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jueves, 30 de abril de 2009

miércoles, 22 de abril de 2009

martes, 14 de abril de 2009

Trasplantes


Recuerdo a Iñaki tal como era yo a los veinte años. Tal como era él. Como era todo.
Le recuerdo como se recuerda a esas personas y esos momentos que te construyen y a los que con el tiempo solo podemos culpar o agradecer por darnos una parte de lo que somos.

Él tenía la magia que le permitía salir y volver a salir del hospital con vida. Mientras los demás estábamos viajando, estudiando o peleando por lo nuestro, él escribía. Palabras, relatos, cuentos. Imagino el gotero trabajando siempre lento en su brazo. Una palabra, otra. Palabras que él articulaba en estructuras mágicas y poderosas.
Él las escribía en esa época en la que sólo tomamos decisiones importantes, cuando el peligro podía darnos más ganas de seguir adelante y yo me preguntaba cómo lo haría, cómo sería la primera idea, el primer cuento, el aspecto del papel tachado y corregido, la cara de aquella enfermera y su mano al volver a dejar la hoja en la mesilla, cuidado no se despierte el chico. Una gota, otra. Una idea, una palabra, un cuento. Una vida.

Recuerdo que cada vez tenía que volver antes al hospital. Otro trasplante. Un intento más. Y otro. Y a los veinte años qué iba a saber yo de los trasplantes. Imaginaba a alguien con mascarilla separar una vértebra de otra, imaginaba médulas de recién nacidos como peces respirando en una bandeja de metal. El gotero no lo imaginaba, el gotero lo veía: una gota de vida, una menos, otra. Y nos miraba, en plural, porque a los veinte años tus amigos son tu plural, y nos veía con tanto miedo y con tanto amor y tan pequeños ante “aquello”. Y aquí seguimos algunos ahora que ha pasado el tiempo. Y no se puede trasplantar la vida ¿verdad? Ni los huesos, ni las ideas y no sé si se pueden trasplantar las ganas, o si se inyectan gota a gota. Una gota de valor. Otra de perseverancia. Y el tiempo sigue pasando y nos convertimos en otras personas, con células de otros, con ideas que alguna vez reprocharemos o agradeceremos a alguien.

Entre trasplante y trasplante él sonreía. O gritaba. O vivía. No le quedaban bien aquellas médulas recién nacidas, pero necesitaba una estructura que lo sostuviera. Y yo me acuerdo tanto de Iñaki cuando escribo… yo que tengo la peor de las memorias entre palabra y palabra no puedo dejar de recordar su risa y sin querer se me escapa y sin querer la escribo y pienso ¿Dónde se encuentra mi primera palabra? ¿Entre la tercera y la cuarta vértebra lumbar? ¿Es allí donde nacen las palabras, los relatos, las ideas? Se están moviendo, saltan en la bandeja. Agarro una con las dos manos. Dejo que su risa atraviese mis huesos y me construya. Ha pasado el tiempo. Y yo agradezco.

domingo, 12 de abril de 2009


sábado, 31 de enero de 2009

LA TIA BISABUELA QUE SE QUEDÓ SORDA POR NADAR EN UN LAGO HELADO Y FUE REPUDIADA POR SU NOVIO


Primero fueron sus pies, los dedos blancos de sus pies y su risa. Luego su cuerpo de golpe en el frío.
Se mete en el lago con su vestido. Se muerde el labio, levanta la barbilla, siente los calambres, nota cada burbuja, el barro entre los dedos, el aire que corta. Su ropa mojada pesa como un vestido de novia. Y se escucha reír a sí misma y gritar debajo del agua.

Él la mira desde la orilla fascinado. No se atreve a seguirla, no se atreve a reprenderla, no se atreve a decirle que solo vive para ella. Desde la orilla ve cómo el agua le pega el pelo y la ropa a la piel y la escucha reírse y gritar, excitada en medio del invierno. Y desde la orilla le grita a esa mujer que jamás podrá ser un hombre a su lado.

