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lunes, 22 de diciembre de 2008

Charlie se casa

Anoche quedé con el Charlie para cenar. Me contó que se va a casar, que ya toca, y que lo va a hacer con Leidi, una dominicana que conoció en el Mogambo. Dice que no es especialmente guapa ni lista, pero que ella le necesita y eso es suficiente. Me explica que sus amigos le advierten que no se case con una puta sin papeles, que va a por lo que va, que se va a poner como una vaca en cuanto se case, que se va a traer a toda su familia desde el Caribe, que tendrá que cargar con ellos y que luego si quiere divorciarse le dejará sin dinero. Él dice que entiende todos esos argumentos, y que probablemente sean ciertos, pero que el matrimonio es siempre una mierda y casándose ahora por lo menos será una mierda diferente a la convencional y burguesa que tuvieron sus padres.

jueves, 11 de diciembre de 2008

NO HAY PALMERAS EN LA VENTILLA



A mí sólo me interesan dos cosas: la literatura y los coños. Y debo admitir que mi obsesión por la primera reside únicamente en su capacidad para hacerme llegar a los segundos. Porque una mujer puede honrarte con una felación si eres un bailarín inagotable o un domador de leones; pero nada te alimenta más el ego que conseguirla exclusivamente por lo que has leído y eres capaz de recordar. 

Hubo un tiempo en que me llamé Mircea, pero lo cambié por Miguel ante las ingeniosísimas burlas de mis compañeros de instituto. Soy rumano. Hijo de médicos afines a Caucescu, nos vinimos a Madrid cuando se acabó la fiesta. Contrariamente a lo que pueda parecer, aun con la pérdida de privilegios, no añoro el comunismo. Soy consciente de que tengo poco que hacer con un régimen que prohíbe la pornografía.

Cuando arrestaron al Conducâtor yo tenía diez años. Mi padre vino a casa corriendo y nos dijo que era mejor que saliéramos un tiempo al extranjero. Nos habló de España. Un país soleado, dijo, con palmeras y gente amable. Convenció a mi madre y a mi hermana de que todo lo que haríamos en nuestra nueva vida sería estar tumbados en la playa comiendo marisco.
Y llegamos a la Ventilla. 
A mi madre le dio un ataque de ansiedad.
Mi hermana tomó píldoras azules.
Pero se repusieron, nos quedamos y construimos una vida aquí.

Aprendí el idioma e hice amigos. Crecí con una típica adolescencia española de barrio: botellones, pañuelos palestinos y masturbaciones compulsivas. Chicas de caras tuneadas desfilaban ante mí, pero ninguna se paró nunca el tiempo suficiente como para que entre un arisco “Hola” y un tajante “Adiós” hubiera palabras con un mínimo contenido. Así llegué a los dieciocho. Cuando echaron a las putas de Capitán Haya me quedé sin vida sexual.

Un verano fui a Londres con una beca para aprender inglés. Por primera vez sentí que una ciudad estaba por fin, a mi nivel. Fui feliz. Cuando se acabó el dinero tuve que volver. Pero ya nada fue igual. Nunca pude quitarme la sensación de que Londres sigue rezumando vida mientras yo existo lejos. Hasta entonces había sentido cólera, pero sin saber muy bien contra quién o qué dirigirla. A mi regreso entendí que hay algo que odiaría el resto de mis días: a España.

Y de este odio surge, creo, mi fascinación por los centros comerciales, estaciones, museos y demás no-lugares. Cuando estoy en ellos me olvido de quién soy y dónde vivo. Me olvido de tal manera de mi destierro hispánico que me siento desorientado al salir a la calle y toparme con Madrid.

Por eso me alegré al enterarme de que abrían una pista de ski artificial. Fui a la inauguración de lo que prometía ser un no-lugar magnífico. Allí estábamos, anhelantes, formando un todo, miles de desamparados queriendo entrar. Como un gran pulpo que rodea e introduce sus tentáculos en una mole. Intenté separarme de la masa para colarme por la puerta de emergencia sin pagar. Fui descubierto y tuve que salir corriendo.

