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jueves, 15 de septiembre de 2016

Es una novela negra, pero también algo más. China Miéville es un escritor de fantasía, aviso, aunque el se autodefine como escritor de "ficción extraña" y no le falta razón porque si esperáis ver fantasía habitual no la vais a encontrar. Incluso a veces, como en este caso, parecerá que no lo sea al menos de momento. Escribe muy bien, y lo que imagina me fascina. A ver si consigo que os internéis en las novelas de género...

jueves, 29 de octubre de 2009

A mis treinta y seis años

Los cañones gritan y la muralla responde, esa es la lengua que importa, ni el griego ni el turco, murmullos entre algodones sucios y ardientes. El mar es rojo como la sangre que cae, despacio, la sangre que el parásito desprecia, demasiado gordo para moverse. . No siente nada, está paralizado, los oídos y ojos aún funcionan, pero la lengua perezosa no quiere ayudarle a gritar para que paren y le dejen tranquilo.

Intenta recordar Lepanto, la fortaleza objetivo, el pequeño puerto, los barcos en posición, hay que planificar o no habrá salida. No puede, sólo ve Escocia, lluvia, faldas que crujen y frío. Mujeres que coquetean o lloran, mujeres que suplican un romanticismo imposible, no saben quien es, el aristócrata de de amores escritos y nunca dichos.

Se cansó de Escocia, Inglaterra, Italia, como se cansó de Mary, Anna o Margarita, el cojo bribón, escurridizo, que escapaba en silencio a caballo y cambiaba de patria, llenando el hastío de conquista de libertades ajenas, que le llenaban durante meses hasta que el agujero crecía y todo se colaba por él.

Y ahora el hueco es demasiado grande y por él se rellenan las fuentes de cerámica, dos, tres, ha perdido la cuenta, blancas al llegar, rojas al marcharse, y no le quedan fuerzas, tiene treinta y seis años y sabe que en Missolonghi se acaba el viaje

(…)
Seek out--less often sought than found--
A soldier's grave, for thee the best;
Then look around, and choose thy ground,
And take thy rest.

On this Day I Complete my Thirty-Sixth Year
Lord Byron

jueves, 22 de octubre de 2009

Caleidoscopio

Rojo, azul, púrpura. Los colores se mezclan y renacen diferentes, o quizás solo disfrazados.

Al principio llegó el rojo. Dulce y ligeramente picante. Siouxsie and the Banshees suenan en el ambiente, a ritmo sincopado junto a las risas, las partidas de mus en el bar robadas a las clases y los novios de paso. Los días pasan fluidos. Exámenes que no cuestan demasiado, muchos amigos, focos nocturnos, en invierno o en verano. Los cines cambian de función, los mirones se vuelven actores en la última fila, y las historias se dividen en líneas paralelas. La de la pantalla se va difuminando, mientras el roce y el calor se hacen reales y lo apartan todo.

Los fluorescentes de la oficina tiñeron de azul el aire, las moquetas llenas de polvo y los despachos vacíos. El resto ha desaparecido bajo montañas de informes, y el la pantalla de ordenador las líneas de números se persiguen y nunca llegan a ningún sitio. Arañas amarillas sobre fondo otra vez azul. Hace frío dentro y fuera. En los altavoces suena “Black or blue”. Una mujer exótica llegó y se fue, sólo quedó el humo del cigarrillo sin dejar nada a cambio. La voz le suplica que se quede pero es tan inútil como el ruido de las teclas flotando a quince metros sobre el Paseo de la Castellana.

