viernes 30 de octubre de 2009
jueves 29 de octubre de 2009
A mis treinta y seis años
Los cañones gritan y la muralla responde, esa es la lengua que importa, ni el griego ni el turco, murmullos entre algodones sucios y ardientes. El mar es rojo como la sangre que cae, despacio, la sangre que el parásito desprecia, demasiado gordo para moverse. . No siente nada, está paralizado, los oídos y ojos aún funcionan, pero la lengua perezosa no quiere ayudarle a gritar para que paren y le dejen tranquilo.Intenta recordar Lepanto, la fortaleza objetivo, el pequeño puerto, los barcos en posición, hay que planificar o no habrá salida. No puede, sólo ve Escocia, lluvia, faldas que crujen y frío. Mujeres que coquetean o lloran, mujeres que suplican un romanticismo imposible, no saben quien es, el aristócrata de de amores escritos y nunca dichos.
Se cansó de Escocia, Inglaterra, Italia, como se cansó de Mary, Anna o Margarita, el cojo bribón, escurridizo, que escapaba en silencio a caballo y cambiaba de patria, llenando el hastío de conquista de libertades ajenas, que le llenaban durante meses hasta que el agujero crecía y todo se colaba por él.
Y ahora el hueco es demasiado grande y por él se rellenan las fuentes de cerámica, dos, tres, ha perdido la cuenta, blancas al llegar, rojas al marcharse, y no le quedan fuerzas, tiene treinta y seis años y sabe que en Missolonghi se acaba el viaje
(…)
Seek out--less often sought than found--
A soldier's grave, for thee the best;
Then look around, and choose thy ground,
And take thy rest.
On this Day I Complete my Thirty-Sixth Year
Lord Byron
lunes 26 de octubre de 2009
Fly me to the moon - "Vuélame" a la luna
Hoy no ha abierto los ojos y debe de ser tarde. No me atrevo a despertarlo. Todos los días le doy el agua y la comida pero se enfada si intento acercarme demasiado. Nunca me mira, nunca me habla y solo me oye cuando le grito muy fuerte, pero hoy mis gritos tampoco le despiertan. A lo mejor ha aprendido a hacerse el muerto, me dice el guardia. No debería hacer eso. Yo tengo que cuidarle mientras esté aquí. Ese es mi trabajo. Le cuidaré hasta que le suelten, y nadie va a impedirme hacer mi trabajo.
Le llevo los platos con comida y le hago compañía. Él nunca me lo ha pedido pero sé que le gusta. Le he dicho que no voy a abandonarlo y le he preguntado por qué lo tienen aquí. Aunque sé que nunca hablará conmigo le he recordado que es bueno que haya alguien que le haga preguntas. Entonces ha llorado sentado en la mesa. No me ha contestado.
A veces le enseño trucos con los que podría sentirse mejor. Le cuento como puede pegar sus manos al suelo para imaginar que debajo hay tierra húmeda y encima crece la hierba. Cuando paso así mucho tiempo puedo notar cómo mi mano se convierte en raíces por abajo y en pequeñas plantas que crecen muy deprisa hacia el cielo. Si lo intentara, el tiempo pasaría más deprisa. Debe de ser duro estar siempre aquí dentro. Debe de ser como cuando no ves el sol.
Mientras duerme, pongo la mano sobre su frente. En el aire dibujo las caricias para no molestarlo. En el aire noto el calor que desprende. Tanto frío hace cuando duerme.
He debido de intentar abrazarlo otra vez. La ropa estaba revuelta, los cubiertos, por ahí tirados. Me he repetido que no tengo que hacerlo más. Todo se queda desordenado: las cucharas, las mantas en el suelo. No volveré a intentarlo.
Tienes que comer, tienes que levantarte, le he dicho. Pero él continúa respirando pesadamente, muy quieto en la cama. El guardia vuelve con el médico. Abren la puerta, tocan su cuello y su pecho. Intento avisarles de que no le gusta que nadie se acerque a él, pero ellos lo levantan, lo tumban en una camilla. Cuando se van, salgo con ellos y el guardia me pregunta a dónde me creo que voy. Ya no tiene sentido que esté aquí, le digo, si no tengo que cuidarlo. Agarro la punta de mi vestido gris y roto y miro al suelo. Y desde dentro escucho el sonido de la llave que cierra la puerta.
jueves 22 de octubre de 2009
Caleidoscopio
Al principio llegó el rojo. Dulce y ligeramente picante. Siouxsie and the Banshees suenan en el ambiente, a ritmo sincopado junto a las risas, las partidas de mus en el bar robadas a las clases y los novios de paso. Los días pasan fluidos. Exámenes que no cuestan demasiado, muchos amigos, focos nocturnos, en invierno o en verano. Los cines cambian de función, los mirones se vuelven actores en la última fila, y las historias se dividen en líneas paralelas. La de la pantalla se va difuminando, mientras el roce y el calor se hacen reales y lo apartan todo.