Decepcionado caminé de regreso. Vi a un grupo de sarnosos que se manifestaban contra un aparcamiento público. Que si desastre ecológico, que si especulación, que si pamplinas. Claro que entre ellos distinguí a Jara. Me aproximé fingiendo interés. Recuerdo que cuando levantó los brazos para exhibir una pancarta dejó al descubierto sus sobacos velludos. Estaban húmedos, relucían. Un olor a gloria me embriagó. 

-¡No participes de este negocio!-me dijo.
-No, claro que no.
Es muy difícil contradecir a una chica a la que, por encima de todo en la vida, quieres meterle el nabo. 

El caso es que me fui con ellos. 
Jara me contó que era troskista, vegetariana y bisexual. 
No había chicas así en mi instituto. 
Jara era distinta. Me habló de un tal Cortázar, de “Los condenados de la tierra” y Sai Baba ¡Yo tenía tanto trabajo por hacer! Hablé poco y sonreí mucho. 

Su casa de la Latina olía a salitre e incienso. Sus compañeras de piso deambulaban en braguitas. Yo no quería estar en ningún otro sitio. Ni siquiera en Londres. Me enseñó sus libros, su música e incluso me leyó sus artículos. Llegó la noche y me llevó a su cama. Decidí que quería conocer a todas las Jaras del mundo. 

Al amanecer caminé por Madrid durante horas. Era la primera vez que lo hacía realmente. 
Llegué a la Ventilla y entré en la biblioteca municipal.
-Quiero sacarme el carné.
-¿Nombre?
-Mircea -respondí- Soy Mircea

jueves, 4 de diciembre de 2008

VIVIENDO EN EL PROHIBIDO CC


Tras trabajar un año una fábrica dublinesa, Fabio y yo hicimos el macuto y nos largamos a Iberoamérica en busca de Cesárea Tinajero.
Sería largo de explicar cómo de camino hacia el desierto de Sonora acabamos en Cuenca, Ecuador. Me limitaré a decir que fue producto del azar, como todo en nuestro semestre americano. Ni siquiera sabíamos que había una Cuenca ecuatoriana. Y mucho menos sabíamos que nuestra mera parada de una noche en el camino hacia el Perú iba a transformarse en una estadía de tres meses.
Aunque mejor que decir que pasamos tres meses en Cuenca, Ecuador, sería mejor decir que pasamos tres meses en el Prohibido Centro Cultural de Cuenca, Ecuador.

El 12 de abril de 1557 el Virrey de Lima Andrés Hurtado de Mendoza mandó fundar una villa española sobre las ruinas de la recién conquista Tumipamba, demasiado Inca para los gustos de la época. Decidieron llamarla Cuenca y construirla imitando a la ciudad peninsular.
Desde entonces se ha hecho un buen trabajo.
La ciudad, conocida como la Atenas de Ecuador, es la tercera en población y la capital cultural del país. Su casco antiguo es patrimonio de la Humanidad, tiene muchos museos, grandes avenidas, y sucedáneos de servicios públicos bastante dignos.
Cuenca está dividida por el río Tomebanda. Siguiéndolo, en el lado norte y colgando del barranco, podemos ver todas esas interminables casas colgantes, más que en la Cuenca española.
Y allí mismo, al pie de una de ellas, en la calle La Condamina, en Cruz del Vado, está el sitio más psicotrónico de la parte sur de los Andes ecuatorianos.