Se hundió en el mar y cuando parecía que el fondo no existía, pegó una patada y subió. La tierra se volvió púrpura y Siouxie volvió reírse. La mujer de las veintidós caras se desintegró y es la misma pero es otra. A veces las caricias calientan su cara y aún se avergüenza, otras intenta controlarse y ser lo que parece que se espera de ella, pero el hielo no acaba de salir, y es que cuando una gota de rojo se junta con otra de azul, no se puede volver atrás, por muchos colores que se intenten mezclar
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Christine- Siouxie and the Banshees

She tries not to shatter, kaleidoscope style
Personality changes behind her red smile
Every new problem brings a stranger inside
Helplessly forcing one more new disguise

Christine-the strawberry girl
Christine-banana split lady

Singing sweet savages lost in our world
This big-eyed girl sees her faces unfurl
Now she's in purple
Now she's the turtle. Disintegrating

Christine-the strawberry girl
Christine-banana split lady
22 faces...disintegrating.


Black or Blue – Suede

There was a girl who flew the world from a lonely shore
Through southern snow to Heathrow to understand the law
There was a boy who loved the noise of the underground
He left the coast and overdosed on that London sound

He said "I don't care if you're black or blue
Me and the stars stay up for you
I don't care who's wrong or right
And I don't care for the U.K. tonight so stay stay"

And then one day she moved away from those garden walls
She left some flowers, he smoked for hours
She understood the law

I don't care if you're black or blue
Me and the stars stay up for you
I don't care who's wrong or right
And I don't care for the U.K. tonight
So stay, stay, stay, stay…
There was a girl who flew the world

martes, 23 de junio de 2009

Espuma, plancton, mucho rojo y aniversarios

Un día 23 de junio como hoy, hace exactamente cincuenta años, un escritor maldito entró en un cine a hurtadillas para poder ver el estreno de la primera adaptación que se hacía de una obra suya, al que le habían prohibido asistir por lo que se conoce habitualmente como "desavenencias con el director". No sabemos que pensó de aquella película porque, aunque era joven, sólo 39 años, su corazón, tan fuerte para según qué cosas, no resistió la experiencia y murió. Y así cumplió, por poco, esa autoprofecía que repetía de que no alcanzaría los cuarenta, esa edad supuestamente de mal augurio que me cayó encima este año, por cierto.

Los universos de los libros de Boris Vian se cruzaban frecuentemente entre sí, el doctor asesino de sillas de "El otoño en Pekín" se había vuelto psicópata por no haber podido curar a la Chloé de "La espuma de los días", y cuando pensábamos que Angel había evitado un destino oscuro en el mismo "Pekín" (que por cierto, no ocurría ni en otoño ni en Pekín) caía en nuestras manos "El arrancacorazones" y descubríamos que su futuro no era un camino de rosas precisamente...

"La espuma de los días" fue el primer libro "adulto" que escogí leer, y me enamoró del todo, porque no sólo era una (bueno, en realidad tres) historia de amor preciosa y emocionante, era un mundo diferente a todo, donde las imágenes luminosas se intercalaban con críticas atroces (esas beneficiencia pública que degollaba niños... o esa crítica a Sartre que en realidad era su amigo, al menos hasta que se lió con su primera mujer). Y por lo visto no fui la única. En una encuesta a los lectores franceses sobre cual fue la obra que les provocó el gusto por la lectura, "La espuma de los días" ganó por abrumadora mayoría. Y yo estoy tan feliz de ser tan poco original.

Luego hay más cosas, fue ingeniero de obras públicas, experto en ferrocarriles (vale, lo mío es la hidráulica, no los ferrocarriles, pero es uno de los míos), fue músico, cantante, actor, vamos, todo lo que me habría gustado ser a mí. No tuvo suerte, quizás tampoco la buscó, le gustaban demasiado la irónía, el sarcasmo, la crítica, y nunca le perdonaron su afición al sexo o hacerse pasar por un escritor negro para reírse de los críticos de la época o escribir una canción sobre las razones para desertar de un pobre hombre en plena guerra de Indochina, en fin, todo un personaje. Lo que sí está claro es que hizo lo que quiso, hasta el final.