Los fluorescentes de la oficina tiñeron de azul el aire, las moquetas llenas de polvo y los despachos vacíos. El resto ha desaparecido bajo montañas de informes, y el la pantalla de ordenador las líneas de números se persiguen y nunca llegan a ningún sitio. Arañas amarillas sobre fondo otra vez azul. Hace frío dentro y fuera. En los altavoces suena “Black or blue”. Una mujer exótica llegó y se fue, sólo quedó el humo del cigarrillo sin dejar nada a cambio. La voz le suplica que se quede pero es tan inútil como el ruido de las teclas flotando a quince metros sobre el Paseo de la Castellana.
Se hundió en el mar y cuando parecía que el fondo no existía, pegó una patada y subió. La tierra se volvió púrpura y Siouxie volvió reírse. La mujer de las veintidós caras se desintegró y es la misma pero es otra. A veces las caricias calientan su cara y aún se avergüenza, otras intenta controlarse y ser lo que parece que se espera de ella, pero el hielo no acaba de salir, y es que cuando una gota de rojo se junta con otra de azul, no se puede volver atrás, por muchos colores que se intenten mezclar
She tries not to shatter, kaleidoscope style
Personality changes behind her red smile
Every new problem brings a stranger inside
Helplessly forcing one more new disguise
Christine-the strawberry girl
Christine-banana split lady
Singing sweet savages lost in our world
This big-eyed girl sees her faces unfurl
Now she's in purple
Now she's the turtle. Disintegrating
Christine-the strawberry girl
Christine-banana split lady
22 faces...disintegrating.
Black or Blue – Suede
There was a girl who flew the world from a lonely shore
Through southern snow to Heathrow to understand the law
There was a boy who loved the noise of the underground
He left the coast and overdosed on that London sound
He said "I don't care if you're black or blue
Me and the stars stay up for you
I don't care who's wrong or right
And I don't care for the U.K. tonight so stay stay"
And then one day she moved away from those garden walls
She left some flowers, he smoked for hours
She understood the law
I don't care if you're black or blue
Me and the stars stay up for you
I don't care who's wrong or right
And I don't care for the U.K. tonight
So stay, stay, stay, stay…
There was a girl who flew the world
lunes 19 de octubre de 2009
domingo 18 de octubre de 2009
jueves 15 de octubre de 2009
El peor texto del mundo escrito mal apropósito.
Abri la preciosa caja dorada con mucho nervio de poder encontrar aquello que tanto anhelaba. Nada más abrir la caja apareció brillante y luminoso.
Allí estaba el anillo, esperándome despues de cincuenta años dentro de la caja. Me lo puse en el dedo y comencé a pensar en Rafael.
Salí corriendo con mucho nervio y miedo y vi al socio de Lourdes que estaba de pie junto al horno. Mi alegría era tan grande que no tuve tiempo de mostrarle mi precioso anillo ya que deseaba salir a la calle a gritar de alegría.
¿¿¿ Malo verdad???
miércoles 14 de octubre de 2009
jueves 8 de octubre de 2009
Desgracia
A veces oigo el sonido de la catástrofe desde muy lejos.
Si pongo atención puedo escuchar cómo se acerca su silencio, cómo va haciendo desaparecer los latidos, espaciando las intermitencias de la vida.
Ahí la tienes: el movimiento de la mano de un niño tapándose la boca.
Cuando eso sucede, busco un lugar seguro: una resaca, el sabor de la sangre, una casa que no es la mía.
No puedo quedarme esperando a que venga y la convoco con bailes, con gritos, con palabras de otros. A veces, le sonrío a la cara. Y entonces llega.
Nunca me de tiempo a destrozarme antes de que me envuelva su silencio el domingo por la mañana.
miércoles 7 de octubre de 2009
Pan
Si hubiera pasado en sentido contrario algún transeúnte podría haber visto, de haber mirado, los ojos idos y dilatados de ese hombre común llevando una barra de pan todavía tibia y crujiente. Siempre preguntándose porque él, ahí y ahora y después la eternidad sin él, allí y después.
Pero no pasó nadie en esa tarde a la hora del almuerzo, nadie que pudiera interrumpir la marcha cansada. Se le ocurrió que llevaba cerca del plexo casi la historia y la razón de ser de eso que llamamos sociedad. Agua, harina, trigo, comercio, dinero, papel para envolver, calles por donde caminar para ir a comprar, seis mil años de agricultura, descubrimiento de la levadura, y el fuego y sus secuelas combustibles como el petróleo que queman esos coches pasando por la avenida a la cual se aproxima.
