SEDA AL ROJO (Para Andrea, que tenía interés en leer esta historia)
Lo primero que me llamó la atención fue su cara de niña, de niña mala que disfruta haciendo travesuras. Después vi sus manos. Manos fuertes, grandes y curtidas. Estaba a mi lado en la barra, tomándole el pelo al camarero mientras le pedía un café muy cargado, muy caliente y muy amargo. Me miró directamente a los ojos y una oleada de calor encendió mi cara. Me sentí ridícula y avergonzada, como una adolescente frente al chico que le gusta.
- Tú estás en la Feria de Artesanía, ¿verdad? Y por tu aspecto diría que te dedicas a los textiles. Telares, tintes naturales….- Su descaro era agradable, inspiraba confianza y cercanía.
- Pinto seda. Pañuelos, ropa, cortinas… ¿y tu, también estás en la Feria?
- Así es, y si pintas seda, te llamas Elena Ruiz, vienes de Asturias y tu puesto está pegadito al mío. ¿Acierto? Se reía a carcajadas mirando mi cara de asombro.
- ¿Tu eres “Al rojo vivo”? No había terminado de decir esta frase cuando me di cuenta de lo ridícula que sonaba. Volví a ruborizarme.
- Me llamo Elsa, soy herrera, “forja artística”, pone en el catálogo, y si, soy y estoy “al rojo vivo”. Volvió a reírse mientras, cogiéndome por los hombros me estampaba un beso en cada mejilla. - ¿Hace calor aquí, verdad?. Ven, vamos fuera, quiero enseñarte algo antes de que se abra la Feria.
A partir de ese momento, Elsa y yo fuimos inseparables. Y utilizo esta palabra en un sentido estrictamente literal. En la semana que duró la Feria de Artesanía estuvimos siempre juntas. Ejercía sobre mí una especie de hechizo que me impedía negarme a cualquiera de sus propuestas, por muy descabelladas o inusuales que me parecieran. Y tengo que decir honestamente que no me arrepentí entonces, ni me arrepiento ahora de nada de lo que hice con ella en esos días.
Yo conocía esa pequeña ciudad donde se celebraba la Feria. No era el primer año que iba, pero Elsa inventó para mí una ciudad distinta. Una ciudad donde los gatos nos hablaban, las cigüeñas nos ofrecían conciertos nocturnos y las piedras escondían tesoros entre sus grietas. Una noche en un parque, descubrimos un refugio perfecto en el hueco de una secuoya gigante y allí, muertas de risa y algo mareadas por el vino bebido en la cena, comenzamos a besarnos despertando a las hormigas. La boca de Elsa me mostró ríos caudalosos, bosques con olor a sándalo y estrechos caminos colgados sobre precipicios. Sus manos decididas, buscaron en mí rincones y pliegues que solo conseguían despertar un hambre que yo jamás había sentido.
Esa mañana, en la cama de Elsa, me despertó una pluma que subía y bajaba por mi espalda. Si en algún momento tuve la tentación de sentirme culpable, (uno siempre vuelve a los viejos lugares conocidos) la luz de su sonrisa y el olor del café y las tostadas, me devolvieron a un mundo recién regado al que acababan de peinar el flequillo.
- Venga perezosa, en media hora tenemos que abrir el puesto...
Extendí mis brazos, se acercó y nos abrazamos. Sus grandes manos sujetaban mi cabeza enmarcándome la cara...
- Elena, eres lo mejor que me ha pasado en años.
- Elsa, yo...tu sabes, tengo pareja, vivo con David desde hace cuatro años...Para mi, esto es nuevo, yo no...
Me puso un dedo en la boca, como se hace con los niños pequeños para que se callen.
- No hay nada que explicar, Elena. Todo está bien.
Los días siguientes vivimos en un estado de permanente embriaguez, sin probar siquiera una gota de alcohol. Lo que sentíamos era tan evidente que los otros artesanos bromeaban a nuestra costa, haciendo juegos de palabras con el hecho de que yo trabajaba la seda y Elsa el hierro. Quizá en otros momentos de mi vida me hubiera sentido incómoda, pero entonces no me importó. Viajaba en un globo de colores con la luz de los ojos de Elsa en los míos y sus mano en mis caderas. Las conversaciones por teléfono con David eran tan extrañas que siempre acababa preguntándome si estaba tomando drogas o había bebido.
La tarde del último domingo se deshizo en agua. Los pocos visitantes que se acercaban a la Feria, deambulaban entre los puestos como peces sonámbulos en un acuario gigante. Mi ánimo oscilaba entre la inquietud y el abatimiento. Elsa, atenta y discreta, me traía pequeños regalos: una flor de papel, una amatista pulida, un pastel. Yo intentaba estar animada, pero sentía un peso terrible sobre los hombros y tierra detrás de los párpados. Mañana por la noche estaría en mi casa con David y esa perspectiva, que me resultaba cálida y acogedora, al mismo tiempo me desgarraba porque significaba separarme de Elsa.
Cuando se cerró la Feria, recogimos lo poco que nos había quedado y lo metimos en cajas. Al día siguiente lo cargaría en la furgoneta, justo antes de partir. El Gremio de Artesanos de la ciudad había organizado una cena de despedida para los que habíamos venido de otros lugares y a Elsa y a mí no nos quedaba más remedio que asistir, ya que ella era una de las organizadoras. No pude cenar apenas, una sensación de náusea se había instalado en mi estómago, pero a los postres conseguí animarme y cuando alguien propuso ir a tomar la última a un local que acababan de abrir en las afueras, yo fui la primera en apuntarme. Aquella noche bailé, fumé y bebí mucho más de lo que me apetecía. Tenía miedo de volver con Elsa a su casa, era como si posponiendo ese momento, pudiera evitar que esa noche fuera la última.
A eso de las cinco de la mañana, yo coqueteaba descaradamente con un ceramista cuando Elsa se me acercó y me dijo muy suavemente: - Elena, me marcho, ¿tu qué quieres hacer?..
La miré a los ojos y comencé a sollozar bastante borracha...- ¡Por favor, sácame de aquí, quiero irme contigo!
Estaba amaneciendo cuando llegamos a su casa. Abrió la puerta de la terraza y durante un rato contemplamos en silencio los vuelos acrobáticos de los vencejos. Después, me desnudó suavemente, me metió en la cama, me hizo beber un vaso de leche caliente con miel y me acarició el pelo hasta que me quedé dormida.
Al día siguiente Elsa me cuidó como a una convaleciente. Me preparó el desayuno, me metió en un baño tibio, me construyó una red de caricias y de besos que no consiguieron ahuyentar mi tristeza. Conduje toda la tarde, intentando concentrarme solo en la carretera y no pensar. Estaba casi anocheciendo cuando los gritos de las gaviotas y el olor a mar me hicieron saber que estaba en casa. Los brazos de David me acogieron con tanta vehemencia como si volviera de los últimos confines del universo. Y en realidad así me sentía yo. En los últimos días había transitado por espacios desconocidos, había recorrido de la mano de Elsa, sensaciones y sentimientos que habían roto los límites de mi mundo, y ahora sentía vértigo.
lunes, 15 de octubre de 2007
SEDA AL ROJO
jueves, 11 de octubre de 2007
Río abajo
Un día de luz glacial oí los susurros en la plaza del Mercadillo y supe la verdad, la tarde de risas y amigos la víspera de San Juan en el mar de mis noches de infierno, los gritos, la búsqueda en vano y el vacío. El luto se convirtió en mi amante, al que cuidaba con mimo, mi coraza frente a los hombres y la vida hasta que llegaron noticias del sur, del Cádiz soleado de flores rojas.
Unas redes sorprendidas de su hallazgo te devolvieron a mí, una única palabra mágica que pronunciaste, “Liérganes”, te trajo de nuevo al valle, pero ya no eras tú, sino un espíritu resbaladizo de largos silencios, incapaz de demostrar tu afecto, ni una caricia, ni un beso. Tus pies descalzos flotaban hasta el puente, y, varado en el centro, mirabas el río durante horas, inclinándote hacia el lecho cada día más, con la mano estirada.
No sé si te caíste o te lanzaste, hace dos años que nadie ha visto tu imagen ausente, pero yo no te olvido, sentada en la orilla con los pies en el agua, de vez en cuando un salmón apresurado roza mi piel y pienso que es tu mano, fuerte y arrugada, que me acaricia desde el fondo

"Su proeza atravesando el océano
del norte al sur de España,
si no fue verdad mereció serlo.
Hoy su mayor hazaña
es haber atravesado los siglos
en la memoria de los hombres.
Verdad o leyenda,
Liérganes le honra aqui y patrocina
su inmortalidad.."
(Inscripción en el paseo de El Hombre Pez en Liérganes, Cantabria)
Christine
martes, 4 de septiembre de 2007
Christine siguiendo el ejemplo
Fundido en negro...
miércoles, 1 de agosto de 2007
Paloma perpleja
Querida buena gente. He vuelto de vacaciones y con avidez he entrado en este blog, esperando algo que me fascina de vosotros: vuestras palabras. He encontrado una voz nueva ¿Quien eres Luis Luera? ¿Quien te ha dado la contraseña de este blog? Me he sentido un poco rara, como si, acostumbrada a desnudarme entre amigos, de pronto hubiera unos ojos desconocidos mirándome. No diré nada más hasta que no te presentes y te muestres (Vale, algo has hecho con tus hermosos poemas)
Andreilla ¿donde está el enlace del que me hablas? (es proverbial mi torpeza informática)
¿Quién eres pelirrojo del pabellón, o Karmen Tormento, quizá el honorable señor Gamoneda?
Quiero respuestas compañeros. Os echo de menos....
lunes, 2 de julio de 2007
Hola amigos, soy Paloma
Queridisimos, escribo aquí, con la esperanza de que visiteis este blog y mi nota os llegue a todos, aunque, sinceramente, no estoy segura de que esto ocurra.
No me gustaría redundar en lo cursi y sensiblero (bastante ración os di "el dia de Graciela"), pero conoceros a sido una de las mejores cosas que me han ocurrido este año, por otra parte extraño y muy intenso. El Taller no hubiera sido tan rico sin vosotros. El cansancio de venir de Segovia y llegar a casa tan tarde, merecía la pena cada miércoles. Excepto el día que operaron a la madre de Fernando, no me he perdido ni uno y todos eran par mi una fiesta. Os agradezco a cada uno de vosotros que seais así.
Ahora, cuestiones un poco más prácticas:
No consigo abrir el blog de Andrea, así que mi pregunta para ella es ¿Por qué no incluyes en este blog de todos, los textos que quieras que leamos?. Sería un detalle precioso por tu parte, princesa.
El cuaderno de "creatividad" lo tiene Pablo. A mi me gustaria tenerlo durante el mes de Agosto (no necesariamente entero). Si a nadie le parece mal, hablaré con él para decirle donde me lo puede hacer llegar. Este cuaderno me recuerda a un Sagrado Corazón de Jesús, con armario incluido, que llegaba a mi casa una semana cada dos o tres meses. Después, se lo subíamos a la madre de mi amiga Mari Pili, que vivía en el quinto.
Almudenita, si vuelves a bañarte a Las Calderas, no dudes en llamarme. Aunque en Agosto estoy de cuidadora de madre viejita y un poco pesada, haré lo posible por verte.
Para el resto, lo mismo. Si os decidís a cruzar la sierra y acercaros a la ciudad de las piedras dormidas, decidme algo.
En cualquier caso, me gustaría organizar un Encuentro en Segovia pra principios del mes de Septiembre. No se quién estará disponible. Cuando se acerquen la fechas, hablaremos.