Y yo no le olvido, sigo disfrutando de sus libros. También hasta el final. En algo más nos teníamos que parecer

jueves, 18 de junio de 2009

De cómo Almudena y Christine desaparecieron una tarde de la casa de los Huertos

Las vio salir y cerrar la puerta con cuidado, rosa y rojo sobre asfalto. Tomaron el camino del arroyo, de tierra amaestrada, rebelde en algunos recodos pero sin salirse del trazado previsto. A veces bajaba lo suficiente para oírlas reírse al oído acercando las cabezas simétricas de forma y color.

Ellas no se dieron cuenta, sólo era una sombra que escondía un hombro del sol o cruzaba el camino un segundo antes de que llegaran. Vio como recogían cardos violetas y se quejaban al pincharse, como juntaban amapolas y hojas verdes enormes y sedosas.

Siguieron el cauce, cruzaron puentes, bebieron de los manantiales entre zarzas remontando con paso firme, parecían resueltas a encontrar la fuente, el origen de todo. Pasaron minutos, puede que horas, desde arriba nada es seguro, sólo intuición. Los campos amarillos se volvieron verdes y le costaba verlas cada vez más. Y cuando el arroyo había encogido tanto que parecía un hilo de plata, apareció el lago en medio del camino. Ellas entraron como si no estuviera allí, frenando atrapadas por el rozamiento y la ropa hinchada.

Se sintió desorientado, no recordaba haber visto nada igual por allí y se quedó mirando al pájaro que vibraba al otro lado del espejo. Se olvidó de ellas, del chapoteo, de las voces y las flores. Y cuando quiso volver ya no pudo verlas aunque buscó bajo los círculos que se hacían más y más grandes en la superficie, debajo sólo había espirales de algas moviéndose a ritmo lento y algo brillante que se asomaba bajo ellas

El grupo llevaba ya dos horas esperando a que volvieran, alrededor de la mesa del patio, los pies fríos y la cabeza inquieta. El mirlo bajó en picado y dejó algo ante sus ojos. Una pulsera de plata que todos reconocieron enredada en algas de río


Foto cortesía de P. Bravo (detalle)

jueves, 23 de abril de 2009

In memoriam

El 19 de abril murió el inspirador de mi blog (o al menos de su título). Pocos autores me han transportado a otros lugares con la precisión de James Graham Ballard. Lugares que estaban en este mundo pero a la vez tenían la magia de lo desconocido o irreal ya fueran la playa desquiciada de Vermillion Sands, un macro rascacielos o los suburbios de Londres. En los años sesenta, cuando eso del cambio climático ni existía, ya escribió “La sequía” y “El mundo sumergido”, cataclismos naturales que hoy quedan mucho más cerca. La distopia era su terreno y lo desarrolló tan perfectamente que el diccionario Collins incluso introdujo el término “ballardiano”*. Sus libros podían ser profundamente pesimistas sobre la esencia del hombre y su futuro, pero casi siempre querías estar en sus escenarios y vivir esas experiencias, volar o remontar un río en África, incluso hacer el amor en un coche a punto de estrellarse. El niño obsesionado por los aviones de “El imperio del sol” nunca dejó de volar, más lejos y más alto. El mundo hoy es un poco más gris. Espero que donde quiera que esté, continúe con su “Compañía de Sueños Ilimitada”.
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En memoria de J.G. Ballard (1930-2009)
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*"(1)Referente a James Graham Ballard (J. G. Ballard; nacido en 1930), novelista británico, o a su obra. (2) Que se parece o sugiere las condiciones descritas en los relatos o novelas de Ballard, esp. la modernidad distópica, los desoladores paisajes creados por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico, social o ambiental"
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Ausencias


Hace seis meses me tropecé con Amelia. Llevaba más de dos años sin verla, desde que se fue dejando vacía la mesa frente a mí. Eché de menos su música de cacharrería, las charlas a gritos con amigos sin nombre, e incluso las ojeras y temblores de viernes de resaca.