Pero ella ya no le escucha.

lunes, 26 de enero de 2009

FANTASMAS

Encender la luz y hacerlos desaparecer para siempre. Mirar por fin bajo la cama. O dejar por la noche un cuenco lleno de comida, otro de agua, darles ropa de abrigo y un sitio donde dormir en mi armario… sonreír a esos fantasmas y dejar que me lleven con ellos.
A su lugar.

miércoles, 21 de enero de 2009

jueves, 15 de enero de 2009

Dura de pelar


Pero qué dices, hija, ese hombre no era un loco, ni un asesino. Pobrecillo, un ladronzuelo como mucho.
Es que desde que vivo aquí contigo y no en mi casa... cada vez me pasan cosas más raras. No me entiendo con los aparatos ni con tu cocina, si es que no sé ni dónde tienes guardados los cacharros.
Y el autobús, no es como el de mi calle, éste da tantas vueltas que te puede pasar cualquier cosa, pero vamos, en cuanto se subió al autobús lo vi venir. Lo calé en el primer momento, me dije: "Mari, cuidao, que éste no trae buenas intenciones"
Era... era... cómo te voy yo a decir, pues un drogadicto parecía, así vestido y sin peinar ¡se me heló la sangre en los huesos!
Y se me sienta al lado, yo venga a temblar, con el corazón que me latía en el puño, pensando: "éste cuando me baje se viene detrás y me quita el bolso".
Tuve que dejar de hacer punto, porque no acertaba a meter la aguja por ningún sitio.
A mí ya me robaron una vez y la verdad es que me dio igual porque el señor era muy elegante, pero ahora que llevo la foto de tu padre en el bolso ¡ay! ahora no me lo quita nadie. Con su marco y todo, llevo la foto.
¡Qué ojos tenía tu padre! era un hombre guapo, no como los de ahora, que todos parece que llevan tres días sin comer.
Yo ahí pensando en tu padre y rezando, si, rezando porque no quería que me quitaran su foto, y me apetecía mirarla pero me daba miedo abrir el bolso, por si acaso el drogadicto se anima y ni espera a que me baje para darme el tirón...y entonces ¡nena! empiezo a notar algo raro, como que se mete la mano en el bolsillo y yo ya sospechando, porque el bolso estaba cerrado y rezando porque no me pase nada que me temblaban tanto las manos que tuve que dejar la labor y concentrarme en tu padre...
En ese momento me miro las manos a ver si tiemblan y madre mía, el reloj ¡El hombre no quería el bolso, quería el reloj! 
Pero mira que ese reloj a mí me gusta mucho, y el drogadicto que no se levanta ni nada, y yo pensando, mira éste que me roba el reloj y encima se queda aquí tranquilo, se cree que soy tonta o qué, el reloj, que me lo regaló tu difunto padre que en paz descanse y yo ahora sin mi casa y sin mis vecinas y en un autobús que no sé por dónde pasa y por dónde no, y encima sin mi reloj No, no , no, no, Así que así disimuladamente le clavo un poco las agujas de punto en el brazo y le digo "El reloj" y abro el bolso, porque total, de tu padre prefiero el reloj a la foto... y así muy digna cierro el bolso y me bajo aquí al lado de casa, y ahora que vengo a quitarme el abrigo ¡pues ahí está mi reloj en la mesita de la entrada! ¿y el que llevo en el bolso? pues no sé, será el del hombre...

jueves, 13 de noviembre de 2008

Los viernes...


Géminis

Lo que hay fuera es la noche.
Un jardín que huele como huelen los jardines cuando no es verano ni es invierno.
Dentro, estamos sentadas en la mesa de la cocina, con luz de cocina, una lámpara baja sobre la mesa. Y los pies que no tocan el suelo.

Estamos aquí escuchando a papá.
Que nos cuenta que a veces las cosas pasan y eso no significa qué.
Pero a veces es qué.

Pero tranquila.
TÚ, TRANQUILA -nos dice-
Y no le digas nada a tu madre.