Este verano mi intención es revisar los relatos escritos en el Taller y corregir mis "lazos" y alguna que otra "letra de bolero". Es posible que cuelgue algo, si me quedo medianamente satisfecha.
Me voy de momento "qué lástima, pero adiós...me despido de ti y me voy"
Os quiero. Buen verano y hasta muy prontito..
jueves, 24 de mayo de 2007
Coda
Cogió una y la abrió con ansia. Cientos de arañitas salieron de ella, subiendo por su brazo desnudo. Esther gritó, mientras con gestos frenéticos intentaba quitarse de encima los invisibles insectos. La habitación estaba a oscuras y en calma. Eran las tres. Había soñado lo mismo durante las últimas dos semanas, invariablemente repetía la escena que vivió hace cinco años, pero siempre acababa con las arañas, las malditas arañas que tanto detestaba.
No podía aguantar más, sabía que algo no iba bien y tenía que hacer algo ya. Se sentó frente al ordenador pero no quedaban vuelos disponibles. Finalmente consiguió un billete de tren para el día siguiente, en uno de esos coches cama que le recordaban los viajes a Francia con su abuela, las noches sin dormir en el Puerta del Sol, disfrutando del traqueteo hasta que se rendía a las seis de la mañana y caía en un sueño profundo del que costaba muchísimo sacarla.
Llegó a un París lluvioso y gris, como la última vez que estuvo allí. Estaba otra vez en un taxi hacía el distrito VI, rumbo a los edificios universitarios blancos con arcos que tanto le habían hecho odiar el nombre de aquella increíble científica polaca y su marido.
Salió de allí crispada, la mano cerrada arrugando un pedazo de papel con una dirección escrita con letra angular y concentrada como patas de araña. El edificio parecía un pulcro museo renacentista hasta que cruzabas el umbral y el blanco impoluto te deslumbraba, un blanco frío y aséptico que la acompañó hasta la pequeña habitación de la tercera planta.
Lo primero que vio al entrar fueron los pequeños frascos marrones sobre la mesilla, tan parecidos a los de las lágrimas artificiales que usaba cuando llevaba lentillas. Lo irónico de la situación era que, a pesar de todo, no podía llorar, se sentía seca y culpable por ello.
Un susurro le llegó desde la cama.
- Estás aquí. ¿Cómo lo has sabido?
- No lo sé. Tuve un mal presentimiento.
- Sigues igual.
- ¿Tú crees? Las arrugas y las canas no perdonan.
- Seguro que yo tengo peor cara.
Su risa se transformó en una tos convulsa.
- No hables.
- Ya da igual.
- No, a mí no me da.
Sobre la cama distinguió una mancha gris, un cuaderno. Le dolió verse desnuda en la arena, sonriendo.
- Veo que aún lo conservas.
- Nunca podría dejarlo. ¿Eres feliz?
- ¿Qué pregunta es esa? Nadie es feliz.
- Yo creo que lo fui antes de mudarme a esta maldita ciudad.
- Sí, fuiste un estúpido y me hiciste daño.
- Lo siento, por favor, perdóname.
- Hace mucho que te perdoné.
- Últimamente he pensado mucho en ti.
- Quizás por eso haya vuelto.
- Acércate y siéntate en la cama, ¿quieres?. Necesito decirte algo. Creí que esa beca lo significaba todo, que era una oportunidad increíble y no vi nada más, no me di cuenta de lo que perdía y cuando empecé a darme cuenta no me atreví a volver. Pensé que ya no me aceptarías y con razón. Las cosas nunca me salen bien pero esa vez fue por mi culpa, yo lo jodí todo, ¿verdad?
- Si me lo hubieras pedido me hubiera venido aquí contigo sin pensarlo pero tú decidiste cortar con todo como si yo fuera un lastre. Tardé mucho tiempo en superar aquello, me pasé meses esperando una llamada, un correo, no sé, algo.
- Pensé que no sería justo pedirte que lo dejaras todo por mí, y que no aguantaríamos una relación a distancia, lo siento, de verdad, me he sentido vacío desde entonces, he estado a punto de llamarte varias veces, pero me daba tanto miedo que no quisieras saber nada de mí…
- Y durante un tiempo fue así...
- No sabes lo feliz que me ha hecho verte. Voy a intentar dormir un poco, creo que hoy por fin podré descansar tranquilo. ¿Te quedarás aquí conmigo?
- No he recorrido mil kilómetros para irme ahora, ¿no?
- ¿Me das la mano?
- Claro.
Apenas tardó unos pocos minutos en dormirse. Ella apartó las ásperas sábanas y se tumbó despacio, con cuidado infinito, mientras su cuerpo recordaba cómo acoplarse al de él. Notaba su cuerpo caliente y la respiración agitada con un eco ronco que se fue calmando poco a poco. Le abrazó y apoyó la cabeza en su espalda, adormecida por los latidos tenues que percutían en su pecho.
El sol quemaba bajo la bóveda sin nubes. Los granos de arena picaban en su espalda cubriéndola de un traje de cuarzo. Alargó el brazo para coger la mano que él le tendía. Una gota cayó entre sus dedos. El olor a desinfectante entró en su nariz como un punzón y abrió los ojos. Las pupilas de Fernando miraban fijas por la ventana. Su cara estaba húmeda por las lágrimas. No respiraba. Y sonreía.
Ida y Vuelta
Carla era roja y negra, de carmín excesivo y satén escaso.
Atravesaba campos, frescos de lluvia y brillantes de sol cuando acababa su turno en la tienda, saciando la espera del hombre con aire y nubes, volviendo sin traer el ramo que madre le pedía, porque las flores arrancadas eran flores muertas. Aguantaba la monserga de siempre, sobre lo mal que cuidaría de su casa cuando se casara mientras acariciaba al orondo gato, distraída, y al ponerse el sol acudía a la cita clandestina con el corazón desbocado de hambre y fuego.
El asfalto quemaba sus pies a través de las sandalias de tacón vertiginoso, sin alcanzar su corazón helado, siempre dormido en su cuerpo dispuesto. Entró en el club y se expuso bajo la íntima luz de la esquina, sentada cruzando las piernas, la vista fija en la barra sin ver, casi sin pestañear, y esperó.
El día en que su Juan entró por la verja en el flamante coche nuevo para llevarla a la ciudad, se pintó los labios de un rojo tenue y brillante y cubrió el vestido con un chal negro de lana fina, sintiéndose una reina hasta que vio el guiño dirigido a la otra. Salió del coche dando un portazo sin escuchar excusas ni perdones, la cabeza hirviendo de furia y miedo, y se encerró en casa. Fuera Juan gritó y gritó hasta que las manos apretadas sobre los oídos convirtieron su voz en un zumbido.
El coche rojo paró frente a la puerta y el hombre trajeado entró en la sala, sorteando las mesas hasta llegar a ella. Los crueles ojos azules, casi transparentes la atravesaron mientras sus labios finos hacían la propuesta. Ella asintió con la cabeza y se dejó llevar.
María murió ese martes por la noche, cuando la misma hoja afilada que un loco hundió en el pecho de su hombre diez veces atravesó el suyo perfectamente sincronizada en el tiempo. La mujer sin alma siguió respirando, la mirada fija en la tierra, siempre hacia abajo, vetado el cielo.
Carla murió en un callejón oscuro, sobre la acera mojada por una tormenta de verano, el cuerpo herido con precisión de cirujano. El mudo que siempre la aguardaba con silencioso ardor en el garaje la encontró, impulsado por un instinto que le abofeteó con fuerza y le ordenó salir.
Cuando despertó en las blancas sábanas del hospital, una mano sin palabras cogió la suya llenando su cabeza de un mar caliente. María miró al mudo y dejó que el sol de la mañana acariciara su cara.
Christine
viernes, 11 de mayo de 2007
Vainilla y Soledad
Tengo tu nuca ante mi, como el pequeño y delicado cofre donde tantas veces soñé que depositaba mis besos frios de muchacho harapiento. Tengo tu nuca y huele como yo imaginaba, a soledad y vainilla, y me parece mentira que después de todo, la vida nos haya reunido hoy aquí.
Octubre en París suele ser un mes triste. La oscuridad acecha desde el mediodia escondida entre las grietas de los edificios, baja por los regueros de lluvia mezclada con orines que corren entre sus calles y parece querer instalarse en el ánimo de todos los que cada mañana jugamos a inventarnos un futuro que sabemos inexistente.
Esta vieja ciudad sacudida por el odio, vive de espaldas al campo. Yo también. No podría soportar ahora la imagen de las viejas cepas dobladas por el oro. Las viñas de mi infancia, pobladas durante este mes por seres mitológicos con cabezas de mimbre cargadas de uva. Hoy dieciseis de Octubre de mil setecientos noventa y tres, nada de eso existe ya. Los campos están arrasados, los pueblos saqueados. La tierra es negra y está llena de sangre. Yerta como mi corazón.
Octubre, Vendimiario. Así quieren que lo llamemos ahora. Para mi es solo el mes de la infamia.
Hoy, en el día del horror, tengo tu nuca ante mi.
Tu no lo sabes, pero a veces te veía jugando en tu jardín. Ayudaba a mi padre a podar los macizos de rosas, a enderezar los arriates de glicinias, a recoger las hojas que se desprendían de la noria del otoño.
Te veía, siempre rodeada de damas mentirosas y caballeros petulantes. Marionetas torpes que se plegaban a tus mañas de niña caprichosa que juega a ser reina.
Una reina adolescente de apenas diecinueve años.
Te veía y te odiaba. Te odiaba por mi camisa sucia y deshilachada que nunca me atrevería a mostrar delante de ti. Te odiaba por mis manos llenas de cortes y de sabañones que jamás osarían rozar tu piel de musgo. Te odiaba por el oscuro agujero que se abría a la altura de mi sexo, cuando un rastro de tu olor se quedaba prendido entre los nenúfares del estanque pequeño, las tardes de verano en las que contra toda convención, empujabas la diminuta flota de juguete con tus arrogantes pies.
Pero sobre todo, te odiaba por tu nuca. No me puedo quejar de mi vida, puede decirse que he tenido suerte. De los ocho hijos que parió mi madre, solo dos hemos sobrevivido. Ayer cumplí treinta y nueve años y pocas veces he estado enfermo. Nunca fuí rico, pero en la época en la que mi padre y más tarde yo mismo, trabajamos como Jardineros de la Corte, en mi casa se comía al menos una vez al día. No, no me puedo quejar de mi suerte, pero tu nuca...
Solías llevar complicados peinados, en los que a veces el cuello quedaba al descubierto. El nacimiento de tu pelo se bifurcaba formando un valle abierto hacia tu espalda. He espiado, acechado, escudriñado, observado, vigilado tu sombra, para poder acunar mi mirada en ese pequeño hueco. Cuando el vino era amargo y cruel conmigo, soñaba incluso con posar mis labios en tu nuca y dejar resbalar mi lengua hasta esa prominencia dura donde acaba tu cuello.
Durante casi veinte años he adivinadado los colores que querías contemplar en primavera, he inventado los aromas que deseabas que llegaran a tu nariz, he dibujado
las formas que soñabas para tus paseos y avenidas. Durante casi veinte años, te he servido, te he buscado, te he adorado, te he odiado y tu jamás has sabido de mi existencia..
Aquel mes de Julio de 1789 las rosas se ahogaban de calor y al anochecer emitían un perfume tan penetrante, que algunas de tus damas fingían marearse bajo los parterres iluminados. Nunca el Palacio había estado tan animado. Las fiestas se sucedían cada semana. Los manjares en las mesas, los vinos en las copas y los afeites en las caras de los nobles eran excesivos hasta la nausea. Aunque en las cocheras y en las cocinas se murmuraba que el rey estaba preocupado, la Corte despilfarraba la décima parte de las rentas del reino.