Nunca dio explicaciones, simplemente una mañana metió sus cosas en una caja de cartón y se esfumó. Recuerdo que me asombró lo poco que había acumulado en cinco años, ni libros, ni plantas, ni tazas de colores. Y su presencia constante se volvió hueco y trabajo aburrido

El pasado abril, delante del Círculo de Bellas Artes, su lugar favorito, que le devolvía a sus tardes de estudio en la biblioteca de la quinta planta, sentí un roce en la nuca. Desde pequeña me ocurre que a veces presiento cuando alguien conocido pasa detrás de mí. Es como una brisa que se metiera por la espalda hasta la base de mi cráneo. Mi hermana, la fanática de la anatomía, solía bromear diciendo que el hueco de mi atlas era demasiado grande para mi axis y que una ráfaga de viento tiraría mi cabeza al suelo algún día por pensar demasiado. Me acordé de ello e instintivamente me sujeté la cabeza mientras la giraba. Allí estaba ella. Casi no la reconocí.

Había perdido casi veinte kilos y llevaba el pelo largísimo en mechones enmarañados. El sujetador de flores desvaídas le asomaba por dos agujeros de la camiseta naranja que tanto me gustaba. Las ojeras seguían allí pero habían crecido, pensé que tardarían poco en alcanzar las grietas de los labios. Llevaba un lienzo en la mano.

Tuve que acercarme a su cara para entender lo que decía. El aliento le olía a acetona y algo más que no supe definir. No me dio tiempo a preguntarle nada, dijo que necesitaba dinero, lo que tuviera le bastaba. Me puso el cuadro entre las manos. Una mancha de óleo denso caía sobre una mujer desnuda tapándola casi por completo, Rocé los surcos duros casi esperando sentir las caderas bajo el chorro rojo oscuro. La cara no se distinguía pero hubiera jurado que era ella la que tendía las manos desde aquella ventana de tela. Me dio escalofríos.

Busqué en el bolso y le di lo que encontré, un billete de cincuenta euros. Lo cogió sin mirarme y la vi alejarse despacio, escorada hacia el costado derecho. El encuentro no había durado ni cinco minutos. Me entraron ganas de llorar.

El cuadro estuvo contra la pared de mi armario desde entonces. No podía mirarlo ni colgarlo, sentía la certeza absurda de que la sangre saldría del cuadro salpicándolo todo.

Ayer volví a pasar por el mismo lugar, Me senté en un banco a leer mientras esperaba a un amigo. Un viento frío se coló por el cuello de la chaqueta y oí mi nombre suspendido en el aire. Me giré, segura de encontrar a alguien familiar. No había nadie.

Una sombra voló sobre mi hombro y se posó sobre el libro. Era un billete de cincuenta euros.

jueves, 2 de abril de 2009

Hermanas

Julia empezó a gritar desde sus ciento sesenta centímetros concentrados en once años de vida. Los puños cerrados aparecían blancos bajo el fluorescente de la clase. Los demás niños empezaron a llorar y a girar sin orden ni concierto. La coordinación que había costado una hora conseguir se perdió. Luis intentó controlar a la niña hablandole suavemente pero fue inútil, había entrado en su mundo de caos y aislamiento. Por suerte las madres acababan de llegar. Ana y María, las dos síndrome de Down más ligeras se despidieron moviendo la mano y sonriendo. El resto ni le vieron mientras los arrastraban fuera de la sala. Sólo quedó Julia, repetida mil veces en los espejos, inconsolable. Su madre llegaba tarde. Cuando parecía que la cabeza de Luis iba a estallar entró otra niña, de apenas cinco años, pero toda decisión. "Ven Julia, nos vamos a casa" le dijo tirando de su mano. Los gritos cesaron de repente y el maestro vió atónito salir a las dos niñas con ritmo acompasado y perderse en el pasillo

jueves, 19 de marzo de 2009

Pide un deseo

La trenza roja bailaba agarrada al árbol. En la rama más alta que había podido alcanzar para que nadie se la llevara y el deseo se cumpliera. Se subió al coche mirándola fijamente. Las cigüeñas habían llegado y dormían en el campanario. Todos desaparecieron en la primera curva. Abrió la ventana. Los árboles aceleraban tras cada derrape. "Traspasando la locura mecánica", solía decir él. El quitamiedos voló dejándoles paso. El viento se coló en el coche. Estarían juntos por la eternidad. Los deseos de marzo siempre se cumplen.