Nos dice.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Los miércoles...


jueves, 6 de noviembre de 2008

EN LA PANTALLA


En la pantalla está ÉL, está ELLA, las vías oxidadas.
Todos quietos.

Hace 1 minuto se separaban en la bifurcación de los pasillos del metro. Hace un minuto cada uno subía por unas escaleras hacia un lado del andén. El tren de ÉL aparecerá por la derecha. Faltan dos minutos para eso, lo pone en la pantalla.

El tren de ELLA aparecerá por el otro lado, y faltan para eso ocho minutos. Lo pone en la pantalla, también.

Hace 1 minuto se separan. ÉL intenta tocar su mano. ELLA aprieta los dientes y mira hacia otro lado, concretamente mira hacia abajo a su derecha, en diagonal. Aparta la mano moviendo todo su cuerpo y comienza a subir las escaleras. ÉL la mira alejarse y sube sus propias escaleras para volver a encontrarse frente a ELLA, arriba, en el andén.

Ahora los dos se miran pero los separa el hueco de las vías. Los separan seis minutos de diferencia, los separa el pasillo y las escaleras.

Y otras cosas.

Desde su lado del andén, ÉL dice: "ven". No se oye pero mueve los labios y lo dice.
Así: "VEN"

ELLA está llorando. Desde el otro lado del andén no se puede ver pero está llorando. Hace exactamente tres segundos que llora. Desde que ÉL dijo eso.

Luego, ELLA dice "no". Dice "NO" con la cabeza, y nadie sabe lo que pasa, lo que NO se dice, al otro lado del andén.

En la pantalla 5 minutos significa que el tren de ÉL ya se ha ido y que el tren de ELLA aún tiene que venir.

Hubo un momento en que se miraron a través del cristal.

Del cristal del vagón.

En la pantalla ya no hay minutos solo una estación vacía y deshidratada. Personas diferentes. Vías.

En la pantalla el metro llega, se va, llega y se va. ELLA cierra los ojos, dice NO. ÉL mueve los labios. Y el metro se va, y queda una estación, y todas esas cosas a través del cristal.

jueves, 26 de junio de 2008

Un email no enviado de un viaje que no ha empezado aún

Mi viaje empieza una semana antes de la hora del vuelo. Un mes antes. Una vida antes. No lo sé.

Escribo porque ya sé lo que contaré. Los correos que os voy a mandar. Conozco ya todas las palabras.

Puedo imaginarlo todo, planearlo todo para llegar allí y sorprenderme y volver a empezar. El viaje es MI viaje y no importa si es lejos o cerca, si es largo o corto. Si está organizado. Si voy a un país exótico o si me siento demasiado turista, demasiado mujer, demasiado extranjera.

Quiero escribir y al volver, me gustaría leerte.

A mí me apetece escribir sobre viajes. Sobre éste, sobre otros que ya hice. Y hablar de los trenes que cogeré y pensar cómo describiré esa ventana que no se cierra del todo y el olor rancio de los asientos más baratos. Escribir sobre y para ese chico que nos pidió un mechero en una playa de Ortigueira, una vez. Escribir para Kike bebiendo tequila en un bar de carretera que no debería existir, los zapatos llenos de polvo. Mi amor.

Dormimos en aviones. Hacemos colas. Renovamos pasaportes. Compramos sueroral, fortasec. Confirmamos reservas. Palabras. De eso están hechos los viajes. Tráeme palabras, de las que no se compran en las tiendas de artesanía. De las que no se venden.

Escríbelo todo. Si no puedes, si tu papel está en blanco, copia prospectos de medicamentos. Escribe 137 veces la receta del pollo al curry, o un tratado sobre las plagas que afectan a los cerezos. Escribe el número de señales de tráfico que dicen STOP que hay de tu casa a la mía.

Marina y yo hacemos dedo y dos chicos con una perra que se llama trucha paran a mirar un mapa. No nos han visto pero nos subimos y no paramos de hablar, dormimos con ellos en un cajero automático. Hacemos con ellos una parte de nuestro viaje.