Un dia de calor sofocante el mundo se volvió del revés “¡Han tomado la Bastilla”! La noticia se extendió por cuadras y bodegas, por salones y estancias. Las siemprevivas se estremecieron dudando de su nombre. Tu familia y tu tuvísteis que dejar Versalles para instalaros en Las Tullerías. Yo tambié me marché. ¿Qué es un Jardinero Real en un Palacio sin Rey?
Llegué a Paris y me uní a los revolucionarios. Con ellos o contra ellos. Aprendí que el olor de la sangre es más penetrante que el de las rosas que mi padre me enseñó a cultivar. Creí en palabras que jamás había oído: Libertad, Igualdad, Fraternidad, Mas tarde descubri que iban prendidas a otras que sí me eran familiares: Odio, Venganza, Muerte.
Soñé con un mundo justo donde todos los cuidadanos serían iguales. Un mundo sin nobles ni vasallos. Sin privilegios de cuna, donde yo podría acercarme a tu nuca de igual a igual. Jamás pensé que sería de esta manera.
Me instruí, volví a la escuela que había tenido que abandonar de niño para entrar a tu servicio. Descubrí que había palabras para cada una de mis ideas y sentimientos .
Y seguí el rastro sombrío de tu nuca. Oí decir que habías traicionado al pueblo, que tu influencia sobre el Rey era maligna, que buscabas alianzas con tu familia austríaca contra Francia. Todo era culpa tuya. Las intrigas contra los girondinos, la vergonzosa huida a Varennes, el asalto final a las Tullerías, en el que una multitud enloquecida arrasó todos los símbolos de la corona que encontró a su paso. La flor de lis fue pisoteada.
Paris era una cloaca maloliente y tórrida ese día de Agosto de 1791 en el que para protegeros de ser despedazados por las turbas, el Ayuntamiento os confinó en la Torre del Temple. Cinco meses después la cabeza de tu marido, el Rey de Francia, rodaba en una plaza pública ante los ojos enfebrecidos y atónitos del pueblo de Paris.
Fue entonces cuando descubrieron mi pasado como Jardinero Real, y para acallar algunas voces que ponían en duda mi fidelidad revolucionaria, me vi obligado a trabajar como verdugo.
En las guerras se mata, y en estos años mi mano ha segado vidas, no voy a negarlo ahora. Pero la guillotina es otra cosa. En estos últimos meses el espanto se ha fundido con mi sangre y mis huesos, y ya no se quién soy. En las madrugadas atroces, cuando el sueño me rinde, veo mi cabeza bajo la cuchilla del cadalso y un frío alivio se apodera de mí. Pero jamás, ni en mis peores pesadillas hubiera pododo imaginar que en esta oscura mañana de Octubre, el perfume a soledad y vainilla que exhala tu nuca me haría desear con tanta ansia mi propia muerte.
domingo, 8 de abril de 2007
NUCA..... NUNCA.
NUCA, nunca……….NUNCA nuca
Palabras inconexas, separadas y unidas por la ene.
Con fijación obsesiva busco nucas
Cabezas inexpresivas, robots que caminan con rigidez mortuoria, sin juntarse, sin tocarse.
Busco nucas y me llegan nuncas
Mis pasos llevan a los pies por delante…, yo los sigo sin criterio. Tengo que mirar las nucas, pero miro al suelo, miro al cielo, miro a ambos lado, no dejo de mirar…. te busco …pero no te encuentro. Se que estás pero no quiero verte.
NUNCA .. NUCA
Las nucas caminan hacia delante. Se paran en la luz roja, avanzan de nuevo con la verde
Suben y bajan escaleras siempre por delante de mí sin comunicarse, sin compartir ni gestos ni palabras. Solitarias hacia su destino
NUCA….. nunca
Regresamos al olvido, volvemos a la nada, separados por la red. No volveré a tocarte, no volverás a tocarme.
Atenuar las pasiones para no destruirnos, para no estar juntos. Me lanzo del trapecio vuelo hasta ti, me agarras con fuerza y me sueltas dándome impulso para regresar. Todos los movimientos medidos con tu escala
Nunca.. NUCA
Busco mi nuca con un espejo .Me imagino que alguien me sigue y me observa ...camino de frente a las caras. Al pasar a mi lado se convierten en nucas…No se giran , no se miran. A través del espejo veo los robots alejándose
Soy libre de moverme. Giro y me doy la vuelta…. Cara… ahora …nuca
Nucas Nunca
Monologo interior .El parque.
Tengo que terminar de tender la ropa……. Desde la terraza le observo sentado en el banco del parque dando golpes distraído a la pelota que le va llegando a sus pies cada vez que los críos se la tiran con expectación y risas para ver si levanta en alguna ocasión la cabeza del suelo .Con un movimiento mecánico arrastra la pierna al sentir un golpe en su zapato como si revindicara el derecho a no comunicarse de otra forma. Me gustaría poder volar y dejarme caer a su lado en el banco y darle un golpe en la mano para ver si el movimiento es extensible al brazo Provoca en los demás esa reacción tan común de acción insistente ante una respuesta pasiva. Los niños estarán así toda la tarde y se cansaran antes que el. Noto el viento frío en mi cara … siento que me disuelvo en miles de partículas y me convierto en una masa gelatinosa que a medida que camino va desprendiéndose de mi dejando un rastro viscoso como única huella en todo el recorrido transformándome en mi misma .La invasión de los ultracuerpos esa es la película que me recuerda la masa viscosa, en la que toda la población del pueblo termina dentro de unas vainas y se convierten en personas con similares actitudes. Quizá el hombre del banco reivindique la diferencia.
Tengo que terminar de tender la ropa.. mi hijo va a llegar en un momento en su visita de medico ….con sentimiento de culpa que termina siempre reflejándolo sobre mi con alguna que otra regañina . Por más que le digo que no venga tres días a la semana que esta muy ocupado…. que me arreglo muy bien sola , que siempre estoy entretenida parece que no me cree . Es un poco aburrido, no tiene temas interesantes de conversación y tengo que hacer el esfuerzo de hablar del típico binomio trabajo-suegra. Suelo mirar el reloj de vez en cuando para ver si se va pronto. Le hago ver que estoy ocupadísima pero se ríe y me dice que en qué puedo estar yo ocupada. Se que viene a veces por obligación eso se nota solo con verle sentarse de forma desganada en la mecedora y parece no entender que aunque yo sea mayor y no pueda casi moverme…. mi vida es intensa .
Vaya..parece que el hombre del banco ha movido la cabeza y se ha organizado un revuelo alrededor. La curiosidad ante lo que no es cotidiano. Si alguien desde fuera se asomara al parque no entendería el motivo por el que tanta gente esté sorprendida que un hombre haya movido su cabeza. Puedo transformarme poco a poco y acostumbrar a los demás a una nueva forma de comportamiento aunque sea anómala Llegara un momento que será un habito aceptado de alguna manera aunque quizá con cierto recelo…como el hombre del parque.
Ya se han ido los niños, yo tengo que terminar de tender la ropa. Mi hijo esta a punto de llegar.
LA GRIETA
Se revela la tierra
Instantes de confusión tras el sueño interrumpido
Un fuego interno en su cuerpo la conduce hacia el laberinto de grietas,
Atraviesa las dunas… inquietantes sombras de arena
Barreras móviles que la separan de la fragilidad del cambio,
Incertidumbre
Campo de fracturas
Se diluye en el río de lava,
Se hace invisible
Relación liquida con su cuerpo
Simbiosis eterna al salir,
El fuego se apaga,
Ruptura y cambio
Las inquietudes se atenúan, se calma la espera.
sábado, 24 de marzo de 2007
Deberes para el día 28 de marzo
Bueno, esto es para Paloma y para quien lo quiera.
Se trata de ponerle nombre a un objeto que nos enseñó Graciela y hacer un relato con ello
Ahi tienéis el cachivache. Espero que os hagáis una idea. Es de madera, de unos 15cm y debe haber varios tamaños porque este tenía pintado el número 8. Es plano.
¡Hasta el miércoles!
Christine
jueves, 22 de marzo de 2007
Hiperbreves
Christine
Despertar
Las fresas amargan en la garganta. El aire huele a polvo. Zapatillas sin pies en el suelo, una rosa roja crece en las sábanas hasta inundarlo todo de frío. Estás aquí pero ya te has ido. Ya no volverás conmigo ni con nadie.
El ascensor
La puerta del ascensor se abrió sin un ruido. El ejecutivo del traje gris entró sin dudar y apretó el botón con la letra B. La luz parpadeó imperceptiblemente al empezar el descenso. Tras unos segundos, llegó a su destino y salió. La oscuridad le envolvió al cerrarse la puerta. No había rastro alguno de la calle, y debía estar allí, justo enfrente. No pudo encontrar el interruptor de la luz, sólo la nada silenciosa, sin paredes y sin salida.
El abrazo
Le agarró el cuello, mirándole a los ojos fijamente. La mano de él se posó con violencia en su cintura y empujó hasta que sus labios casi se rozaron. El zapato de ella pisó el suelo impaciente. Y el tango nació.
Nostalgia
¿Te vas a ir? Preguntó Rosita, tirando de la manga. Creo que era la segunda vez que me hacía la pregunta. No podía recordarlo bien. Los niños lo captan todo, incluso un sutil comentario sobre otra ciudad en mitad de la comida. Pero, ¿cómo explicarle que necesitas huir? “Si te vas no podrás pintar conmigo”, dijo ella.
El tanatorio
Calor, sudor, gemidos, besos, el resto no existe. Los truenos retumban pero no oímos nada, la lluvia cae pero todo eres tu, yo y la habitualmente fría superficie metálica a punto de fundirse. El río ruge, los cuerpos amortajados flotan aguas abajo, la gente grita, el fin del mundo queda fuera, suspendido hasta el último suspiro que te doy.
jueves, 1 de marzo de 2007
RUFO (Crónica de un dia)
RUFO
Esta noche he tenido un sueño raro. Estoy corriendo en círculos por una pradera llena de olores sugerentes, cuando veo a lo lejos a una cigüeña picoteando el suelo. Sin pensarlo dos veces me lanzo hacia ella, no sé realmente con qué intención. A veces siento el impulso irrefrenable de correr hacia todo aquello que se mueve. Cuando estoy a punto de darle alcance, la cigüeña levanta el vuelo y me doy cuenta que la tengo a escasos metros de mi cabeza. Miro alrededor y son las copas de los árboles las que rozan mis patas. Junto a mi oreja izquierda pasa una bandada de estorninos. ¡Estoy volando! La sorpresa es tan grande que me despierto de golpe lanzando un gruñido.
Ahora, ya despierto del todo, no me siento tan bien. Hay un lado del pecho que se me ha convertido en corcho y por mucho que lo intento no consigo que se llene de aire. Mi hocico está seco y agrietado. He intentado ponerme de pie pero mis patas traseras apenas me obedecen. Me he quedado dormido en la alfombra y ella debe de estar tumbada en el sofá, pues aunque tengo una nube en los ojos que me hace verlo todo borroso, percibo muy cerca su olor a calor y sueño.
