de náusea se había instalado en mi estómago, pero a los postres conseguí animarme y cuando alguien propuso ir a tomar la última a un local que acababan de abrir en las afueras, yo fui la primera en apuntarme. Aquella noche bailé, fumé y bebí mucho más de lo que me apetecía. Tenía miedo de volver con Elsa a su casa, era como si posponiendo ese momento, pudiera evitar que esa noche fuera la última.
A eso de las cinco de la mañana, yo coqueteaba descaradamente con un ceramista cuando Elsa se me acercó y me dijo muy suavemente: - Elena, me marcho, ¿tu qué quieres hacer?..
La miré a los ojos y comencé a sollozar bastante borracha...- ¡Por favor, sácame de aquí, quiero irme contigo!
Estaba amaneciendo cuando llegamos a su casa. Abrió la puerta de la terraza y durante un rato contemplamos en silencio los vuelos acrobáticos de los vencejos. Después, me desnudó suavemente, me metió en la cama, me hizo beber un vaso de leche caliente con miel y me acarició el pelo hasta que me quedé dormida.
Al día siguiente Elsa me cuidó como a una convaleciente. Me preparó el desayuno, me metió en un baño tibio, me construyó una red de caricias y de besos que no consiguieron ahuyentar mi tristeza. Conduje toda la tarde, intentando concentrarme solo en la carretera y no pensar. Estaba casi anocheciendo cuando los gritos de las gaviotas y el olor a mar me hicieron saber que estaba en casa. Los brazos de David me acogieron con tanta vehemencia como si volviera de los últimos confines del universo. Y en realidad así me sentía yo. En los últimos días había transitado por espacios desconocidos, había recorrido de la mano de Elsa, sensaciones y sentimientos que habían roto los límites de mi mundo, y ahora sentía vértigo.

jueves, 11 de octubre de 2007

Río abajo

Me dijiste adiós desde el puente de piedra. Bajé la vista para que no me vieras llorar y el reflejo de tu mano tembló sobre la superficie del Miera que tanto amabas, te diste la vuelta y me dejaste atrás. Estaba segura de que Bilbao, bulliciosa ciudad de tentaciones y sirenas, te atraparía en sus redes y tú, mi aprendiz de carpintero de manos grandes y ojos grises, no volverías más.

Un día de luz glacial oí los susurros en la plaza del Mercadillo y supe la verdad, la tarde de risas y amigos la víspera de San Juan en el mar de mis noches de infierno, los gritos, la búsqueda en vano y el vacío. El luto se convirtió en mi amante, al que cuidaba con mimo, mi coraza frente a los hombres y la vida hasta que llegaron noticias del sur, del Cádiz soleado de flores rojas.

Unas redes sorprendidas de su hallazgo te devolvieron a mí, una única palabra mágica que pronunciaste, “Liérganes”, te trajo de nuevo al valle, pero ya no eras tú, sino un espíritu resbaladizo de largos silencios, incapaz de demostrar tu afecto, ni una caricia, ni un beso. Tus pies descalzos flotaban hasta el puente, y, varado en el centro, mirabas el río durante horas, inclinándote hacia el lecho cada día más, con la mano estirada.

No sé si te caíste o te lanzaste, hace dos años que nadie ha visto tu imagen ausente, pero yo no te olvido, sentada en la orilla con los pies en el agua, de vez en cuando un salmón apresurado roza mi piel y pienso que es tu mano, fuerte y arrugada, que me acaricia desde el fondo


"Su proeza atravesando el océano
del norte al sur de España,
si no fue verdad mereció serlo.
Hoy su mayor hazaña
es haber atravesado los siglos
en la memoria de los hombres.
Verdad o leyenda,
Liérganes le honra aqui y patrocina
su inmortalidad.."
(Inscripción en el paseo de El Hombre Pez en Liérganes, Cantabria)