No son los recuerdos los que se pierden, es el viaje que no se acaba.

Me levanto en un tren con el cuello dolorido y tengo sed. Me cuelo en un hospital en Montevideo. Alma conduce sin parar durante semanas por el desierto. Jorge acaricia el lomo de un taxi en Atocha.

¿Si yo prometo volver tu escribirás? Dime que sí, que lo harás de todas formas para que pueda volver . Y leerte.

Ojalá no escribir fuera tan difícil como poner la mente en blanco.

Ojalá no viajar significara poner la vida en pausa.

Imposible no pensar, no vivir, no viajar. Escribe cada día ¿me oyes? ¡Es que es importante!

Escribe sobre campos arados o sobre familias o colegas, o sobre niñas que esconden colchas a juego con sus cortinas. Sobre pequeños adornos caseros, escribe sobre ladrillos de colores. Escribe sobre milímetros o sobre centímetros o sobre arrancarte la piel a tiras. Escribe tu ciencia. Escribe cosas que nadie entienda, escribe si quieres hasta finales felices, pero escribe.

Y déjame volver.

Lacancióndepabloes: Copenhague, de Vetusta Morla.

jueves, 5 de junio de 2008

THIS SIDE UP


Mi origen está dentro de una caja de cartón, al fondo del todo. Yo estoy ahí. Pequeña, muy pequeña, y dormida. Puedes verme si miras bien, cuando sacas algunos trastos:
-los vasos envueltos en su papel de periódico de ayer
-las fotografías enmarcadas
-un candelabro quizás.
-una cortina de baño plegada. Demasiado grande o pequeña para la bañera de la nueva casa.
- y al fondo Ana. 11 veces Ana, las 11 casas distintas que veo desde dentro de mi guarida de cartón.

Recuerdo tener un cúter en la mano. No sé si mi madre me daba instrucciones o era yo la que miraba cómo lo hacía y la imitaba.
Meter la cuchilla en la ranura, perforar el plástico. Entonces, rasgar de un extremo a otro. Durante horas. Durante años.
Meter los dedos uno a uno dentro de la ranura y presionar, luego estirar la solapa para abrir.

Nunca tuve manos de niña. Mis manos siempre han sido grandes. Abriendo una a una las cajas de cartón marrón.
Dentro: mis cosas.
Fuera: una nueva casa. Unos niños distintos para jugar. Unos columpios parecidos. Una chica diferente para cuidar de mí.

La sensación es: esto ya lo he vivido.
La reacción es: buscar un lugar nuevo para cada objeto, un lugar parecido al anterior. Los platos en el armario de la cocina a la derecha de la nevera. El mismo sitio, no es el mismo armario.

Mi madre y yo durmiendo en una cama en medio de un mar de cajas de cartón, en una habitación. Mi madre y yo dentro de una caja de cartón, respirando.

A los 7 años es divertido. Me río y juego. Mi madre esconde regalos dentro de las cajas para que yo los encuentre. No son grandes regalos pero sirven como sorpresa.
-unos calcetines nuevos
-una bolsa de caramelos
-unos cromos de gatitos y estrellas

A los 9 años será mi madre llorando. Mi padre saliendo tarde de trabajar. Mi hermano en casa de algún amigo. “Siempre nosotras, joder”- dirá mi madre.

Luego dormiremos en la única cama que nos ha dado tiempo a montar y la notaré llorar sin hacer ruido, acurrucada en el otro extremo. La primera noche temblaremos. Yo, mi madre, la cama vieja, la casa nueva.

Metida dentro de mi caja voy al colegio andando. En coche. En autobús.
Encerrada dentro de mi caja escucho a alguien que se va.
Desde mi escondite oigo a los que serán mis nuevos amigos jugar en el parque. Les veré fumando en la puerta del instituto. Apoyados en sus motos.