El Prohibido Centro Cultural pertenece al artista Eduardo Moscoso. Allí vive con su mujer e hijo, atiende a los clientes y crea su obra. Es un local de dos plantas, con sala para conciertos y repleto de esculturas y dibujos, influidos por HG Giger.
Como ya he dicho en alguna ocasión -y también Nietzsche y mejor que yo- a menudo los artistas de segunda o los imitadores, son mucho más interesantes y útiles que los grandes autores consagrados. Mientras HG Giger tiene medios y trabaja en Hollywood, Moscoso hace lo que puede creando arte pagano en el catoliquísimo Ecuador.
No hay lugar como este en el país, es el fortín de una insurgencia cultural.
Su fachada ya de por sí es estrambótica. Parece que la hubiera pintado Diego Rivera puesto de ácido. Mezcla colores vivos y retratos de animales indescifrables. A nosotros nos pareció que sería un prostíbulo o un fumadero de opio, cualquier cosa nos hubiera apetecido, así que entramos.
Todo el local es arte. Cada centímetro de pared está pintado, las columnas tienen relieves de criaturas demoníacas, el servicio es una cámara de los horrores, y te puedes echar una siesta en un ataúd si quieres.
Pero lo mejor son los seres que habitan este universo paralelo. Toda la comunidad underground cuencana se cita en el Prohibido. Nómadas, rockeros góticos y morticias existencialistas, algún turista despistado, cooperantes en busca del lado oscuro y disidentes de todas las causas.
Allí conocimos a Johnny memónico, que se tragaba clavos y era muy gracioso; a Laura, que componía unas baladas desgarradoras; y a Belén, la única ecuatoriana a la que conseguí ver desnuda. Todas las semanas tocaba alguna banda local. La música no era gran cosa, pero las letras –en contraste con las cursis canciones andinas- eran bastante inteligentes.
Bebimos y charlamos en abundancia en aquellas semanas. Muchas noches dormimos allí también, en esos altares a diosas gigerianas que hacen las veces de banco para sentarse.

Nos fuimos de allí cuando había que irse, una vez le sacamos todo el jugo y Moscoso parecía un poco harto de nosotros.
Ahora, cuando me acuerdo y veo las fotos, siento toda esa extrañeza que se siente el pensar que el Prohibido sigue existiendo mientras estoy lejos.
Pero no me detendré en ello, hay que pasar a otros temas.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Donde conocemos a Críspulo



¿Qué pasaría si Críspulo dejara de cortarse las uñas de los pies en la cocina?
Tal vez, Jim Rust dejaría de sentir la más visceral repugnancia por su compañero de piso.

¿Y qué pasaría si Críspulo no utilizara tantas madrugadas la casa en la que ambos viven como estruendoso afterhours privado?
Igual, no serían tan impopulares entre los vecinos de Adelaida Street, cuyos comentarios insultantes Jim sí entiende.

¿Qué pasaría si Críspulo no tuviera la onerosa afición de coleccionar despidos?
Sin duda, podrían pagar a tiempo al casero, y Jim dejaría de maldecir el día en que cedió la habitación disponible al homo hispánicus que eructa bajo su mismo techo.

¿Cuándo empezó esta historia de desencuentro?
El primer día juntos.

¿Qué pasó?
Jim decidió llevar al recién llegado a Kioto Park, su parque preferido de Londres, y éste se presentó con una jauría de compatriotas; que sin más interés que el de encontrar sitio para el botellón, se congregaron en la esmerada recreación de jardín zen que tanta paz le inspira a Jim. Unas horas más tarde, durante las cuales nadie tuvo el detalle de utilizar el único idioma que Jim comprende, la serenidad del lugar se vio perturbada por el olor a orín y vómitos; así como las imprescindibles botellas de coca cola y cartones de vino barato. Señales inequívocas de que gentes de un gran pueblo habían pasado por ahí.

¿Cambiaría algo si Jim hubiera estudiado antropología y no odontología?
Sí. Estaría más interesado entonces en la exótica cultura de Críspulo, que proviene de un país donde es habitual que el destete del bebé se retrase unos veinticinco años. Así es como el bueno de Críspulo ha llegado a una teórica edad adulta, siendo en la práctica incapaz de desenvolverse en un plano en el que se requiera madurez y autosuficiencia. Estos es: sin su madre.