Sonrió ligeramente, ese razonamiento le parecía casi literario, al borde de ser inteligente, un poco inútil como toda su filosofía de bolsillo, pero aún así la satisfacción borró por un instante la soledad.
Al llegar a la avenida vio al grupo de tres hombres que dormían en ese rincón, noche tras noche, con sus posesiones en carros de supermercado. Siempre había pensado que eran serbios, cosa que se había imaginado porque las veces que los había escuchado hablaban un idioma que le sonaba a eslavo, no era ninguna de las lenguas que conocía o reconocía, serbio entonces era suficientemente aproximado.
Se acercó, los tres hombres deben haber visto sus ojos, les ofreció el pan y les dijo que no había ninguna otra manera mejor de compartir la civilización, y que la gastronomía no era más que una variación ínfima. Uno de los hombres aceptó la ofrenda. Siguió andando, sin duda tendría que pensar en que otra cosa comería esa tarde.
Habitar un cuerpo como un pozo
es saber que el eco de la piedra está muy por debajo del número cuarenta y tres de mis zapatos.
Que cuando me habitas, entrando y saliendo por los largos túneles que son mi cuerpo
Buscas viajar por un laberinto que te lleve al táctil espejo donde se ve la bestia.
Pero entras y penetras por la imagen apenas sólida en apariencia.
Oscura por demás, como todos los túneles.
Viajes de la ebriedad por el filo del miedo a nuestra muerte.
Aunque se y sabes,
como todos los que prostituyen su miedo para vestirlo, al modo de los niños con los muñecos, de apariencia.
Que todo cuanto se ve es mentira y también cuanto se toca y hasta cuanto se piensa.
Que cada vez que te llamas por tu nombre, o por uno de esos muchos con que te nombra el olvido.
Es el ladrillo que hace el túnel de lo que hablas.
De esa cascara vacía en que nada pasa al deshabitarla.
Por eso, por cada vez que mis ojos se abren tras las muertes cotidianas,
se que no hago más que repetir la historia del mundo,
anteceder a un derribo que como la luz de las estrellas, tan lejanas,
no es más que el ser el instante de paso en un camino.
martes 6 de octubre de 2009
sábado 3 de octubre de 2009
viernes 2 de octubre de 2009
viernes 25 de septiembre de 2009
vuelo

El miedo es una orografia extraña que nos separa,
Un intrépido abrazo con vocación de abismo.
Al que como a todo lo que nos distancia, por que te quiero, Estoy agradecido.
A veces te toco y me siento tan lejos, Tan del final del horizonte,
que casi podría volver y apoyar la mejilla en tus espaldas.
Me sé silencios.
Los aprendo repitiéndolos despacio infinitas veces.
Me pongo la piel de ausencia.
La mirada de ojos abiertos, para los otros, Como si los viera.
Esa mirada fija, que los deja tranquilos... y me dejan.
Me pasan por alto, de lado, por abajo.
Y me voy cerrando con hábito de flores muertas.
Se me caen las ingles, se quiebran, Se deshojan pétalo a pétalo tobillos y muñecas.
Me cuelgo un cartel en el pecho que en letras de rojo oscuro, casi negras,
entre puntos suspensivos dice:
Fin de fiesta.
Lo demás es silencio, ...que me aprendo,Y que me cubre
cumpleaños ( cuello de cisne )

No todos sabían que le faltaba una pierna.
Aunque lo veían cojear y para hablar con el miraban casi al suelo.
A mi hermano muerto,
siamés mio que nació separado por una operación quirúrgica de años entre nuestros partos,
le gustaban los pintalabios malvas para pintar la boca por donde su muñon se desangraba.
Le molestaba que no vieran la diferencia y que nos dijeran que no nos pareciamos en nada.
Hasta falsificó su registro para que tuvieramos los mismos apellidos.
No recuerdo muy bien que existiera hasta aquella mañana, en que me dijo que eramos demasiados y que debia irme de la casa.
Yo decidí volar, pero no soy un suicida y le dije que esperara a que me crecieran las alas.
Desde entonces cada mañana, pinta curvas de nivel en mi espalda pequeñas circunferencias concentricas de color malva.
Me asomo por el sotano en que vivimos con aire de pollo dejando el nido mientras el me vigila con sus heridas dibujando laberintos en el suelo y con la urdimbre de su cordón umbilical enrollado de bufanda.