Desde el fondo de mi mundo de cartón veo como la mujer que me cuida entra a escondidas en mi habitación y cambia las cosas de sitio.
La veo meter una pulsera suya en mi cajón, para luego decir que se la he quitado yo.
Y desde mi refugio grito que Ana no quiere salir, no quiere jugar, no quiere comer. Y cuando digo que no comeré todos paran de hacer lo que están haciendo y vienen y se lo creen. Pero es mentira, como a escondidas:
-papeles
-caracoles vivos
-césped
-patatas del fondo de la bolsa
-tofu

Mi encierro huele a ropa de invierno, a libro leído. A tinta de periódico. Intento almacenar ese olor en un bote de cristal de la cocina. Tiro los macarrones para hacer sitio al olor, y miro todo lo que hay dentro de mi caja esta vez:
-Un vestido hippie, una edición ilustrada de Memorias de Adriano, una chaqueta 50% lana, 30% viscosa, 20% poliamida.
Nunca guardamos todos los libros en una caja, toda la ropa en una caja. Me dice mi madre. Así es más fácil hacerlas, más divertido deshacerlas, más “sorpresa”. Siempre nosotras, ¡ay!

Miro las cosas y el bote y como no cabe todo tengo que arrancar una página de Memorias de Adriano y recortar un trozo del vestido jipi ( el que más me gusta, verde y dorado en la manga) y un puño de la chaqueta. Según la etiqueta también llevará 50% de lana, 30% de viscosa y 20% de poliamida. No sé lo que significa “poliamida”.
Y lo meto todo en el bote y meto también las tijeras porque aún queda sitio y corro a enseñárselo a mi madre.

Castigada dentro de la caja no me siento distinta. Desde el interior me veo jugar a torturar muñecas. Me veo hacer los ejercicios que me mandó el médico, pasillo arriba, pasillo abajo, para dejar de andar de puntillas. Me veo hacer un mohín a mi madre que me dice: “Nena, apoya el talón, que siempre parece que estás robando”.

Todo cabe aquí dentro. Todo lo que recuerdo. Todo lo que intenté capturar y domesticar: mariposas, pajaritos, una abuela, gatos, chicos. Nadie tan fiel como los chicos. Tan enjaulado como yo y mis animales, yo, con mi cara de niña bonita en una casa de cuatro plantas. Yo en el cuarto del sótano haciendo las cosas que no se pueden decir. Haciendo cajas, abriendo cajas. Una vez y otra, y otra.

Todo cabe en esa casa de cartón oscuro para mí, y cuando no quiero que nadie me mire me meto dentro de mi caja.
Entorno los ojos.
Y sonrío.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Ancho mar de los sargazos *


Las algas trepan por mis piernas y me sostienen. Estoy flotando adormecida. El agua me abraza y la costa no existe. Solo estas plantas que se me enredan.
El mar piensa por mí y me dice: sin viento, no puedes nadar. Aquí es donde te quedas.

Esqueletos de barcos a mi alrededor. Madera gris fosilizada.
En el agua flotan las mejores fotografías de las caras de todos los ahogados del mundo. Tienen los ojos cerrados y me sonríen con sus bocas de mármol gris, como sepulturas de reyes antiguos.
Yo quiero tocarlas, quiero convertirme en estatua marina, quedarme con ellas, varada sin banco de arena, náufraga sin isla, enredada en este refugio de lazos viscosos que me acarician los tobillos, cansados de andar.

Quiero perderme aquí, en la quietud de alguna coordenada desconocida que nunca nadie escribirá en un mapa.
Quiero enmarañarme en esta calma de velas sin viento, de viajes sin brújula.
Donde todo huele a sal, donde todo sabe a mar y solo oigo el fresco chapoteo de mis pies, a lo lejos.

Podría buscar mis huellas en ese camino de arena por donde vine andando, o el ancla del barco que me trajo hasta aquí.
Buceo con mis ojos abiertos y blancos, pero tampoco encuentro bajo el agua ese trozo de tierra que me une al continente.

Intento arañar con mis uñas el agua de la superficie. Mi piel está llena de cortes y mi sangre se mezcla con el mar, dentro y fuera de mi cuerpo. Si pudiera sumergirme hasta el fondo cogería un puñado de arena de lo más profundo y con cuidado lo introduciría en mis heridas abiertas, para cerrarlas con esos filamentos marinos que me rodean. Para coserme a este mar en calma. Para formar parte de esta locura.