Ya me acuerdo... Anoche me asusté mucho, oía un ruido pavoroso como si alguien se estuviera ahogando a mi lado y el costado derecho me dolía. Ella estaba conmigo, creo que ha pasado toda la noche a mi lado. Me abría el balcón para que entrara aire fresco, me daba agua con un sabor raro en una jeringuilla, me hablaba y me acariciaba la tripa como cuando era un cachorro asustado por los petardos que tiraban en las fiestas del barrio. De madrugada nos hemos debido de quedar dormidos, yo en la alfombra, ella en el sofá, y el ruido horripilante por fin ha cesado.
Ahora tocaría salir a la calle, olisquear las esquinas y los árboles, levantar la pata aquí y allá. Me encanta sacarla a pasear por la mañana temprano. Las calles están vacías y al final de la avenida de los castaños se ve como el día quiere asomarse tras de los árboles. Yo hago como que estoy muy ocupado mordisqueando unas hierbas cualquiera, pues creo que le da un poco de vergüenza que la mire cuando, contemplando ese sol que ya mancha de rojo todo el cielo, los ojos se le ponen brillantes como si fuera a echarse a llorar.
Se acaba de levantar del sofá y después de acariciarme un rato el lomo y de hablarme como lo hacía cuando era pequeño, se ha ido a la cocina. Esta mañana ella tiene un olor muy raro, a algo intermedio entre el miedo y la pena.
Huele a café y viene a buscarme para que vayamos juntos a la cocina. Siempre lo hace cuando estamos solos, corta un par de rebanadas más de pan, que me va dando poco a poco mientras ella desayuna. Pero hoy no me entra ni una miga. Mis patas no me sostienen y creo que no hay ni un solo pelo que no me duela. Ella, que se da cuenta, deja el desayuno a medias y me acaricia. La noto inquieta, como si no supiera que hacer. Se pone las botas y el abrigo, busca mi correa. Si, me vendría bien salir a la calle, volver a dejar mi marca en los árboles, pero ¿Cómo decirle que no creo que pueda bajar las escaleras? Que me encantaría ir con ella al Parque o a ese prado de mi sueño para correr juntos en círculo mientras perseguimos cigüeñas, pero que hoy no me va a ser posible.
A veces creo que me lee el pensamiento. Cuando se ha dado cuenta de que no puedo bajar, me ha cogido en brazos y así me ha llevado hasta el jardín que hay al lado de la casa. Me da un poco de vergüenza, pero por suerte no nos ha visto nadie. Aunque viejo y enfermo, uno tiene todavía su dignidad.
El sol es tibio y está ya alto. Debe de ser un día de fiesta porque ella no se ha ido de casa temprano. Me alegro, hoy no quisiera quedarme solo. Me gustaría tumbarme sobre la hierba y dejar que este solecito me calentara los huesos. Quizá así se pasaría el dolor y esta sucia presión en el costado que no me deja respirar bien. No lo haré, sé que si me tumbo no podré volverme a levantar. Nunca me había sentido como hoy, vuelvo a tener miedo. Ella me coge de nuevo en brazos y me sube a casa. Ya no me importa que nos vean, solo quiero estar en mi manta y dormir.
Se sienta a mi lado en el suelo y me abraza el lomo. Me habla tan bajito que apenas la oigo. Está llorando y sus palabras suenan a despedida. Ya no tengo miedo, pero no me gusta verla llorar. Le chupo la mano. Ha sonado la llave en la puerta, ha llegado él con esa chica de la bata que ha veces me hace daño pero que luego me da una galleta. Se agachan los dos sobre mí. Él también me habla bajito y suave. La chica de la bata me ha puesto una inyección que casi no me ha dolido. Parece que mi costado ha dejado de ser de corcho. Quiero levantarme pero el cuerpo no me obedece. Mis párpados se cierran. Tengo mucho sueño. Quizá vuelva a soñar que vuelo.
martes, 27 de febrero de 2007
VIDA INTERIOR
VIDA INTERIOR
Observa tu monólogo interior. Eso me ha dicho mi psiquiatra. Observa, escribe y luego lo hablamos. Ya, eso es lo que él quisiera, enterarse de todo lo que pasa por mi cabeza. A veces pienso que si pudiera me insertaría un microchip en el cerebro para conocer hasta la más pequeña y tonta idea que se me ocurre. Ese hombre es un enfermo. Tengo que levantarme, se está haciendo de noche. Creo que no ha sido buena idea sentarse en este banco. Se me han dormido las piernas. Cuando la luz se va, este parque se llena de gente rara. Bueno, volvamos a lo del monólogo interior, ¿O me dijo diálogo interior? En mi caso creo que es un diálogo a varias voces, a veces demasiadas, y nunca callan. Una me regaña, otra me anima, otra me pregunta, pero casi nunca hay respuestas. “¡Qué lastima pero adiós! Me despido de ti y me voy”. ¡Que horror, llevo todo el día con la dichosa cancioncita metida en la cabeza! Tengo que levantarme, se está haciendo de noche. Ahora comienza la hora de los perros. Los amos, (odio esa palabra, si yo tuviera un perro nunca seria su amo) se congregan en la placeta de la fuente, mientras los chuchos se dedican a olisquearse, a correr y a saltar unos por encima de los otros. Si yo tuviera un perro no me quedaría en la placeta de la fuente, no. Correría, olisquearía y saltaría, aunque los amos me mirasen y pensaran que soy gente rara. Tengo que levantarme, se está haciendo de noche. Yo no tengo perro. De pequeño tuve una gata, una de esas gatitas de tres colores, con un antifaz negro en los ojos y un lunar cerca de la boca. ¡Mi gata Ofelia! Estaba un poco loca. A veces le daban una especie de ataques de actividad y se ponía a correr por toda la casa, ¡Hasta se subía por las paredes! Por lo demás, era una gata buena, demasiado mimosa. ¡Fue una lástima, una mañana amaneció ahogada en la alberca del patio! Me gustaba verla dar un salto, sin apenas rozar el agua, cuando la lanzaba a la alberca para enseñarle a nadar. Un día quise ver como era con el pelo totalmente mojado. No me gustó. Parecía una rata enorme y desnuda. Me castigaron sin postre durante un mes y mi madre me miraba con cara de pánico ¡Qué lástima, pero adiós! Tengo que levantarme, se está haciendo de noche. A mi sí que me gustaría saber que pasa por la mente retorcida de mi psiquiatra, cuando me dice eso de: ...”Ya, ya entiendo” y yo me doy cuenta de que no está entendiendo absolutamente nada. ¿Qué es eso que viene arrastrándose hacia mí? ¿Es un perro? Odio a los perros pequeños, me dan miedo. ¡Qué asco, se ha meado en el banco en el que estoy sentado! Ese chucho me ha mirado con los ojos de mi abuelo. ¡Me encantaba jugar a las cartas con mi abuelo! Él fue quien me enseñó. Nos pasábamos tardes enteras jugando al burro y al cinquillo. Pero él también se fue, no, no como la gata, él no se ahogó en la alberca. Una mañana se lo encontraron en la cama como un pajarito. Eso dijo mi madre “como un pajarito”. Pasó mucho tiempo antes de que yo entendiera que eso quería decir que se había muerto. Al principio pensé que se había convertido en un canario y daba saltos por las sábanas picoteando las migas del desayuno. Mi abuelo siempre desayunaba en la cama. Cuando yo era pequeño, creía que pasaban cosas así. Mi padre decía que yo era un niño raro. Tengo que levantarme, se está haciendo de noche. Ya se han ido los de los perros, ahora empiezan a llegar los yonkis. También se juntan en la placeta de la fuente, un poco escondidos entre esos arbustos medio secos. El otro día, en aquellos bancos, se sentaron unos muchachos con tambores y estuvieron tocando durante horas. Al principio me gustaba, el ritmo se metía en mi cabeza y tapaba el ruido de las palabras que no cesan nunca ahí dentro. Al cabo de un tiempo, no sé, cinco minutos, diez horas, yo ya no lo podía soportar más y me acerque a ellos y les dije: ¡Parad ya de tocar esa mierda de tambores, me estáis volviendo loco! De momento pararon, pero uno de ellos se mosqueó y se puso chulo. Tuve que sacar la navaja de mi abuelo y le rajé la piel del tambor. Manó sangre, ¿te lo puedes creer? ¡Un tambor sangrante! Nunca había visto nada igual. A ellos también les sorprendió, porque mirándome con cara de pánico, cogieron el tambor en brazos y se lo llevaron corriendo. Me pareció incluso que gritaba. Puede ser que yo sea algo raro, porque por un momento vi como si el tambor tuviera piernas y brazos. De todas formas estaba oscureciendo y no se veía bien. Tengo que levantarme, se está haciendo de noche. Mira, van llegando los yonkis. A veces pienso que me gustaría ser yonki. Se les ve tan unidos y tan en su mundo a la vez. Se buscan la vena y se quedan tirados. Un día hablé con uno y le pregunté en que pensaba cuando estaba colocado. “En nada, me dijo”. Eso me sorprendió. ¿Es posible no pensar en nada? Me dió envidia. Yo también quiero no pensar en nada. Pero me dan miedo las agujas. De pequeño me ponían muchas inyecciones y siempre me tenían que atar para que me dejara. No soporto que me aten. Durante la última crisis, cuando me llevaron al hospital, me pasé los primeros días atado a la cama. Creí que me iba a volver loco. La cabeza a mil por hora y el cuerpo quieto. No lo podía soportar. ¿Quién es ese que se acerca? Creo que estaba con el grupo de los arbustos. Algo le brilla en la mano. Es como una luciérnaga gigante. Antes de que el abuelo se convirtiera en canario, íbamos juntos las noches de primavera a coger luciérnagas. Él decía que las que brillaban era porque estaban enamoradas y así atraían a sus novias. Creo que el abuelo también era raro. Quizá esta luciérnaga que se acerca está enamorada de la que yo tengo en el bolsillo de la chaqueta. Voy a sacarla para que se conozcan... Ha gritado y mi mano se ha hundido en algo caliente y húmedo. La luciérnaga ha desaparecido. Tengo que levantarme, se está haciendo de noche. No sé que es lo que quiere mi psiquiatra que le cuente. ..
miércoles, 21 de febrero de 2007
Historias.
Yo puedo contar que mis historias sí que nacen y crecen y, que me parta un rayo si al final no terminan teniendo vida propia. Lo que pasa es que las historias no saben que son historias hasta que nadie las mira. Eso y, todo hay que decirlo, que son un poco escurridizas. Pero si uno se fija bien, lo cual requiere la necesidad de un buen ojo, puede verlas por ahí, muy quedas, a la espera de algún estímulo externo que las haga reaccionar. Son tímidas al principio, pero si tienes la suerte de no asustarte con ellas y la bendita paciencia para observarlas, descubres cómo poco a poco consiguen ir soltándose. Asoman primero su cabeza para llamar la atención. Luego sacan sus bracitos y los estiran desperezándose, creciéndose. Es entonces cuando empiezan a ponerse algo nerviosas. Aún no saben lo que son. Aún les queda mucho para ser. Pero ahí estás tú frente a ellas, con esa pasmosa quietud que la sorpresa le planta a uno en la mirada. Detectarlas te otorga la ineludible responsabilidad de cuidar de ellas pues en este momento crucial, en que salen de su letargo, su estructura es todavía frágil y, sin la debida atención, corren el riesgo de desvanecerse y morir.
A veces te las encuentras por la calle, otras te buscan hasta chocar contigo y en ocasiones, las he descubierto incluso viviendo conmigo en mi propia casa. A una de mis pequeñas historias me la encontré un día hurgando en un escaparate junto a decenas de extraños zapatos, a otra la vi en una fotografía, no fue fácil pero acabé viéndola, y hubo hasta una que adquirió la increíble capacidad de multiplicarse en muchas otras y no me quedó más remedio que regalarla. Al final uno logra divisarlas fácilmente, aunque esto no quiere decir que, una vez hecho aquello la tarea se vuelva más sencilla. Es más, una vez detectadas es cuando todo empieza a ser realmente delicado.