He decidido no prolongar más el viaje, pero quiero esperar a una noche en que no este muerto y haya cerrado las ojeras pintadas de malva, para salir volando de a poco por la geografía subterranea de la ventana.
lunes 21 de septiembre de 2009
sábado 19 de septiembre de 2009
La tía bisabuela que se quedó sorda por nadar en un lago helado y fue repudiada por su novio

La caja iba desapareciendo lentamente hasta que la tierra la cubrió por completo. En vez de tristeza lo que sentía era curiosidad. Solo había sabido de la vida de la tía bisabuela Claudia a través de cuatro fotografías colgadas en los baldosines estrellados del cuarto del baño de mamá .No habíamos podido llegar a verla al tanatorio. Claudia era para mí una historia prohibida además de cuatro imágenes, codazos y risitas en la cocina.
Sentía dentro de mí el miedo revolotear como cuervo en la carroña. Tenía veinte años, edad en la que todas las mujeres de la familia se habían casado. Todas excepto Claudia.
Las fotografías iban llegando coincidiendo con ceremonias religiosas de la familia. La primera foto se recibió un día antes de la boda de la abuela, en el verano de 1930 diez años después de su marcha. La segunda cuando mamá hizo la comunión. La tercera el día de mi bautizo y la cuarta en el funeral de la bisabuela. Cuatro imágenes iguales. En cada una, Claudia y otra mujer de pelo corto aparecían abrazadas sonriendo con el mar de la costa azul detrás, sólo mostrando el paso del tiempo en sus rostros. El pelo rojizo de Claudia perdiendo intensidad en la última fotografía.
La luz del sol me producía escalofríos. Mama y las tías estaban llorando. Sólo quería volver a casa, regresar a los olores de legumbres. No había venido nadie más de la familia. Claudia murió para todos hace cincuenta y tres años, ese primer día de otoño en el que cogió un tren con dirección al olvido.
Desde pequeña me fascinaba el color rojo de su pelo y la felicidad en el rostro de ambas, -¿quién es la mujer que está a su lado?, preguntaba -Marie, me decían, bajando la voz y sonriendo.
El cementerio olía a inquietud .Marie, estaba junto a mama. Había cuatro monjas cantando. Tenía ganas de salir corriendo Nadie hablaba, mirando como Claudia iba desapareciendo.
Se habían conocido en el verano de 1920 cuando Marie llegó a Navarredonda a la boda de su prima. Allí estaba Claudia, la novia del alcalde. Podía imaginarme a Claudia, apagada, dejando su brazo sobre la mesa con desgana dormida en vida y cómo la energía de Marie le permitió despertar tras dos miradas aunque el miedo paralizara su brazo de nuevo. Luís, no se dio cuenta de nada. Su novia era la más guapa de todo el pueblo y se iban a casar en unos meses. Mi bisabuela, su hermana mayor, al verla sintió un escalofrío. Sabía que alguna vez ocurriría.
Marie y Claudia bailaron toda la noche. Nadie se extrañó. La proximidad y afectividad entre mujeres se veía con buenos ojos, A Luis además, esto le permitía no tener que ocuparse de ella. No le gustaba bailar y se sintió aliviado al ver que Claudia se divertía. Habían fijado la fecha de la boda para el próximo octubre y en un año ya tendrían un niño, así Claudia estaría entretenida y feliz
Se amaron durante todo el verano, a escondidas, con miedo y confusión. Claudia se casaría en mes y medio y estaba cada vez más delgada. Palidecía al caminar por las calles y enfermaba de pensar en su vida entre paredes dormidas. La noche antes de la partida de Marie fueron al lago. Desnuda Claudia sintió el agua fría en su cabeza, en sus sienes, y fue despertando gota a gota.
Cuando salieron del agua, entre las sombras de un tilo estaba Luis, mirándolas, Al pasar por su lado, Claudia solo pudo decir un “lo siento” clavando los ojos en la ropa sobre el suelo. Continúo andando sin girar la cabeza. Ya no oía sus gritos llamándola, ya no podía retroceder.
Me revuelve el miedo. Esta intranquilidad me produce desasosiego Me siento como ella encerrada y dormida pero más cobarde. Desde pequeña escuchaba como las tías y la abuela me decían que había heredado la misma enfermedad que Claudia. No entendí nada hasta mucho después .Salí corriendo del cementerio. Mi madre me gritaba, pero ya no quería oír.
viernes 18 de septiembre de 2009
jueves 17 de septiembre de 2009
Por que tambien las putas sueñan
Al menos las putas son sinceras...
al menos no engañan el alimento frio de su tristeza.
Quisiera ser puta,
no tender el veneno frio de la expectativa.
No vestir de amor la muerte.
no mentir-me, -te, -se, -la
desvestida del desarapo de los desueños.
Al menos las putas no mienten,
te envuelven su cuarto y mitad
o su mitad de cuarto
con la fria eficiencia del labio aplicado al formulario.
teclean su cuerpo contra el tuyo a 350 ppm,
te facturan el consuelo mientras miran volar nubes,
que se van lejos.