Mis ojos están ya llenos de gaviotas líquidas.
Mis pulmones, de silencio y espuma.


Lacancióndepabloes: La Marea, de Vetusta Morla.

*Ancho mar de los sargazos es el título de una novela de Jean Rhys que habla sobre Antoinette Cosway, la loca del ático de la novela de Charlotte Brontë, Jane Eyre. Este relato es para L.

viernes, 29 de febrero de 2008

Jendrix con tónica y pepino... y un gato.




¿Si pudieras elegir, que querrías, ser invisible o respirar bajo el agua?

Yo aún no lo he decidido. Me levanto a las nueve y desayuno mirando la agenda, en silencio. Todos los días.

Tú estarás despierto desde hace horas, puede que en una oficina.

¿Ser invisible o tener poderes para ver de noche? ¿Qué prefieres?

Voy en el metro, leyendo todavía sin sentirme despierta del todo.

Tus dedos estarán sobre el teclado, tu cabeza, en otra parte. Arriba, más arriba. Persigues una idea.

¿Poder volar? ¿Saber lo que piensan los demás? ¿Qué te gustaría?

No sé si comes solo, con compañeros del curro o con amigos.
No te veo en el autobús leyendo el periódico
No creo que haya un monopatín destrozado del que ya no acuerdas en el trastero de casa de tus padres
No te imagino sin sentir euforia. No te entiendo si no tienes un escalofrío que te recorre el cuerpo, cada vez que encuentras lo que buscas.

Pero te
veo, te creo, te imagino.
Mientras entrego mi proyecto. Mientras cocino para mañana. Mientras camino cuarenta minutos volviendo a casa.

Tú juegas conmigo. Jugamos a los más grandes de los juegos de los niños.

Necesitas rayos infrarrojos de visión nocturna
Necesitas tres pares de ojos, telepatía y unas húmedas y gelatinosas branquias.

Yo sé que a veces te levantas solo para escupir una frase preciosa, que no durará.
Yo elijo que prefiero volar.
Esta noche jugamos, yo te escribo. Pareces ligero, te encuentro y te digo ¿Juegas? Perdón, ¿Subes?

La sed.

Son las seis de la mañana y suena una salva de disparos.
Alfredo, con el sueño fugado, se levanta de la cama y se sienta en la única mesa que está al lado de la única ventana de la estancia. No enciende la luz ni le hace falta: la luna ilumina el llano.
Ahora vienen, murmura, y los espera. Ya los oigo. ¿Cuántos serán esta vez?

Otro disparo para que los muertos no se levanten, esta vez solo uno.

Despacio, como hacen todos los viejos, y con un crujido, abre el cajón y saca una libreta y un trozo de carbón. Pasa las páginas, todas llenas de idénticas marcas, de rayas negras borrosas, y hace una al final.

Cada disparo una marca.

Cuando empezaron a fusilarlos en los pozos, igual que cuando empezó esta guerra, Alfredo pensó que no duraría. No quiso escuchar la sed que tienen las piedras en las entrañas de Teruel.

De noche, cuando el hambre no le deja dormir, no puede evitar imaginarlos: serán niños, hombres o mujeres que lucharon en la guerra, como Antonia.
Alfredo sabe que Antonia no está en uno de esos pozos, que no le disparó un muchacho de rodillas bancas para arrojarla a ese olvido oscuro que no conoce ni tu nombre, una noche de luna llena y a escondidas. Ella murió en la batalla y él, por gracia o por desgracia, aún vive.

Aquí vuelven, oye dos nuevas voces. Son demasiado chiquillas esta vez, y él demasiado viejo y vencido para salir a ayudarlas y robar los dos tiros de gracia que les esperan.