Estas criaturas no dejan nunca de sorprenderme. Su educación es compleja. Las hay que, obedientes aprenden rápido todo lo que deben hacer y, sin demasiados problemas definen su carácter concupiscente y comienzan, sin mayor esfuerzo, a ser dueñas de su propia vida. Pero están también las rebeldes y, aunque parezca una irresponsabilidad, confieso que más de una vez he recogido a alguna que me ha salido excesivamente terca y protestona sin dejarme otra opción que castigarlas sin más y encerrarlas. Y a veces ocurre que ese encierro las excita sobremanera y terminan como locas mezclándose unas con otras, como queriendo readaptarse hasta que el desenfreno las reforma por completo en un nuevo y único ente.
Así son las historias, y nadie que haya tratado con ellas, puede negar línea alguna de lo que aquí os he contado. Esta pequeña historia me la encontré el otro día, muy cerca de aquí. Dos personas salían del bar de la esquina, enganchados en lo que parecía más bien un atropello de palabras que una conversación. Ensimismados, casi me llevan por delante. Discutían acerca de lo que es una historia, sin percatarse siquiera, que en ese mismo momento, de sus propias palabras, unos bracitos comenzaban a estirarse. Estaba naciendo una. Yo no hice nada más que recogerla y traérosla, para que pudierais verla.
Los Haykus de Paloma
Qué noche oscura
el farol de tu calle
ya no me alumbra!
Llueve en Segovia
los tejados son rojos
mi sangre alegre.
Lluvia de hojas
otoño en la Alameda
alfombra de oro.
La lluvia cae
la ciudad se ensimisma
con el invierno.
Lluvia en el rio
estrellas que se van
corriente abajo.
Piedra de musgo
muro esmeralda tibio
bajo el puente.
Entre las ramas
un destello naranja:
el petirrojo.
Brillo naranja
el petirrojo quiere
que nos vayamos.
Brillo en tus ojos
el fuego está encendido
mi perro duerme.
La tierra arde
los hombres se han matado
dios está loco.
Una hoja baila
en un bosque amarillo
irrepetible.
Martin pescador
flecha azul en el rio
tarde callada.
Baile de hojas
el otoño se puebla
de mariposas.
Es muy temprano,
bandada de estorninos
noche volando.
Montaña azul
el olmo está desnudo
se huele el frío.
martes, 6 de febrero de 2007
El soplo en el corazón
No me gusta ir sola al cine. Ya lo sé, todo está oscuro y tienes que fijar toda tu atención en una pantalla, pero me siento mejor si tengo el calor de la compañía compartiendo una historia. Cuando entro en la sala voy encogida, como intentando esconderme para que nadie me vea. Hoy en el cine de reestreno toca clásico en blanco y negro, personajes solitarios y mentes estrechas. No puedo evitar escrutar disimuladamente a los que se sientan a mi lado. Y ahí estás, rígido y serio, vestido con chaqueta y pantalones informales pero tan solemne como si llevaras chaqué, con un aire al David Niven de la pantalla, digno y vulnerable, y me pregunto si tú también serías capaz de tocarme en la oscuridad.
Los pájaros
sábado, 13 de enero de 2007
Instrucciones para abrazar
Abrazar, ceñir con los brazos según el diccionario. Para abrazar es necesario situarse cerca de la persona objetivo. El abrazo habitual suele darse frente a frente, a una distancia no superior a 30 cm. Para ejecutarlo correctamente, levantar los brazos a una altura aproximadamente igual a la de los hombros y en un ángulo situado entre 0 y 45 grados respecto al plano del tronco.
A continuación aumentar el ángulo hasta juntar los brazos en la espalda de la persona a abrazar. Dichos brazos estarán casi rectos, pero no rígidos, siendo necesario un ligero giro, adoptándose la forma de una elipse. Finalmente, apoyar las palmas de las manos en la espalda del objetivo y empujar ligeramente mientras se produce el acercamiento hasta que se dé el contacto de los cuerpos.
El abrazo puede ser corto, llamado “a la inglesa”, cuyo objetivo es el saludo o la despedida, y que tiene una duración máxima de 3 segundos, sin embargo generalmente suele prolongarse indeterminadamente para reflejar el cariño por el otro. En este caso puede conllevar el apoyo de la cabeza en el hombro opuesto y un mayor contacto de los cuerpos, que puede alcanzar casi la totalidad de la superficie. No debe uno inquietarse si se perciben los latidos del corazón ajeno, puesto que esto únicamente es reflejo de la simbiosis física y espiritual.
Existe una variante de abrazo en el cual el receptor se encuentra de espaldas al ejecutor, que realiza los mismos movimientos pero apoyando las manos en el pecho, provocando un placentero sentimiento de sorpresa y excitación en el otro, si el abrazo es deseado.
Finalmente, es posible abrazar a otra persona apoyando las manos en la parte trasera del cuello, para lo cuela es necesario elevar los brazos ligeramente. El abrazo en el cuello tiene connotaciones románticas por lo general y precede frecuentemente la invitación a la danza o el éxtasis de un beso.
viernes, 12 de enero de 2007
Instrucciones para deshojar una margarita (mi primer texto)
Con el nombre de Margarita hay un sinfín de plantas distintas. Leucanthemum vulgare son las clásicas margaritas herbáceas, que poseen flores blancas y amarillas. Su tamaño oscila entre 25 y 70 centímetros y su diámetro tiene alrededor de 15 centímetros. Se resiembran espontáneamente y prefieren una ubicación soleada y un suelo que cuente con buen drenaje. Otra variedad bastante conocida es la Chrysanthemum frutescens, que procede de Extremo Oriente.
Ha de advertirse que este manual debe ser estudiado atentamente por todo aquél que, sintiéndose atrapado en la duda que el amor a veces conlleva, pretende averiguar su destino, bien porque no puede soportar la incertidumbre sobre los sentimientos que tiene hacia él la persona a la que ama, bien porque la certidumbre de verse atado a un mismo amor durante toda la vida le resulta insoportable. Centraremos nuestro análisis en la primera de estas dos posibilidades.
Absténgase de esta práctica el ateo que niega la existencia del Dios Cupido, el que ya dio un amor por perdido y, por supuesto, aquél cuya sola intención sea destrozar lo que la Madre Naturaleza construyó con tanto afán.
En cuanto a la acción consistente en deshojar una margarita, lo primero que debe hacerse es salir de casa vestido con ropa cómoda y de vivos colores. La primera exigencia, como es lógico, obedece a la necesidad de acudir al campo, lugar donde crece la especie vegetal denominada "Leucanthemum vulgare", conocida por el común de los mortales como "Margarita", nombre que comparten un sinfín de plantas distintas que, la mayoría de las ocasiones, poseen flores blancas y amarillas. Los calcetines han de vestirse estrangulando la pernera, para evitar que, al más que probable sufrimiento que pudiere aquejar al corazón tras el deshoje de la margarita, se sume el escozor producido por el roce de los cardos con la pantorrilla.
Si este primer requisito persigue proteger el cuerpo de posibles males, el segundo, consistente en vestir ropa de llamativos colores, se encamina a salvaguardar lo que los religiosos llaman alma y los poetas corazón, no vaya a encontrarse el deshojador con la noticia del amor perdido y que luego, al regresar a casa, lo miren y lo vean como que va de luto, y lo interroguen sobre los motivos de su pesar. Pues el dolor propio en manos ajenas produce escarnio.
Dispuestos los preparativos, el aprendiz deberá acudir a un prado con margaritas, lo que debe resultarle muy fácil pues, como dicen las abuelas cuando quieren referirse a la generosa abundancia de lo que sólo superficialmente no tiene valor: "un prado de margaritas a cualquiera las penas quita".
Una vez en el prado, el siguiente paso consiste en tomar con delicadeza un único ejemplar de margarita por su parte verde y alargada, conocida como tallo, para extraerla de la tierra a la que ha permanecido unida desde el comienzo de su existencia. Posteriormente, sujetando con los dedos índice y pulgar de una mano la parte a la que convenimos dar el nombre de tallo, con los mismos dedos, esta vez de la otra mano, procederemos a mutilar la flor, extrayendo uno a uno sus pétalos albinos hasta que no quede de ella más que un botón dorado, que quizá antaño fuera hospedería de abejas.
La separación de los pétalos debe llevarse a cabo con ternura y cuidado, no fueran a ser arrancados dos de golpe por error, con fatídico resultado de boda quimérica o, peor aún, de mal interpretado rechazo. Asimismo, el deshojador no debe permitir ni un solo instante que su pensamiento se centre en algo que no fuere la persona deseada. Pasando a la acción, ya con una mano en el tallo, ya arrimando la otra a un pétalo de la flor, el aspirante deberá exclamar en voz alta y clara: "me quiere", arrancando en ese mismo instante, con sutileza, una primera falange de seda. Tras este acto, y sin permitirse un solo segundo de respiro, no vaya a arrepentirse, acobardarse o siquiera avergonzarse de sus sentimientos, el interesado retirará otro pétalo, pronunciando esta vez: "no me quiere", y proseguirá así, sucesivamente, poco a poco, ora afirmando, ora negando su deseo.
Para este momento, su corazón palpitará alocadamente, se tornarán húmedas sus manos, se erizará en un escalofrío el manto de vello que recubre su nuca y, a pesar de la respiración entrecortada y el encogimiento de su estómago, el aprendiz de deshojador pondrá fin a su tarea, quedando su alma presa, bien del éxtasis delirante que experimenta aquél que sabe que su destino coincide con su sueño y su sueño es su destino, bien de la desazón que produce el comprobar cómo tormento y realidad se entremezclan en su caso personal, único, concreto, afectándole a él de forma directa, a él, que tiene nombre y apellidos, que no es un número más dispuesto a engrosar la lista de desamparados, repudiados, desqueridos, desengañados, sino un ser humano, sensible y de hueso.
Mas todo esto, por tremendo que pareciere, no debiera afectarle pues, como dicen las abuelas cuando quieren referirse a la generosa abundancia de lo que sólo superficialmente no tiene valor: "un prado de margaritas a cualquiera las penas quita".
jueves, 11 de enero de 2007
OCHO HAIKUS
13- 201206
757- 575
m.pancheva
FUI ESTÍO EXHAUSTO
OCHO POEMAS
QUE PUDE HABER SIDO
Tercamente aislada
aplauso rojo,
turquesa imposible.
.
Ave tardía,
Vocablos Vacíos Fui.
Viento Frígido.
..
Del cigarro de tu Dios.
Humo áspero.
Tu ceniza pálida.
...
Tu bohemia proscrita.
Errante vaga.
Descuidada acidez.
....
Caricia azul,
celeste en el cielo.
Instante quieto.
.....
Tu amargo amago.
Y tu bostezo.
Tu desierto último.
......
Frágil cadáver,
memoria de náufrago,
blanda nostalgia.
.......
Se subasta mi alma.
Precio inicial:
Cien palabras el gramo.
........
miércoles, 27 de diciembre de 2006
COLOR DE VERANO .
Color de verano
Azul y apacible fue aquel verano de mis diez años en el que me ahogué. Tan feliz, que ni siquiera los gritos exasperados de mi madre desde la orilla, en las mañanas de playa, consiguieron estropearlo.