Por que tambien las putas sueñan,
pero no engañan.
Me sale tan mal ser puta,
pero a veces lo deseo tanto...
... ... ...
miércoles 9 de septiembre de 2009

Miedo a cerrar los ojos
y que se vuelvan a abrir
en la noche quieta de silencios y sombras.
Larga espera de torbellinos y silabas
que entran y se quedan.
Muero en cada despertar,
pero despierto
vagabundeo entre prisas cotidianas
y no vivo, y no sueño.
Relato de verano
La primera de las chicas que se dio cuenta de su presencia fue Piedad. Las vio a primera hora de la mañana y silenciosamente, cerró la puerta dejando que se quedaran. Esperó unas horas para anunciárselo al resto y lo hizo a escondidas, en corrillos pequeños. La cara de todas al conocer su existencia fue de sorpresa que se convirtió al segundo en un gesto de contrariedad. Sabían lo que ocurriría si no actuaban en seguida pero no tenían las ganas para hacerlo.
Cada día alguna de ellas las veía pero sigilosamente se daban la vuelta mirando a otro lado. Ninguna hacía nada, esperando que fuera otra quien tomara la iniciativa .El sopor veraniego incitaba a la quietud y desidia.
El primer cadáver apareció a las dos semanas. Lo dejaron allí, Nadie se atrevió a quitarlo. El temor fue inundando el ambiente cargado por el sonido de teclados y ventiladores. No sabían cuantas había, ni en donde se escondían. Cada vez serían más.
Las chicas decidieron reunirse para hacer algo y eligieron a Elena e Inés para que fueran ellas quienes echaran el veneno. No se atrevieron y lo dejaron encima de la mesa, cerrando la puerta que se quedaría cerrada durante días. La cocina dejó de existir. Para ir al baño, todas daban la vuelta atravesando el corredor. Después de una semana volvieron a reunirse. Tenían que acabar con ellas. Habían venido con la nevera, tímidas y pequeñas, sin querer salir al principio reconociendo poco a poco en donde se encontraban. Ahora ya no se irían.
jueves 20 de agosto de 2009
jueves 13 de agosto de 2009
Botones

Ni antes ni después, ni luego ni mas tarde, (eso debe de ser de Andrea).
Cambiamos las cosas a nuestro antojo, ni siquiera sabemos como se nos quedan prendidas...como si la piel del alma fueran los garfios del velcro que lo van dejando todo adherido.
Uno no elije, le viene luego, en el vacío, en los ratos de oscuro..-persianas bajadas-luz en puntos suspensivos-ruidos del parque, horas muertas; ahí si , ahí estas atrapado en el mes de agosto, en la calma chicha de océano muerto,-libros de los cinco-bocadillo de salchichón de vic, del rosa con lunares blancos.el tiempo es una franja horaria interminable, donde día y noche son accidentes que apenas se diferencian entre los fósiles de los teléfonos muertos, los amigos muertos, los propios muertos, el propio muerto que uno lleva dentro que pugna por salir.- Sandía, madre, terraza.Agosto, como el tiempo, es más horizontal que vertical, hay una nausea extraña, desnuda, dócil lomo de gato que acaricio en el esófago:esa sensación de bucle en que se permanece atrapado agosto tras agosto; tedio tras tedio.Y los botones, (acabo de recordar que eso fue de Pablo)-bocadillos de salchichón de vic con fósiles de lunares grasos y blancos- los cinco que me llaman por teléfono:-Ring, ring -(aunque los teléfonos no suenen así hace ya mucho tiempo)y ahí esta la vieja foto con un agosto diferente del que ya no tengo memoria, o si...con mis pies pequeños sobre la sonrisa del bañador negrobouquetdefloresdemimadre con un bocadillo blanco y negro entre mis manos, con una piel blanca y negra sobre mis manos, con un silencio blanco y negro lleno de polvo de agosto tras agosto...Sandía, terraza, madre..........bocadillo de Vic,lunares blancos, pequeños botones blancos de una bata que salía, pero eso fue en el mes de mayo, cuando las imágenes se invertían pequeñitas en un gotero que lo invertía todo , gota a gota de color azulado.Cuando el bañador negrobouquetdefloresdemimadre lo habían cambiado por una bata extraña de lunares azules sin botones blancos como una loncha de salchichón de vic extremadamente pálido que yo veía en un gotero invierte todo irse desangrando, gota a gota. Lunar, a lunar como una lluvia insomne de botones blancos.Los botones que sirven para prender, para sujetar, como zipper suspensivos que atan unas partes a otras en nuestra memoria.Hoy he pensado en los botones, sin agujero con uno, con dos, con cuatro, he recordado la lata del aparador que contiene miles de ellos, una cebra cuadrada color verde musgo con listas doradas.He pensado en papá, en la esquina del cuarto, en el camisón de lunares, en el salchichón de vic, en mi exceso de botones.En los ojos como botones en blanco, que colgaban del hilo desprendido lentamente por los goteros azulados.Cambiamos las cosas a nuestro gusto como en las cajas de botones, ...nos las inventamos