¿En algún momento Jim le ha dejado claro a Críspulo su insatisfacción por la convivencia?
Jim en más bien de indirectas. Por ejemplo, sobre la hidrofobia eventual o desidia de Críspulo por lavar los platos, Jim deja caer, de vez en cuando, que es importante dejar la vajilla limpia.

¿Capta Críspulo las indirectas?
Críspulo es más bien de no captar indirectas.

¿Cómo ha acabado Jim en esa casa?
Como es habitual entre los individuos del Norte, nada más cumplir la mayoría de edad se fue de casa. Siempre ha estudiado y trabajado a la vez. No tiene mucho dinero, así que se ve obligado a compartir piso. El no poder permitirse una casa propia le preocupa.

¿Críspulo se identifica con Jim en este caso?
No. Él vive la mar de contento con sus padres. Piensa que Jim es un bárbaro descastado por haberse ido de casa.

¿Lo es?
En absoluto, tiene muy buena relación con sus progenitores. Ellos también ven como algo natural que los hijos quieran buscar su propio camino.

¿Es la primera vez que Críspulo sale de casa?
Sí. El padre le obligó a irse porque estaba cansado de verle perdiendo el tiempo en el sofá.

¿Y la madre?
Está preocupada. Los extranjeros son gente rara. Espera que no le hagan daño al niño.

¿Y la señora Gil le explicó a su hijo que los bienes de consumo que se exponen en las tiendas no son gratuitos, si no que lo propietarios esperan un remuneración si se adquieren?
Sí, pero puede que Críspulo lo haya olvidado.

¿Existe posibilidad de fuga para Críspulo?
No lo va a intentar. Cuando los bobbis se presenten en el 34 de Adeleide Street, les ofrecerá una cerveza. Acusado por los comerciantes de la zona de pequeños pero continuos hurtos, nuestro siempre jovial amigo deberá presentarse en los juzgados.

¿Cómo reaccionará Jim ante la detención de Críspulo?
Francamente, le importará un comino.

¿Conocerá el castigo impuesto por la autoridades de su graciosa majestad?
No tendrá el más mínimo interés en ello. Pero eso sí, antes de que caiga la noche, habrá encontrado un nuevo compañero. Noruego, para más señas.

¿Y cual será el castigo?
Críspulo será expulsado del país sin mayores consecuencias, pero tendrá que dejar jurado en video y ante la Union Jack que no volverá a pisar suelo británico.

¿Tendrá esta sentencia consecuencias en el estado anímico de Críspulo?
Sí. No parará de reírse en todo el viaje de vuelta a casa.

¿Qué conclusiones sacará Críspulo de su estancia en Inglaterra?
Que los ingleses son tontos y no saben divertirse, y que como en casa en ningún sitio. Además, la comida española es mucho mejor, sobre todo la que hace su madre.

viernes, 14 de noviembre de 2008

noche en madrid


Ayer, paseando por el centro, ví que el Penta estaba abierto.
Entré pero ya no había nadie de ese tiempo en que quise ser Antonio Vega. Eso fue hace mucho.
A quién buscaba sobre todo era a Lourdes, que servía copas y me ponía los faros. Un día me atreví a intentarlo. Me acerqué, le solté el rollo, y ante mi incredulidad, funcionó. De madrugada me llevó a su ático del Dos de Mayo. No salimos de allí hasta la siguiente noche. Fue glorioso.
Volví a mi casa sintiéndome la hostia en vinagre, bendecido por ser joven y vivir tiempos de promisión.
Un par de días más tarde volví al Penta. Había pensado en decirle a Lourdes que se viniera al Pantano de San Juan.
Cuando llegué Lourdes me sonrió, pero siguió hablando con el batería de una banda jamaicana. Hablaron y hablaron, cada vez más cerca, y se acabaron liando.
Pensé que no era el momento de sugerir ninguna excursión y volví a casa.
Recuerdo que esta vez lo que pensé es que los profetas de la liberación sexual se guardan bien de advertirnos de todas estas jodiendas.