Agosto vino cálido y dorado, sin nubes y sin nieblas y yo estiraba el día jugando hasta el anochecer con los niños del pueblo, por los prados cercanos a la casa del pueblin de Asturias que había alquilado mi familia. Después de cenar, mis hermanos y yo jugábamos al teatro, disfrazándonos con las ropas encontradas en un baúl del desván, o me enfrascaba en la lectura de los libros que tapizaban las paredes de la biblioteca. “En una noche oscura, en ansias de amores inflamada, ¡Oh dichosa ventura, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada “. Esos versos me embriagaban... Apacible y feliz fue aquel verano. También azul.
Hacía poco que mi padre me había enseñado a nadar, y el mejor momento de las mañanas en la playa, muy por encima de los helados, los castillos de arena y los chapuzones con mis hermanos, era cuando él, distinguiéndome de todos los demás, me hacía una seña diciéndome: - “Venga Laura, a ver como nadas hoy...”- Y nos adentrábamos juntos en el mar, mirando al horizonte, dejando atrás las salpicaduras de la gente que se bañaba en la orilla y los gritos de mi madre: - “¡Antoniooooo, Laura....No os vayáis tan lejos....Un día os vais a ahogar...!”-
Nos quedábamos solos, con el mar y el cielo para nosotros dos. Cuando dejaba de hacer pié, me atacaban oleadas de miedo, pero miraba a mi padre nadando sonriente a mi lado y de pronto todo estaba bien. Con él siempre estaría a salvo.
Pero una mañana espléndida, quizá (y solo por una vez en mi vida) para darle la razón a mi madre, me ahogué.
Nadaba con mi padre hacía una rocas que había muy cerca de la playa y que para mi eran islas plagadas de aventuras en mitad del océano. El mar ante nosotros era intensamente azul. Me tumbé boca arriba en el agua, sobre mí, el cielo era también azul. De repente, no se que pasó, pero mi padre estaba muy lejos, una fuerza que provenía del fondo, me llamaba mar adentro. No tuve miedo. Me sentía trastornada, extrañamente feliz, más de lo que recordaba haberlo sido nunca. El azul estaba en todas partes, rodeándome, envolviéndome, disolviéndome en él. Sentía como si un rincón escondido de la piel de mi alma estuviera siendo acariciado hasta la exasperación.
“Salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada”... Creo que perdí el conocimiento y me hundí. Por las aletas de mi nariz y por mi boca entreabierta, entró todo el azul.
Cuando, al cabo de más de una hora y tras los inútiles esfuerzos del socorrista, volví a abrir los ojos, supe que todo estaba bien. Ahí seguía, envolviéndome toda, ese azul apacible.
Desde entonces, aunque a veces lo intento, no consigo oír los gritos de mi madre cuando me adentro en el mar.
OTRO FINAL
Cuando, al cabo de una media hora y tras los esfuerzos del socorrista volví a abrir los ojos tumbada en la arena de la playa, la incipiente nostalgia por algo impreciso que acababa de perder, desapareció de golpe. Todo estaba bien. Sobre mí, llenando todo el cielo, estaba el azul.
Hola amigos. Como en el anterior relatillo que colgué, este es el "deshechado". Esta vez del binomio fantástico AZUL/EXASPERADO. El que leí en clase fué "Dos ángeles azules" y quizá tenga mas fuerza que éste, pero aquí hay mucho de mi, porque es verdad que un verano en Asturias "me ahogué". Lo de los dos finales lo dejo para que si quereis, elijais uno.
martes, 26 de diciembre de 2006
Una puerta se abre -
Ejercicio: Y se abre una puerta
Esa corbata puede guardar todo el afecto de una niña. Lo sabes y por eso vuelves a mirarte de nuevo en el espejo. Has pedido prestada una chaqueta azul que te hace juego con unos pantalones marengo que aún conservas de alguna boda, te has comprado una corbata roja con peces amarillos, y te has pasado por la habitación de mi hotel para que te deje una de mis camisas. Frente al espejo compruebas el resultado final. Tu sonrisa en el espejo se muestra satisfecha.
Te vuelves a mirar una vez más, esta vez de perfil, luego de nuevo de frente, y por fin te sientas en la cama. Al rato paseas por la habitación. Me miras con insistencia mientras yo simulo leer un periódico atrasado.
- Estás muy guapo, te digo ya agobiado por la perseverancia de tus miradas.
- ¿Si, crees que si?, insistes de nuevo. Y te acercas de nuevo al espejo para volver a mirarte.
- Espero que esta vez no la cages, te espeto desde el sillón.
Al instante te dejas de mirar, te plantas frente de mí, las piernas muy abiertas, los brazos en jarras, y con una mano a modo de batuta que guía tus palabras me dices muy circunspecto ¿A qué coño viene ahora ese comentario?
Te quiero contestar, recordarte tu pasado. Levanto sin querer mi dedo índice, como si fuera a empezar mi perorata, pero callo… Hoy no es el momento, me digo, mientras compruebo que esa chaqueta que llevas con tanto aplomo, casi con chulería, me recuerda aquel otro juicio que se celebró por la custodia de tu primer hijo, aquel día llevabas otra chaqueta igual, lo sé porque aquella te la presté yo, y también entonces rebosabas euforia y confianza, y mucho engreimiento, tanto, que cuando entramos en el Juzgado andabas literalmente de puntillas, como si quisieras dar con la cabeza en el techo. Pero confundiste el juzgado con un salón del Oeste, paseándote muy ufano a lo largo del pasillo, el gesto altivo, la mirada desafiante. Te volvías raudo cada vez que se abría la puerta y al rato todos los asistentes estaban pendientes de ti. Cuando llegó tu entonces pareja, acompañada de su hermana y la abogada, te detuviste, carraspeaste ligeramente y te apostaste en medio del angosto pasillo en posición de escuadra, un brazo en jarras y el contrario apoyado en la pared, y no quedaba espacio para que pasaran sino por debajo de tu brazo. Alguien a mi lado comentó “vaya personaje”, y yo estaba apartado por la vergüenza que sentía y no quería que me vieran a tu lado.
Y el juicio fue un desastre. Todo te salió mal, acusaste a todo el mundo de mentir y estabas tan encrespado que hasta amenazaste a tu abogado con no pagarle un duro.
Pero lo peor es que no tuviste arrestos ni serenidad para pensar en tu hijo. Te saltaste los primeros días que te correspondían de visita porque estabas furioso y no querías encontrarte con su madre, ni tampoco con ninguno de su familia, y al final resultó que confundiste los términos y no has visto a tu hijo en los últimos dieciocho años, que pienso que si algún día se encontrara contigo por la calle te soltaría sin meditarlo mucho una buena ostia, sólo que no te conoce.
Ya por entonces tu madre, que nunca se ha acostumbrado a tu forma de ser, te repetía a cada momento, como una mortificación: “Juanfra eras un desastre”. Y es que cuando vivíamos juntos en el piso de solteros tu habitación siempre estaba alborotada, el suelo sin barrer de meses, lamparones de grasa tan incrustados que parecían relieves propia del baldosín, tu ropa distribuida en burruños y en alguno de ellos guardado el mando de la televisión, que tu mala memoria seguramente habría depositado inadvertidamente allí, como más tarde comprobábamos.
Pero hoy, después de casi cuatro años sin vernos, estoy aquí porque soy tu amigo y quiero ofrecerte mi apoyo y confiar en que aquello no se repita; por eso, con una sonrisa en los labios, te digo “olvídalo, era una tontería”, al tiempo que te corrijo la posición de la corbata, y para derivar la conversación por otros derroteros te comento que aún no me has enseñado ninguna fotografía de tu hija.
Te quedas aún unos segundos mirándome con recelo, con desconfianza, pero al final tomas la cartera y no de muy buena ganas sacas una fotografía. “Se llama Sandra” – me dices – y la que está detrás, junto a mí, es su madre, Silvia, que ya verás en el juicio”. Comentó que Sandra es muy guapa, y tu dices que es porque se parece a su madre, y al instante empiezas a contarme ya más animado que esa foto se la hicisteis el primer día que la llevasteis a la guardería.
- “Todas las tardes – me confiesas- cantábamos juntos las canciones chorras que allí le enseñaban. Ahora los días que no puedo hacerlo, lo hecho de menos”.
Entonces, y aunque ya me lo has relatado varias veces por teléfono, te vuelto a preguntar si tan grave fue la desavenencia con Silvia, tu pareja, y tu sentencias “Silvia está desequilibrada, como sus padres” y me relatas como un viernes de hace casi un año, al volver del trabajo, te encontraste la casa vacía. Silvia se había ido a casa de sus padres llevándose la niña. “Dijo que no podía aguantar más, que la agobiaba, bonita manera de resolver los problemas tras más de cuatro años juntos”. Y repites como un murmullo “desequilibrada”. Te miro y veo que aún perduran en ti los brochazos de gomina con que intentas dominar tu pelo alborotado, que tu corbata baila descompuesta, y que tu barba sigue sin estar bien afeitada. Entonces me pregunto cuánto de culpable has tenido tú en el deterioro de vuestra relación…
- ¿Por qué no has querido quedarte en mi casa y has preferido pagar un hotel? – me preguntas de sopetón cuando ya en tu coche nos dirigimos al Juzgado.
- Creí que preferirías estar solo y además no sabía si ibas a estar con tu hija – te contestó confiado en haber encontrado una excusa razonable.
- Ya – dices con retintín- ¿seguro que no es por otra razón? – me insistes – mira que la última vez que estuviste en casa te pusiste muy pesado con lo del cochino orden, y mucho más con lo de la limpieza ¿Crees que vas a coger el tifus o la malaria en mi casa?
O algo peor, pienso para mis adentros, pero no necesito contestar porque has dado un giro brusco al volante cambiando de dirección y me dices que se te ha olvidado en casa el documento que ha elaborado tu abogada para la conciliación, y que te es imperioso recogerlo porque en él has anotado a mano unas correcciones que quieres comentar con ella antes de entrar al acto.
Al llegar a tu portal, nos apeamos al unísono, y adoptas un gesto de sorpresa porque parece que he decidido acompañarte a tu leonera.
- Tranquilo, entraré yo solo – me dices con ironía –, no quiero que palmes por alguna extraña infección.
- Aguantaré sin respirar – te contestó.
- Como quieras – contestas. De todas maneras la gente cambia ¿sabes?... –y añades- sé que piensas todavía en el piso de solteros, pero de eso ha pasado mucho tiempo..
Subimos, y a llegar a la puerta, la abres, y ceremoniosamente me cedes el paso. Yo franqueo la entrada con el ceño arrugado, esperando como bienvenida una bofetada fétida, una trinchera en cada esquina, las cucarachas al fondo. Y paseo a lo largo del pasillo y entro en el salón, la cocina, el baño, y acabo abriendo una puerta donde se ve una cama de matrimonio, y tú permaneces en silencio, firme en mitad del pasillo, escudriñando mi reacción.
- Si parece la casa del cónsul en día de recepción – te digo muy sorprendido, al tiempo que a mi rostro asoma una boba sonrisa que absorbe con deleite lo que parece ser una mezcla agradable de desinfectante y ambientador.
Sin contestarme, te diriges a una de las puertas cerradas del pasillo y abriéndomela me invitas de nuevo a entrar, y si lo que había visto era orden y limpieza, ésta es fantasía, con sus paredes pintadas en tonos pastel de color rosa y amarillo, estrellas doradas en el techo, un coqueto armario verde a juego con el armazón de una camita, y sobre ésta, varias muñecas colocadas en armonía, invitando al juego.
- Voy a recoger los documentos – me dices.