martes 11 de agosto de 2009
LA FLOR DE LA CANELA
Eran tres y entraron corriendo al vagón. Miraron a uno y otro lado para cerciorarse de que no había ningún vigilante e inmediatamente se pusieron a tocar. Guitarra, bombo y quena. Aunque no era una hora punta, el metro iba bastante lleno y los absurdos sombreros de mariachi que llevaban eran algo más que un estorbo. Entre San Bernardo y Noviciado se paseaba “La flor de la canela” ante la más absoluta indiferencia de los viajeros que a juzgar por la impasibilidad de sus caras, se habían quedado repentinamente sordos. Seguramente hubo un error de cálculo, porque cuando aún estábamos con los jazmines en el pelo, el tren se detuvo y los tres se bajaron tan atropelladamente como habían subido, sin tener tiempo para las rosas en la cara ni para pasar uno de los sombreros ante tan apática concurrencia. Seguramente se evitaron una decepción. Afuera era noviembre y llovía
lunes 27 de julio de 2009
Numeros de circo
Convocatoria de ausencias y otros formularios
Han muerto los que inventaron el silencio.
Han muerto y todo esta lleno de ruido.
Como un enjambre enfurecido hablan de la luz,
Una luz tan intensa que elide la sombra.
Una sombra ausente,
un silencio muerto.
He llegado tarde al olvido,
en este anden ausente de la espera
con la memoria en mi maleta
obligado a seguir siendo quien respira.
Generaciones de paz aun me convocan,
manadas de cuerpos buscando silencio
me pesan en los pies mientras asciendo.
Como un buzo sin aire
que busca futuro en el grueso cristal
de una superficie aun demasiado lejana
.... ... ... ... ... ...
como fuegos artificiales, en mi pecho,
mientras golpeo el cristal los pulmones estallan.
jueves 16 de julio de 2009
martes 23 de junio de 2009
Espuma, plancton, mucho rojo y aniversarios
Un día 23 de junio como hoy, hace exactamente cincuenta años, un escritor maldito entró en un cine a hurtadillas para poder ver el estreno de la primera adaptación que se hacía de una obra suya, al que le habían prohibido asistir por lo que se conoce habitualmente como "desavenencias con el director". No sabemos que pensó de aquella película porque, aunque era joven, sólo 39 años, su corazón, tan fuerte para según qué cosas, no resistió la experiencia y murió. Y así cumplió, por poco, esa autoprofecía que repetía de que no alcanzaría los cuarenta, esa edad supuestamente de mal augurio que me cayó encima este año, por cierto.
Los universos de los libros de Boris Vian se cruzaban frecuentemente entre sí, el doctor asesino de sillas de "El otoño en Pekín" se había vuelto psicópata por no haber podido curar a la Chloé de "La espuma de los días", y cuando pensábamos que Angel había evitado un destino oscuro en el mismo "Pekín" (que por cierto, no ocurría ni en otoño ni en Pekín) caía en nuestras manos "El arrancacorazones" y descubríamos que su futuro no era un camino de rosas precisamente...
"La espuma de los días" fue el primer libro "adulto" que escogí leer, y me enamoró del todo, porque no sólo era una (bueno, en realidad tres) historia de amor preciosa y emocionante, era un mundo diferente a todo, donde las imágenes luminosas se intercalaban con críticas atroces (esas beneficiencia pública que degollaba niños... o esa crítica a Sartre que en realidad era su amigo, al menos hasta que se lió con su primera mujer). Y por lo visto no fui la única. En una encuesta a los lectores franceses sobre cual fue la obra que les provocó el gusto por la lectura, "La espuma de los días" ganó por abrumadora mayoría. Y yo estoy tan feliz de ser tan poco original.
Luego hay más cosas, fue ingeniero de obras públicas, experto en ferrocarriles (vale, lo mío es la hidráulica, no los ferrocarriles, pero es uno de los míos), fue músico, cantante, actor, vamos, todo lo que me habría gustado ser a mí. No tuvo suerte, quizás tampoco la buscó, le gustaban demasiado la irónía, el sarcasmo, la crítica, y nunca le perdonaron su afición al sexo o hacerse pasar por un escritor negro para reírse de los críticos de la época o escribir una canción sobre las razones para desertar de un pobre hombre en plena guerra de Indochina, en fin, todo un personaje. Lo que sí está claro es que hizo lo que quiso, hasta el final.