Atardecer

Me apoyo en la barandilla del mirador. Los nudos de la madera rascan mi estómago. La cuña rosada al fondo del valle se va apagando. El embalse en el horizonte se difumina en una mancha gris. Los pájaros callan. Sobre mí ya está oscuro y empiezo a notar el frío. Un brazo me cubre para darme calor. El mundo se paraliza. Veinte segundos vacíos y empiezan los ruidos nocturnos. Una estela blanca corta el cielo. Mis ojos la siguen. Una segunda línea aparece por la derecha de repente. Las trayectorias se unen. Un foco se ilumina y explota en nubes de humo. Silencio alrededor. En mi cabeza mil voces muertas gritan

jueves, 19 de febrero de 2009

Poética


Me gustan los relatos breves, me siento en el autobús por las mañanas y el fluorescente desaparece, de repente floto en el mar de los Sargazos, me arruino en el Bingo Paraíso o acaricio la nuca de María Antonieta. Es sólo un momento, una sensación, pero al fin y al cabo los días que recuerdas haber vivido son sólo instantes en que fuiste feliz o te hicieron daño, imágenes que quedaron impresas y que casi siempre mienten. Pinceladas de estampa impresionista.

No está el cuadro completo, sólo se entrevé un universo y se cierra la puerta de un portazo, el escalofrío, el calor o la furia siguen pero tendrán que crecer en otra cabeza y los personajes, si el lazo de la caja no es demasiado fuerte, terminarán haciendo lo que cada uno piense que deben hacer, quizás el gato-cobaya se escape o suene el teléfono por fin, esto no es una novela, es un cuento.

Algo que he sentido o querría vivir, un lugar imaginado, una conversación que nunca existió, explotan en el papel y vuelan mas allá, donde quieras llevarlos, ahora es tu trabajo, yo ya me he liberado, he bailado, he jugado o he besado y seguramente habré mentido. Mi tía bisabuela sorda no fue repudiada porque yo lo he decidido así, la historia se reescribe y se bifurca, sigue su camino y veo cómo se aleja.

Hoy algo distinto está creciendo justo en el hueco vacío, ahí donde el atlas sostiene mi cabeza, y cosquillea, se retuerce. No sabe hacia donde irá cuando abandone la nuca, si acabará riendo o clavando un cuchillo. Sólo sabe que tarde o temprano necesitará salir.


Pero ese es otro cuento.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Distrito F