Mientras buscas los documentos me da tiempo para examinar la pequeña habitación. En una de las mesillas, y junto a la figura de un hada, están colocadas dos fotografías. Vuestros nombres aparecen escritos debajo: Silvia y Juanfra. Al lado un folio horizontal muestra el dibujo sencillo, muy infantil, de dos personas. Con letras grandes, redondeadas, se indica quienes son: papá y mamá. Detrás de la puerta hay un calendario del mes en curso donde aparecen algunos días resaltados en rojo y debajo de ellos anotaciones en letra diminuta. Me acercó para intentar leer alguna.
- Son mis días libres – me aclaras a mis espaldas -. Anoto lo que tiene que hacer mi niña esas fechas.
Asiento en silencio a tus palabras mientras contempló con arrobo todo el conjunto, tan pulcro, tan armonioso, tan diferente como…
- ¿nos vamos? – me dices al cabo de unos segundos- y te sigo por el pasillo hacia la puerta y cuando ya vamos a salir te digo que esperes un momento y me vuelvo, y absorbo con una bocanada profunda esa mezcla de ambientador y desinfectante, esa especie de aroma de hogar, y te digo “dame un abrazo, mamón”, y cuando salimos de tu casa ya no me importa que las cosas salgan bien en el juicio porque al fin sé que dentro de ti hay un verdadero padre.
Roberto
jueves, 21 de diciembre de 2006
EL Don de la Mirada.
EL DON DE LA MIRADA
Descálzate
los ojos:
el mundo es un jardín de páginas
o un libro
(J.M. Parreño)
¿Qué pasaría, si al menos durante veinticuatro horas fuésemos capaces de desnudar la mirada y ver de verdad el mundo?.
El sonido del despertador se abrió paso entre el laberinto de su sueño y cuando poco a poco fué abriendo los ojos, le sorprendió lo que vió. Su dormitorio le pareció distinto, no sabía muy bién donde estaba la diferencia, pero siendo todo idéntico, nada era igual. Los muebles, las cortinas, los libros eran los de siempre, la luz... si, quizá era la luz que entraba por la ventana lo que era diferente de otros días. Le pareció más limpia, como con más color. Se asomó y descubrió un espectáculo increíble. El sol, muy lentamente se abría paso entre las sombras y el cielo se iba pintando con mil matices. ¡Qué belleza! ¿Y eso era así todas las mañanas?.
Miró la cama de la que acababa de levantarse. Su mujer dormía aún con los brazos extendidos y algo parecido a una sonrisa, rondándole la comisura de los labios. Le asombró casi dolorosamente la increíble perfección de la curva de su pecho y la sombra que proyectaba sus barbilla sobre ese pequeño hueco que se forma donde termina el cuello y comienza el esternón. Nunca la había visto tan hermosa, ni siquiera el día que se conocieron. Ahora era como si pudiera ver su belleza desde dentro.
Sintió deseos de quedarse allí, mirándola, respirando su luz. Buscó su libro de poemas preferido, que se abrió solo: “Este otoño que tanto te quiero, te regalo la lluvia...” Así lo dejó sobre la cama, al alcance de la mano de ella. Le dio un poco de vergüenza, él no solía hacer esas cosas...
Le costó un gran esfuerzo salir de la habitación y realizar una por una las pequeñas rutinas cotidianas que le llevaban, como la corriente de un río, hasta la puerta de su casa, rumbo al trabajo.
Tuvo todo el tiempo una extraña sensación de descubrimiento, como si viera las cosas por primera vez. Mientras desayunaba adivinó en esa mancha que había debajo del fregadero, un paisaje de nebulosas y constelaciones que le maravilló.
Salió a la calle. El sol ya estaba en el cielo. El otoño recién estrenado. En el parque que había frente a su casa, los aspersores regaban el césped. En uno de ellos un arco iris se había quedado atrapado y se derramaba en pequeñas gotas de colores sobre la hierba.
No podía creer lo que le estaba pasando, era como desnudar toda la belleza del mundo, que de pronto estaba allí, palpitando a su alrededor. Se sintió extrañamente feliz.
Se cruzó con la gente, que como él iba al trabajo. Algunas caras le resultaban familiares a fuerza de verlas día tras día. Hoy, sin poder evitarlo, les miró a los ojos. Y vio. Vio una tristeza inmensa en esa mujer que siempre vestía de oscuro y que solía caminar con los ojos bajos. Sintió en su corazón su misma pena, que era como el resumen de todas las penas que puede sentir un ser humano. Le entraron unas ganas enormes de pararse, tomarla del brazo, consolarla. Lo haría. Se acercó, pero ella con un gesto de miedo desvió la mirada y apretó el paso.
Vio a esa chica, cuyas ropas siempre le llamaban la atención, por lo raras y provocativas. Hoy no llevaba sus enormes gafas de sol y también la miró a los ojos. Solo vio vacío y exasperación. Su mirada le sumió en un torbellino descendente, como si cayeran juntos por un desagüe. Se sintió mareado. Ella le gritó: -¡Eh tu, gilipollas! ¿Qué coño estas mirando?-
Siguió su camino. Ya no se sentía tan feliz. Esa mañana creyó haber recibido un don especial que le capacitaba para apreciar la belleza, pero al parecer ese don también incluía penetrar en otros mundos no tan placenteros.
En la entrada de un viejo cine cerrado hacía años, descubrió un bulto echado sobre unos cartones y tapado con harapos. A su lado, un perro lleno de calvas y heridas, dormitaba. No era la primera vez que veía a ese mendigo durmiendo allí. Otras mañanas, al llegar a su lado, apretaba el paso casi sin darse cuenta. Hoy no pudo. Cuando lo miró, comprendió de un golpe la tragedia de ese hombre y se acercó a él. El olor a alcohol y suciedad era muy fuerte, casi insoportable. Era el olor de la miseria y la desesperanza. Se sentó en el suelo, a su lado. Encendió un cigarrillo. Al sentir su presencia, el vagabundo se despertó asustado. Casi a la vez, el perro gruñó de forma amenazadora. Él comenzó a hablar y explicó al mendigo de qué manera tan intensa y terrible le comprendía, como quería ayudarle a salir del agujero en el que había caído. Sus palabras no sonaban huecas. Salían como una cascada de lo más profundo de su ser, llenándole de asombro y de paz. El vagabundo le miraba, al principio con miedo, luego con extrañeza, poco a poco con confianza y agradecimiento. Se contaron sus vidas y vieron que hasta el momento de “la quiebra” no eran tan diferentes. Trabajo, familia, amigos... Hasta que para uno de ellos un dia todo sedesmoronó. Tomaron juntos un café. Se hicieron amigos.
A esas alturas él ya había empezado a comprender lo que le estaba sucediendo. Su mirada había sufrido una especie de transformación, que le mostraba el mundo desnudo de miedos, de costumbre, de cinismo, de aburrimiento. Al mostrarle el corazón de las cosas, no le permitía quedarse impávido ante ellas.
Por fin llegó al psiquiátrico donde trabajaba y allí comprobó que ese extraño don persistía y constató algo que llevaba intuyendo tiempo atrás. La mayoría de sus pacientes también lo poseía.
Recordó algo leído días atrás en el catálogo de una exposición de pintura, en el que se hablaba del arte como sinónimo de locura. Decía el pintor “Que suerte tengo de no estar cuerdo y ver el mundo desde mis ojos”.
Compañeros, como soy un poco neurótica, de cada propuesta que da Graciela, suelo escribir dos o mas relatos (por aquello de la inseguridad:"-este no se si me gusta, este parece que me gusta algo más, pero tampoco...-" Este pobrecito era el primero de la propuesta "Que pasaria si..." y quedó desbancado por "Los posos de la memoria" (el del aspirador.). Como me da lastimita que se quede en el cajón sin ver nada de mundo, lo cuelgo de este blog, para que vea algo de mundo.
jueves, 14 de diciembre de 2006
El vendedor de zapatos.
Tenía cara de infeliz contento, mediana edad, era hombre y vendía zapatos. Al igual que su zapatería, él no era ni grande ni pequeño, ni antiguo ni moderno, pero llamaba la atención. Se peinaba como si él mismo fuese el que estuviera en venta y el tinte amarillo de su pelo cano era el mismo que el de su bigote, cuyos pelos luchaban entre sí por ver a cuantas direcciones distintas eran capaces de apuntar. Pero lo que, francamente me dejaba hipnotizado era la disparatada colección de zapatos que mostraba el escaparate de su tienda, variopinta y fantástica como el color de su ropa; errada y desconcertante como su piel albina.
El local estaba situado en la manzana contigua a mi casa y me gustaba pasar de vez en cuando por delante y dejarme llevar a los mil lugares donde este hombre pudo haber encontrado todos y cada uno de aquellos zapatos. El viaje solía comenzar, por ejemplo en unos mocasines burdeos de corte clásico murciano. Desde allí, y sorteando los cada vez más numerosos girasoles que separaban un zapato de otro, uno podía dirigirse hacia unas chanclas de suela en sierra rematadas por un bordado de hilos verdes, azules y amarillos, de algún país no más cercano que Jamaica, o hasta unos botines anaranjados salpicados de formas doradas, que sólo en la India saben cómo coser. Convenía hacer una parada en unas graciosas zapatillas de esparto teñidas de rosa, con listas moradas y cordones de perlas blancas y negras, que yo imaginaba sacadas de los pies de algún moderno esquimal, y finalizar la ruta en un par de zapatos en piel de cocodrilo que incluían en su acabado, una ordenada hilera de dientes afilados traídos quizás, uno a uno, de las mismísimas antípodas.
Todos los meses, el escaparate volvía a convertirse en un quimérico mapa lleno de nuevas rutas que yo iba siguiendo trazando múltiples posibilidades en su recorrido. Y todos los meses volvía a imaginarme al vendedor de zapatos enfrascado en alguna de sus pintorescas aventuras, tan alejadas de mi vida y tan cercanas a mi casa.
Y llegó un día en que lo vi salir con un enorme ramo de girasoles en la mano. Llevaba una chaqueta roja, pantalón blanco, camisa azul de cuello oscuro y corbata ancha amarilla. En aquel momento esas flores me parecieron tan acertadas en él como escuchar una canción de Claudine Longet en un día de lluvia. Fue otra cosa la que introdujo de pronto una exclamación en mi cabeza. Algo tan evidente que, al igual que su piel albina, sólo era perceptible bastantes minutos después de haber llegado hasta ese detalle en cuestión, y sólo si uno era capaz de sortear hábilmente su particular despliegue de distracción. No llevaba zapatos. Decidí seguirlo.
Descalzo, el vendedor de zapatos cruzó la vía ajeno a todos los curiosos que, tras una primera y fugaz mirada, regresaban rápido a su disciplinada indiferencia. Su paso, tímido pero firme, nos llevó calle abajo, y una vez allí, apareció un coche. Del coche bajó una mujer, más alta que guapa, pero atractiva en sus gestos. Vestía un insolente traje negro que rompía una y otra vez la promesa de bajar más allá de su interminable escote, sobrecogido sin duda, por unos magníficos zapatos de tacones tan finos como cuchillas y firmemente sujetos a sus tobillos por dos infinitas serpientes de terciopelo azul. El vendedor de zapatos le entregó los girasoles y ella le regaló un beso tan rojo que la piel del zapatero quiso volverse aún más pálida. Escondido tras un sucio contenedor, me preguntaba si ella se habría fijado en los pies desnudos del vendedor. Evidentemente, si era así, no parecía importarle demasiado. Y esto me desconcertó aún más pues, por la forma en que limpió el carmín de los labios del vendedor, aquella mujer no daba la sensación de ser alguien que dejase pasar por alto un detalle. Los dos subieron al coche y éste se fue haciendo pequeño hasta que el final de la calle lo hizo desaparecer.