Y yo no le olvido, sigo disfrutando de sus libros. También hasta el final. En algo más nos teníamos que parecer
jueves 18 de junio de 2009
De cómo Almudena y Christine desaparecieron una tarde de la casa de los Huertos
Ellas no se dieron cuenta, sólo era una sombra que escondía un hombro del sol o cruzaba el camino un segundo antes de que llegaran. Vio como recogían cardos violetas y se quejaban al pincharse, como juntaban amapolas y hojas verdes enormes y sedosas.
Siguieron el cauce, cruzaron puentes, bebieron de los manantiales entre zarzas remontando con paso firme, parecían resueltas a encontrar la fuente, el origen de todo. Pasaron minutos, puede que horas, desde arriba nada es seguro, sólo intuición. Los campos amarillos se volvieron verdes y le costaba verlas cada vez más. Y cuando el arroyo había encogido tanto que parecía un hilo de plata, apareció el lago en medio del camino. Ellas entraron como si no estuviera allí, frenando atrapadas por el rozamiento y la ropa hinchada.
Se sintió desorientado, no recordaba haber visto nada igual por allí y se quedó mirando al pájaro que vibraba al otro lado del espejo. Se olvidó de ellas, del chapoteo, de las voces y las flores. Y cuando quiso volver ya no pudo verlas aunque buscó bajo los círculos que se hacían más y más grandes en la superficie, debajo sólo había espirales de algas moviéndose a ritmo lento y algo brillante que se asomaba bajo ellas
El grupo llevaba ya dos horas esperando a que volvieran, alrededor de la mesa del patio, los pies fríos y la cabeza inquieta. El mirlo bajó en picado y dejó algo ante sus ojos. Una pulsera de plata que todos reconocieron enredada en algas de río
lunes 11 de mayo de 2009
Valencias Saturadas
Caminaba por la última calle de su vida, pero él aun no lo sabía. Iba ensimismado como siempre, tratando de arreglar su pasado. Llevaba sus anteojos de sol aunque era una tarde gris, veía mal, borroso, ya que el gas inyectado en la operación para reparar la retina de su ojo izquierdo le jugaba malas pasadas, ni siquiera entendía las imágenes, aunque lo que fuese estaba dentro del ojo, como el pasado que trataba de reparar con la meticulosa obsesión de toda la vida. Se decía que si hubiera hecho esto o aquello cuando se encontraba con Silvia, o si se hubiera atrevido a hablarle a esa mujer que había pasado a su lado aquel día, en aquella ciudad, hacía ya tanto tiempo. Tanto tiempo. La calle era larga y estrecha, a esa hora de la tarde solitaria y sombría. Pensó en la suerte que significaba no tenerse que encontrar con nadie, y entonces empezó a llorar quedamente, a llorar su propio cansancio, a lamentarse y compadecerse. Las lágrimas que se secaban casi al mismo tiempo que mojaban su cara hacían más difícil ver. Llegó a la intersección. Cruzó. Renovó el recordar tratando de evocar nombres de mujeres que fueron parte en su historia, banal, única, interesante solo para él. Retina, vítreo, mácula, formación de imagen, nervio óptico. Llevaba la cabeza a unos 45 grados, suficiente como para anticipar unos cuantos metros su propio andar y estar seguro de no pisar la mierda de perro omnipresente en esa Madrid del siglo XXI aspirante a ser sede olímpica. Seguro que en mierda de perro no tenía competencia, pero eso nunca se sabe, pensó, la mierda es inagotable. El gas dentro del ojo le proporcionaba un espectáculo incompartible. Si agitaba la cabeza se desprendían burbujas y círculos negros que danzaban por ahí adentro. ¿Serían 45 o 30 los grados de inclinación?, corrigió una vez más la postura. Le habían dicho que eso ayudaba a que la retina se pegara.
Llegó a la siguiente intersección, esta vez un transeúnte se cruzó, casi rozando su hombro derecho. Era un hombre joven y apurado, no se dio vuelta.
Entonces sintió la soledad entrándole por los ojos y poseyéndolo por entero. No cambió el ritmo de la marcha, habría caminado como unos 800 metros por esa calle larga y sucia con olor a seco y a viejos orines de hombres irreverentes y quizás borrachos. Algunos años atrás, al llegar a ésta que ahora era la ciudad donde estaba la calle por la que iba, aun tenía esperanzas de ser parte de algo, quizás de tener amigos, de encontrar una amante que lo quisiera y le hiciera olvidar y recordar, recordar y olvidar. Pero los pobladores de esa ciudad tenían sus valencias saturadas, a menos que fueran inmigrantes recientes, y también ellos buscaban sus afines. El era un inmigrante “deluxe”, podía ir y venir, volver, ¿pero a dónde?