Alfredo se mira las manos, manchadas de carbón y recuerda las de Antonia, también llenas siempre de hollín y de tierra. De susurros, de pañuelos, de pellizcos… Son recuerdos de viejo. Son manos de viejo.
Se sacude los fantasmas: cada muerto, una marca.

Si supiera contarlas, vería que ya lleva 1003, pero él sabe que lo importante no es que conozca su número, sino que las apunte todas.
Esta vez están tardando mucho, y Alfredo se inquieta. No quiere pensarlas, oírlas, no quiere tener que recordar más muertos. Otros lo harán cuando llegue el momento y con su cuaderno podrá saber a cuántos cuerpos sin nombre enterraron en esos pozos sedientos.

Están tardando. Debe ser que ellos también tienen miedo y pocos años, y por eso no se atreven a matar de frente.
Las niñas preguntan con voz de llevar bien alta la barbilla ¿Adónde nos llevas? El muchacho responde con un tono de voz tan firme como cobarde: “Al fondo hay una casa ¿La veis? Allí tenemos a vuestra madre, ir a verla”

Ni el agua quiere volver a esta tierra llena de huesos comunes.

Alfredo no ve las siluetas ni escucha los pasos, pero se imagina los corazones latiendo, los calcetines rápidos, y las manos atadas a la espalda.
Hace dos marcas más en su cuaderno, y como obedeciendo una orden dos disparos le devuelven su silencio.

Por más que piensa, esas chicas no las recuerda entre los del pueblo. Deben de traerlos ya desde pueblos vecinos, porque aquí no son tantos, y por más que disparan a la luna aún quedan unos cuantos vivos. Cierra la libreta y acaricia el lomo de un gato que se estira sobre la mesa
- Tú también tienes que seguir vivo - le dice - y escondido. Tienes que ayudarme a recordar que no tenemos dueños.

No sabe si será él uno de esos pocos que quede con vida cuando pueda alguien contar las marcas de su cuaderno, pero todo el pueblo conoce lo que ocurre en los pozos, y espera que sea trabajo de otro, en el futuro, resucitar el olvido de sus mil cinco muertos.

jueves, 14 de febrero de 2008

Primer autorretrato. RGB (0,0,255) – RGB (255,0,255)

Andrea y yo nos sentamos delante de dos grandes vasos de cerveza en un bar limpio, y nos las bebemos de un trago. Vamos a contarnos la peor de las historias, a ver si así se nos quita el miedo a la vida.

Vamos a perder un cuento. Como se pierde un tren o un billete de 50 euros.

La peor de todas las historias es sin duda aquella que te contaron una vez de niña y casi has olvidado. Es solo el terror, el miedo alrededor respirando, lo que recuerdas. La peor de mis historias sucedió sin traumas. Casi ni me di cuenta.
Alguien me leyó el futuro en la palma de la mano y me dijo algo horrible. Para mí, lo más horrible.

Me podría haber dicho: te volverás loca, te ingresarán en una institución psiquiátrica y venderán tus córneas. No sabrás nunca por qué no eres capaz de ver. Nunca sabrás lo que ven los demás.
Pero no fue eso lo que sucedió. Fue peor. Me dijo: perderás la memoria.
Tienes que ver muchas películas antiguas, en blanco y negro. Ese -me dijo- es el remedio.
Películas. Imágenes en movimiento sin color. Nada de tomar fósforo, nada de hacer ejercicios, de llevar un diario, vida sana. No.
Ver películas de otros, sin colores que te confundan. Sin luces, sin grados. Solo mi córnea preciosa e intacta y los clásicos.

Recuerdo pocas cosas de mi infancia. El primer autorretrato que tengo de mi vida es mi padre entrando borracho dando un portazo y señalándome con el dedo. Los ojos cerrados con fuerza.
“38 lobos bajan por la colina. Tu duérmete, que yo los cazo” Mi padre desplomándose en la entrada de casa.