Christine

martes, 4 de septiembre de 2007

Christine siguiendo el ejemplo

Siguiendo el ejemplo de Palomilla, y según consejo de Graciela, amplié un poco la historia del cine. A ver que os parece ahora
EL SOPLO EN EL CORAZÓN
Las noches de Cabiria
No me gusta ir sola al cine. Ya lo sé, todo está oscuro y tienes que fijar toda tu atención en una pantalla, pero me siento mejor si tengo el calor de la compañía compartiendo una historia. Tengo cuarenta y dos años y muchas inseguridades por resolver de las que soy demasiado consciente. Cuando entro en la sala voy encogida, como intentando esconderme para que nadie me vea, abrumada por la vergüenza de la soledad.
Esta tarde la Cabiria de Fellini me sonríe desde las cristaleras de la entrada, vestida de rojo bajo las luces de un foco. No es una foto, sino un dibujo, quizás incluso una caricatura. Una prostituta ingenua y patética, eternamente abandonada y despreciada y que a pesar de todo siempre consigue levantarse con la fuerza de su imaginación. Y pese a la tristeza que siempre me invade al ver esa película, no puedo evitar sentir envidia por esa esperanza inquebrantable, aunque esté profunda y escondida, como los posos del café.
Mesas separadas
Tarde de domingo, fría y lluviosa. El cielo pesa como el plomo sobre mi cabeza, asfixiante. Necesito evasión y compañía, aunque sea en la oscuridad de terciopelo rojo con aroma de ambientador barato. Hoy en el cine de reestreno toca clásico en blanco y negro de nuevo, personajes solitarios y mentes estrechas. Hombres y mujeres respetables que esconden secretos, puritanos intolerantes y prejuicios pacatos.
No puedo evitar escrutar disimuladamente a los que se sientan a mi lado. Y ahí estás, rígido y serio, vestido con chaqueta y pantalones informales pero tan solemne como si llevaras chaqué, con un aire al David Niven de la pantalla, digno y vulnerable, y me pregunto si tú también serías capaz de tocarme en la impune oscuridad.
Los pájaros
El miedo a lo incomprensible. El caos inexplicado que provoca un escalofrío en la espina dorsal. Una descarga de adrenalina durante dos horas y la esperanza de que todo sea ficción al salir del cine, que los pájaros no se hayan rebelado contra la estúpida humanidad. Hoy has vuelto, al mismo sitio, un mes después. Y a pesar de que con toda seguridad todos en la sala ya conocemos la película, sigues sin pestañear las aventuras de la rubia protagonista, estilizada y elegante como no seré jamás.
Aprovecho cualquier sobresalto para rozarte con mi mirada. Tu nariz es ligeramente aguileña y la tensión hace que muerdas ligeramente tu labio inferior. La desazón me aprieta el estómago, ¿es razonable este interés por alguien que nunca te ha dirigido la palabra?
Blade Runner
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Pregunta errónea. Los recuerdos se fabrican y se almacenan pero no se puede fingir o recrear la magia onírica. Los sueños te hacen humano. Esa es la cuestión y ése es mi problema. Sueño contigo desde hace semanas, con esa forma de guiñar los ojos cuando la película te pone nervioso o de moverte y suspirar cuando te aburres. Mi imaginación crea escenarios imposibles.
Pero hoy algo ha cambiado, y como el mundo futurista de los dos protagonistas deja de ser lluvioso y negro mientras desaparecen por una carretera que serpentea entre bosques hacia el día luminoso, salgo ligera del cine porque me has sonreído al salir.
Desayuno con diamantes
Nunca seré capaz de pasear por la Quinta Avenida sin pensar en Audrey Hepburn inmaculadamente perfecta de negro Givenchy, mirando el escaparate enjoyado de Tiffany´s después de una noche de fiesta como tantas otras. Enormes gafas de sol y un café en vaso de cartón, el resumen de la sofisticación. Y cómo un callejón repleto de cubos de basura podía convertirse en el más acogedor de los rincones cuando Holly Golightly finalmente se rendía a las ataduras del amor abrazada a un gato sin nombre y al escritor sin fortuna bajo la intensa lluvia.
Cuando las luces se encienden me miras con esos cálidos ojos castaños y me preguntas si conozco Nueva York. Tú nunca has estado allí y pareces disfrutar el camino a la salida mientras te cuento mis paseos por Central Park, el bullicio de los teatros, los enormes neones, el cielo invisible más allá de las moles de hormigón o la decepcionante visita a Tiffany´s. Cuando te despides con un "hasta la próxima" despreocupado, pienso en cómo convencerte para tomar un café cuando volvamos a vernos.
Estación Termini
Hoy he llegado antes de tempo, sin ni siquiera haber mirado en el periódico la película que ponen. La puerta está cerrada y las luces apagadas. No hay, ni habrá, más sesiones. En los paneles olvidados de la entrada, Jennifer Jones y Montgomery Clift se abrazan, la americana infiel y su amante italiano, recordando el pasado y decidiendo su futuro en la cafetería de la estación de Roma. El miedo a arriesgarse y perder una rutina gris frente a un nuevo comienzo de futuro incierto, la comodidad frente a la pasión…¿Quién ganó?. No consigo acordarme. Fin de trayecto, fin de una historia.
No sé cómo te llamas ni cómo encontrarte y el puente que nos unía se ha evaporado de repente. Y veo como tu silueta desenfocada por las lágrimas se aleja en un travelling imparable hasta desaparecer.


Fundido en negro...