El sudor flota en el aire, las manos se agrietan. Ella le toca el brazo, él siente la caricia de cactus, pero sonríe, le calienta por dentro. En el Distrito F, nadie tiene nombre o al menos nadie lo recuerda, la arena borra los caminos entre bloques de hormigón, las ventanas se cierran y sólo se oye el viento. La cara de ella se acerca, él puede oler su aliento al abrirse la boca y pegarse a la suya. El sabor se vuelve salado, la humedad le alcanza la barbilla y cae sobre la arena antes de desaparecer.
Las manos se juntan y juegan durante un minuto apenas. Ella interroga con los ojos al sentir la caja cuadrada en su palma. Si no vuelve podrá abrirla. Ella se aparta, fija la vista en el horizonte, blanco sobre blanco. Las dunas cercan la isla de cemento, pero nunca es la misma la que te vigila, se mueven sin cesar, aunque no te des cuenta, y esconden miles de insectos y lagartos.
El avión espera en la pista de tierra con el morro hacia arriba, oteando el aire, el único pájaro que ha sobrevivido. La tormenta se acerca. Los remolinos envuelven las dos figuras inmóviles, los granos pican en la nariz, en la garganta, asfixiando, casi no pueden verse el uno al otro. Una ventana se abre, alguien observa la salida pero no habrá ceremonias, no es el primero que se aventura más allá buscando una salida, un cambio, da igual, el que sea. Es inútil, no hay nada fuera del Distrito F.
El óxido le araña la mano al abrir la puerta y se acomoda como puede dentro. El olor a gasolina y polvo marea. Se incrusta en el asiento de cuero rojo y enciende los motores que renquean en toses secas. Las hélices mueven el polvo y se paran. Él vuelve a intentarlo y esta vez cogen impuso y el ritmo se acelera apartando el silencio. El rayo de plata recorre la pista, apenas visible, en pocos segundos y empieza a elevarse, escorado a la derecha. Por un momento parece que va a caer, y ella no puede reprimir un grito ronco que nadie puede oír entre los átomos de cuarzo y humo.
Él ríe ligero al sobrevolarla, gira dos veces a su alrededor, la corriente se vuelve tornado y levanta su vestido rojo, las piernas le tiemblan, no sabe si de miedo o excitación. Sigue subiendo, ella se ha convertido en un punto lejano, un hito topográfico que le ayudará a volver.
El horizonte se ha alejado pero sigue igual, la nada vacía le rodea en cualquiera de los puntos cardinales, sólo la brújula le indica que sigue un camino, escogido al azar. Los minutos pasan, se transforman en horas, si no para la búsqueda ya no habrá vuelta atrás. Y se da por vencido.
El Distrito F vuelve a emerger de nuevo. Como último coletazo decide subir un poco más. El cielo cambia, el gris pálido se ha transformado en azul, que se oscurece más y más al ascender. El sol ya no es un globo triste, sino un foco amarillo reluciente en un viscoso cuadro de óleo ultramar. Y sigue subiendo. No sabe donde puede llegar, pero quiere estar allí. El tablero de mandos vibra bajo su mano, le hace cosquillas, casi no puede leer los números, pero tiene que saber lo que hay más allá, dónde está la frontera. El vello se le eriza, y empieza a tiritar, los dedos se entumecen mientras empieza la inmersión. Siente una mordaza en la cara, un ataque de asma mientras hiperventila.
El sol se fija en su retina, cada vez más grande, cada vez más frío, no puede cerrar los ojos tiene que seguir mirando….
Ella se levanta de la arena, el hueco de su cuerpo se desvanece como si nunca hubiera estado allí, esperando durante horas. El rugido se hace más fuerte pero no desciende, la diagonal apunta a las estrellas, y de repente el silencio, todo está inmóvil. Una serpentina de humo crece desde el cenit, el fin de fiesta. El avión grita al estrellarse, y la onda expansiva curva el tiempo y el espacio, tumbándola en la arena, es la última caricia.
La caja se le clava en el estómago al caer, la sangre se confunde en el vestido y mancha la tapa abierta. Una pluma blanca sale volando y se pierde en el viento.