Primera fotografía. Mi padre tirado en el recibidor. Papá sobre moqueta azul, 1985

No quiero olvidar a mi padre para no confundirme con él. Quiero recordar siempre el cuento de Ana y los lobos.
A veces, cuando camino por las calles de mi ciudad, recuerdo lugares, de alguna forma reconozco esquinas, calles, portales. No sé qué me ha pasado allí ni si he estado muchas o pocas veces, pero los siento míos. Y me hacen sentirme en casa. No quiero sentirme en casa si tengo que tener los ojos cerrados, como mi padre. Azules-marrones-verdes. Los ojos del mundo

Lo segundo que recuerdo es a Andrea y a mí sangrando por la boca y la nariz, respectivamente, y riéndonos. Nos pegamos una paliza en medio de un bar. Nos queríamos. Nos divertíamos. Nada de esto nos hacía daño. No más del daño que sin querer te puede hacer un “buenos días” dicho en un tono azul frío.
Allí, las dos vestidas de niñas malas con la cara llena de sangre y el cuerpo dolorido, los tíos con los que habíamos estado ligando toda la noche se fueron del bar con algo roto en las entrañas. Éramos tan hermosas, riéndonos, llorando, sangrando, abrazadas por el hombro como dos amigotes con minifaldas. Recuerdo que ella gritaba ¿Quién tiene más miedo? ¡¿Eh?! Recuerdo que nadie se atrevía a mirarnos a los ojos.

Nunca tuve anorexia. Tuve anemia ferropénica.
Nunca tuve esquizofrenia, tuve ataques de ansiedad.
Mi novio nunca se suicidó, pero se cortaba las venas cada noche en la habitación de al lado, y yo le curaba los cortes. Luego se follaba a mis amigas, también en la habitación de al lado, y a mi no me parecía del todo mal.
Mis padres no murieron en un terrible accidente de tráfico cuando yo tenía solo 6 años, pero se separaron cuando tenía 22. La persona que le dijo a mi madre que mi padre se iba de casa fui yo. Y no me acuerdo absolutamente de nada.

Me compré un cuaderno y escribí un poema. Una cosa tonta, cursi, como yo creía que eran los poemas. Lo hice con miedo, porque cada verso sonaba igual que “treintayocholobos”
Porque el cuaderno era rojo, pero mientras escribía se volvía blanco y negro. Y me asustaba ¿Quién tiene más miedo?

A mi madre le quitaron la vesícula porque tenía piedras que le producían cólicos muy fuertes, pero a los pocos meses los cólicos volvieron a aparecer. Es normal, dijeron los médicos, que te duela la vesícula, aunque ya no la tengas. Esas cosas pasan, dijeron los médicos.

Segunda fotografía: una piedra flotando en un tarro de cristal. Partes de mi, 1997

Cuando abro mi cuaderno rojo puedo oler al empleado del psiquiátrico que viene a buscarme. Sé lo que les han hecho a los demás, sé lo que me van a quitar, y es lo más importante que tengo. Lo que me define. Lo que me deja ver. Oigo a mi padre como si dijera: “Para qué quieres ver si no vas a recordar”. Ojalá estuviera muerto.
Porque mi padre no murió dejándome huérfana. No nos pegaba cuando llegaba borracho a casa. Solo se caía en el recibidor y luego nadie recordaba nada la mañana siguiente.

Ahora, leo en el British medical journal que un experimento ha demostrado por qué las personas amputadas sienten dolor en los miembros que ya no tienen. No es en el lugar que molesta donde se encuentra ese dolor, sino en la neurona que lleva la información a otra neurona, en la conexión de dos axones rodeados de mielina en el cerebro. Ahí se encuentra la memoria, y si se activa por error una de las dos neuronas, y si por un segundo error, la otra se activa también, sentiremos un calambre en el brazo que ya no tenemos. Iremos al médico a pedir un calmante porque notamos un profundo dolor en el pie que nos han quitado.
Así que tengo una idea para recuperar mi memoria.

Miro a Andrea, nos bebemos las cervezas de un trago. Pedimos más
Luego, que las neuronas hagan, si pueden, su trabajo. Pero sin miedo.

Lacancióndepabloes: Los Olvidados, de Sidonie.