Al día siguiente, volví a pasar por la zapatería, o para ser más exactos, lo que quedaba de ella. Mi mapa había desaparecido del escaparate y yo me quedé horrorizado mirando lo que ahora había en el expositor. Girasoles, decenas, centenas de girasoles inundándolo todo. Una mezcla de indignación, decepción y curiosidad me empujó a entrar. Por dentro, el local era tan grande como prometía desde fuera. Y salvo por los girasoles, todo estaba igual que ayer, que antes de ayer, que siempre. La pequeña banqueta, el espejo y el mostrador de mármol era cuanto me separaba de una mujer de tacones imposibles que la hacían más alta que guapa.
- ¿Puedo ayudarle, joven?
- Ayer había aquí una zapatería…
- Y hoy sólo hay girasoles. ¿Desea comprar alguno?
- En realidad, me gustaría saber dónde está el anterior vendedor.
- Oh, disculpe. Soy Marga, la esposa del señor Van der Kapp. Mi marido tuvo ayer un pequeño accidente. Se cortó en un pie. Se recuperará.
- Vaya. ¿Y la zapatería?
- Ya no vamos a vender más zapatos. En este barrio nadie se fija en ellos. ¿Sabías que el zapato es, con diferencia, la prenda corporal que mejor define a su propietario?
- No, no lo sabía.
- De su acertada elección dependen todas las relaciones que uno establece y todo lo que viene a ocurrirle después. No sé quien lo dijo, pero me la guardé en el bolso el día en que la oí.
Ella continuó hablando. Me contó cómo se conocieron y me habló de la fascinación del señor Van der Kapp por sus zapatos. A ella le enganchó aquella pasión pero también sufría viendo que la tristeza iba a acabar por comérselo. Y es que, a pesar de tanto esfuerzo, los zapatos del señor Van der Kapp jamás conseguían salir de aquel escaparate. Ella era incapaz de hacerle ver que a nadie más en ese barrio le importaban sus zapatos. Hasta que un día se le ocurrió cómo. Y fue de la manera más sencilla que una mujer tiene de convencer a un hombre. Retándole. Si era capaz de vivir un día sin zapatos, le regalaría su amor para siempre. Y después le puso palabras a mi recuerdo de ayer.
- Si te casas ahora conmigo, me olvidaré de mi tienda de zapatos y no habrá girasoles en este mundo que puedan robarte el sol –dijo descalzo el señor Van der Kapp entregándole un ramo de girasoles a la mujer que acababa de salir del coche.
- Si te digo que sí ahora, sólo necesito que te pongas unos zapatos y nos vayamos cuanto antes al juzgado –dijo Margarita después de plantarle un apasionado beso en los labios.
Y así fue como desde ayer mismo los nuevos dueños de la zapatería son el señor y la señora Van der Kapp. Y la zapatería es desde hoy su pequeña tienda de girasoles.
- Bonitos zapatos -me dijo la señora Van der Kapp-, aunque deberías limpiarlos más a menudo -Y añadió-. Toma este girasol, te lo regalo. Hay una preciosa chica sentada en aquel banco esperando poner sus ojos en un atractivo chico como tú.
lunes, 4 de diciembre de 2006
LA VUELTA A CASA
LA VUELTA A CASA
Te sientes extraña. Estás de pie ante la puerta de la casa de tus padres, con la llave en la mano. Pero hoy no vuelves del Instituto cargada de libros y de sueños, tampoco es de madrugada y estás aquí después de una noche de copas y música. No tienes que disimular el olor a tabaco ni quitarte los zapatos para evitar que tu madre, que tu sabes despierta, se levante y señalándote el reloj de la sala te diga a gritos susurrados: – “¿Tu crees que estas son horas? ¡Vete a la cama, ya hablaremos luego!”-
Sabes que hoy no habrá nadie. No se oye la música a todo volumen que ponía tu hermano, no se oye a tu madre trasteando en la cocina, ni a tu padre con la tele puesta dormitando ante el resumen de algún partido de fútbol. Sabes que todo eso pasó hace tiempo, como pasó tu infancia y tu adolescencia. Después, quién se marchó fuiste tú. Y ahora estás de pie, ante la puerta de la casa de tus padres y te sientes extraña, como si nunca hubieras estado ahí con una llave en la mano.
No te atreves a abrir. Tienes miedo, pero ¿de qué? No lo sabes muy bien, quizá de enfrentarte a esa casa hoy vacía y a la vez llena de objetos a los que se quedaron prendidos los años de tu adolescencia, pero sobre todo, llena de recuerdos que no son los tuyos. Muebles, libros y ropas que formaron parte de los últimos años de la vida de tus padres y de los que hoy te sientes tan ajena como te sentiste de ellos.
Pero no puedes quedarte todo el día en este descansillo. Tienes que abrir la puerta, entrar en la casa, abrir las ventanas (el portero subirá ahora con cajas de cartón vacías), sacar los trajes y los fantasmas de los armarios. Revisar libros y papeles…y quizá luego, cuando llegue tu hermano, entre los dos decidir que os quedáis y que se tira o se regala.
Si, ya lo se, tu no quieres nada. Decidiste hace tiempo cortar los lazos y olvidar tu pasado. Por nada en especial. No hubo una ruptura melodramática, ni siquiera un desencuentro más evidente que otros, al que se le pueda poner fecha y motivo. Simplemente, cuando a los veinte años saliste de esta casa, te fuiste distanciado poco a poco, inapreciable y metódicamente. Así, al cabo de un tiempo, ya ni siquiera tu madre te preguntaba si ese año tampoco podrías ir a cenar con ellos en Nochebuena. Quizá su voz sonaba algo más triste a través del teléfono, pero tú preferías no prestar atención a esos detalles.
Cuando tu padre ingresó en el hospital, apenas fuiste a verlo una o dos veces. Te sentías incómoda, no sabías que decir. Eso si, te ofreciste generosamente a buscar y pagar a alguien para que se quedara con él por las noches, para que tu madre pudiera irse a casa a descansar. Ella se negó con una firmeza que…si, reconócelo, te llenó de una inexplicable admiración. No quisiste insistir más.
Ocho meses después de la muerte de tu padre, tu madre también se fue y esa segunda pérdida te sumió en la confusión y la tristeza. Te llenó la boca del frío sabor a óxido que deja la culpa. ¿Pero tu qué podías haber hecho?. Si, quizá ir a verla de vez en cuando, quedar para dar un paseo o tomar un café juntas. Pero ella no tenía ninguna gana de salir y tú, cada vez te sentías más molesta en su presencia. Creías ver en su mirada apagada, la sombra de un reproche.
Hoy, de pie delante de esta puerta, la imagen que tanto te ha costado forjarte de mujer dura y fría se esta tambaleando. Como en una película pasada a gran velocidad, aparecen algunas escenas del entierro de tu madre. La expresión de infinita desolación de tu hermano, su mirada de extravío, su llanto inabarcable abrazado a ti. Un llanto que al principio te exaspera, pero que poco a poco va encontrando eco y provocando una dolorosa quemazón en un lugar escondido y oscuro del que tu hace tiempo que no tenías noticias.
Al fin, tras un esfuerzo que te deja exhausta, consigues meter la llave en la cerradura y abrir la puerta. El impacto que recibes te sobrecoge. De todos y cada uno de los objetos de la casa, emana tal cantidad de amor y sosiego que la coraza finamente trabajada a lo largo de los años, que recubre tu corazón, comienza poco a poco a resquebrajarse.
Tres horas después, el sonido de la llave de tu hermano entrando en la cerradura, te sorprende con la cara aún anegada en lágrimas. Sentada en la mecedora de tu madre tienes la olvidada e indescriptible sensación de estar por fin en casa.
viernes, 1 de diciembre de 2006
Dos angeles azules
DOS ÁNGELES AZULES
Cuando, en un intento de zafarse de los brazos que le atenazaban los hombros, Ángela tropezó con el caballete, y este cayó al suelo, todo el azul exasperado plasmado en el lienzo, se derramó por la habitación y la tiñó de tristeza.
En el tocadiscos Shara Vaugam hacía que todo fuera aún más tópico y aún más triste. Dejaron de gritarse, dejaron de odiarse. Se miraron, los brazos desmadejados, el pelo empapado aún de rabia. Una infinita desolación había caído sobre ellos como un manto oscuro y pesado. Lloraron. Al principio cada uno en su rincón, luego, intentando acercarse para lamerse las caras y beber las lágrimas del otro, pero no pudieron. El azul les ahogaba, les estaba asfixiando por dentro.
Nunca habían tenido una pelea tan terrible. Solían discutir por nimiedades, aprovechando cualquier comentario o gesto del otro para dejar salir su malhumor o su cansancio. A menudo olvidaban cuánto se querían.
Pero esa tarde había sido distinto. Abel llevaba casi un mes enfrascado en ese cuadro, buscaba algo que se le escondía. Un pedazo de luz, un color inventado... un azul que contuviera la serenidad y la dicha que le invadía cuando miraba a Ángela dormida. Ángela, su ángel exasperado de uñas pintadas de azul.
A eso de las siete, cuando la luz anunciaba que en un rato se iría tumbando poco a poco hasta esconderse en la noche, sintió frescor en la cara, un leve cosquilleo en las manos y supo que su azul estaba muy cerca. Respiró hondo, puso su disco favorito y volvió a enfrascarse en el cuadro. Apenas diez minutos después, la llave sonó en la cerradura y Ángela entró con una maleta en una mano y un portazo en la otra. Todo había sido un desastre. Volvía de tocar con su grupo. Dos sesiones en un teatro frió y medio vacío y público más inclinado al pasodoble que a esa especie de jazz sofisticado que ellos hacían.
Siempre que tocaba, lo hacía para Abel, aunque él casi nunca estuviera presente. Abel, su ángel vagabundo con la mirada desnuda del artista y del loco.
Para colmo, la furgoneta se había roto a doscientos kilómetros de casa y su preciosa batería iba a pasar la noche en un taller grasiento. Este pensamiento le desasosegaba más allá de lo razonable.
Al entrar en casa sintió como un bofetón el olor de aguarrás que impregnaba toda la estancia. Vio los cacharros sucios amontonados en el fregadero, los ceniceros volcados, la nevera completamente vacía.
Abel ni siquiera se volvió, buceaba tras un azul calmado y apacible. Ángela estalló. Su voz se fue crispando cada vez más y tras ella, el color que salía de los pinceles de Abel se iba tornando áspero y rabioso. El no lo podía controlar, luchaba aún por conservar ese tono que casi había rozado, pero que inevitablemente se escapaba... y de pronto, la exasperación de Ángela, unida a la que comenzaba a subir por su propia garganta, tiñó toda la parte superior del lienzo.
Como un loco, se volvió hacia ella y sujetándola con fuerza, le dijo cosas terribles que no sentía. Se convirtió en un monstruo: ciego a su cara de terror, sordo a sus protestas de - “¡Suéltame, me haces mucho daño!” -, mudo a todo lo que no fueran insultos y amenazas.
Cuando, en un intento de zafarse de los brazos de Abel que le atenazaban los hombros, Ángela tropezó con el caballete y los tres cayeron al suelo, sintió subir la marea y se ahogó en el azul.
Al día siguiente, cuando el hermano de Ángela pasó a recogerla para llevarla hasta el taller donde estaba la furgoneta, y harto de llamar a la puerta, abrió con su llave, se encontró tendidos en el suelo, con dos ángeles azules abrazados.