“CAÍDA DE ÍCARO” Jacob Peter Gowy

domingo, 20 de abril de 2008

Llamadas

La primera llamada fue hace tres semanas, a las once de la noche. Estaba encogida en el sofá, como siempre, viendo la tele, un programa de seres rubios entre brumas de sueño. Me levanté de un brinco, espantando al gato y tirando el teléfono al suelo. Al otro lado sólo oí una respiración profunda y un clic.
La segunda ocurrió al día siguiente, exactamente a la misma hora. Esta vez alguien se agitaba, luchando por respirar. Al fondo empezó a sonar una melodía atenuada levemente evocadora. Y de nuevo se cortó.
Desde entonces todas las noches el teléfono suena y una voz sin palabras respira, jadea o tose, flotando entre retazos de otros ruidos que vienen y van, nada más. Pero yo los distingo, sé que son distintos, y resuenan en mi cabeza en ecos familiares. A las once un imán me fija al sofá, y mi brazo se estira casi sin querer, la tensión duele.
Hace dos días la voz empezó a gimotear, un lloriqueo fingido, creo que en realidad se reía de mí.
Ayer. De nuevo un ritmo lento, creo que es una mujer, súbitamente se para, y tras segundos de muerte vuelve. Detrás distingo un silbido rallante, cuchillo sobre metal y un gemido, otra vez esa música, ¡no quiero oírla! Corro a la cocina, abro el cajón y cuento, están todos menos uno, como debe ser. Es imposible que lo encuentren y además lo limpié todo…
Hoy espero sentada, mirando fijamente las grietas de la pared que fluctúan y parecen abrirse. Detrás hay manos que quieren cogerme, es ella, quiere atraparme pero yo sé que viene y no me pillará desprevenida

jueves, 6 de marzo de 2008

Dormir y soñar. La canción de Pablo

El hombre en la luna

Nació cuatro años antes de tiempo pero la luna es su signo. Ya lo decían sus padres cuando le veían pegar la nariz a la televisión en blanco y negro, una de las pocas que había en el pueblo, mientras se oían las voces entrecortadas y las rayas envolvían el alunizaje en brumas de película de clase B. Y quería llegar igual de lejos, allí donde todo es posible

La gente feliz brilla

Cuando pasea por los caminos helados de enero o trabaja en el campo, recogiendo aceitunas, se siente feliz, se agacha y coge un puñado de tierra, la huele, mezcla de humedad y vida oculta, juega con la textura que araña y cruje. Y aunque hoy el aire lechoso esconda el sol, no importa, tarde o temprano siempre vuelve.

Molinos y gigantes

La política corrompe, te eleva por encima de todos y te olvidas de ellos, del futuro que querías, de lo que buscabas, eso si no te encuentras con un idealista, caballero de Castilla la Vieja dispuesto a cambiar todo lo que falla, o lo que pueda, al menos, sin dolor, suavemente. Aunque alguien dijo que todo el mundo hace daño alguna vez, él nunca lo hará deliberadamente. Los espíritus, esos que nadie más que él puede ver, están de su lado. Nunca menosprecies al adversario pequeño.

Canción sin título número 11

Enciende la radio, y escucha con atención, manos largas sobre pianos o púas rasgando guitarras, un océano en que bucear en busca de nuevas pasiones. Las ondas le envuelven y los trabajos se olvidan, quedan trozos de veranos, montañas, escenarios y gente bailando, pasado y futuro se funden y cuando la música cesa, la magia sigue creciendo en su cabeza

Mapas y leyendas

Miro el mapa con ojos de ingeniero urbanita, veo carreteras y ciudades, asfalto y hormigón y de pronto mis ojos se paran en un punto minúsculo dentro de una mancha verde, allí donde una carretera que parece que no va a ninguna parte da una vuelta en herradura y vuelve al punto de origen. Y miro más lejos, me imagino la Fuente del Almendro, los puentes de piedra sobre aguas de fondos nítidos o las fogatas para asar las castañas, cortejos fúnebres que unen a todo un pueblo aunque espadas de hielo bordeen el camino y leyendas que me gustaría conocer.

Sitios distintos

Los miércoles son especiales. No importa lo que seas fuera de clase o del bar, aquí solo somos amigos diferentes charlando y riendo, en busca de un abrazo, bebiendo vinos o cerveza, pidiendo comida como si lleváramos días de ayuno, por favor, que algo sea sin gluten, por sitios de Malasaña que nunca había pisado. Las confidencias pelean unas con otras, se hacen un hueco, y fraguan en cemento irrompible. Las rosas nocturnas tardan semanas en marchitarse y recibes regalos inesperados, aunque la mala memoria juegue malas pasadas: A veces una caja de CD vacía vale mucho más de lo que parece….