Ya varios meses antes de la operación empezó a sentir su desaparición. Se volvía transparente. Era mirado pero no visto, oído sin ser escuchado. Se iba deshaciendo, incluyendo sus recuerdos, que de tanto hilar se gastaban. Llegó a la intersección siguiente, el sol entre las nubes hirió la pupila dilatada por el colirio recetado y rigurosamente administrado.
Valencias saturadas, la calle terminaba en una pared alta, muy alta, suponía ya que nunca levantó la cabeza, lo tenía prohibido.
Eduardo Waisman, Madrid 6 de mayo de 2009.
viernes 8 de mayo de 2009
jueves 7 de mayo de 2009
Nosotras y ruido
Entramos y salimos de edificios abandonados, de ciudades vacías, buscando gente, sin embargo cuando escuchamos un sonido que podría ser humano nos escondemos y nuestros abrigos tiemblan como cuando hace mucho frío. En el suelo de la carretera veo una rama en forma de Y. Recuerdo que cuando era pequeña construíamos con ellas armas para disparar piedras o bolitas de papel, a veces contra los coches, a veces contra nuestros propios amigos. Pienso si ahora necesitaremos armas aunque no haya nadie contra quien disparar. Tú siempre dices que hay que estar preparadas pero nunca has hablado de armas. Hablas del pasado, del futuro, de nuestras oportunidades de sobrevivir. Hablas todo el día y aún no has dicho absolutamente nada sobre matar a alguien o sobre morir, pero hablas y pareces saberlo todo. Hablas y haces. Y caminas. Y yo te sigo ¿qué otra cosa puedo hacer?.
La carretera vacía desemboca en un banco de arena. Si nada de esto hubiera pasado, en un día como hoy alguien compraría un televisor, alguien nacería o haría un regalo, pero nosotras lo único que hacemos es buscar eso que tú llamas supervivientes: “supervivientes supervivientes supervivientes” como si no fueran a hacernos daño, como si pudieran ayudarnos. Si existieran de verdad, ¿crees que podríamos soportarlos? Llevamos tanto tiempo solas, llevamos tanto tiempo buscando... pero seguiremos haciéndolo, porque lo dices tú, y tú siempre dices lo que vamos a hacer y lo hacemos. Si algún día no escuchara tu voz imagino que no podría moverme. Esperaría una orden tuya o la muerte. Esperaría para siempre.
Me acuerdo mucho de Jaime y de los niños. Esos niños que nunca existieron pero que en mi imaginación me ayudaron a pasar la angustia de los primeros momentos. Una noche soñé que estaban muertos y el terror que sentí al despertarme era distinto al de todas las mañanas. Ahora apenas puedo visualizar sus caras, sólo son fantasmas, conjuras de lo imposible, de lo que ya nunca sucederá.
Caminamos por la arena de lo que parece ser una playa interminable. No hay agua ni olas ni gaviotas no hay más que arena de playa y algunas conchas grises y rotas. Me he alejado un poco de ti para ver las conchas pero sigo escuchándote a lo lejos. Me pregunto cómo sería este mundo sin tu voz. No más esa forma de alargar los sonidos, de repetir las palabras, sólo el silencio y lo que queda del mundo. En ese silencio imagino mi voz como solía ser. Intento pronunciar el nombre de Jaime intento decirle que le quiero y no soy capaz de emitir esos sonidos. Mientras tú sigas diciendo lo que vamos a hacer, mientras sigas diciendo cómo nos sentimos, cuándo tenemos hambre o sueño, cuándo echamos de menos una manta o una sartén para cocinar... yo no tendré que pensar y mi cabeza podrá dejar de dar “vueltas vueltas vueltas” como tu dices, alrededor de nada. Mientras sigas arrastrando los sonidos, repitiendo las palabras, todo el rato tu voz y tus palabras, palabras limpias, sin precio, a las que nunca hay que contestar.
Lejos de ti dibujo en la arena mi nombre. Es una pena mi nombre, recordarlo, que exista, que sea mío. Nunca nadie volverá a llamarme así. Borro mi nombre como si cerrara el ataúd de un ser querido y vuelvo a tu lado. Estás tarareando una canción. La canción es Shiny happy people, pero es difícil reconocerla porque no llevas bien el ritmo y yo me acerco y recojo mis cosas aunque tú no has dicho nada de irnos pero yo cojo mis cosas la canción me está poniendo muy triste, verdaderamente triste y no la estás cantando bien. Debería decírtelo y me acerco, acerco mi cara a la tuya, mi boca a la tuya, mis manos se acercan a tu cuello aunque tú no lo has dicho y me miras y sonríes y no has dejado de cantar y yo aprieto y escucho un sonido nuevo en tu garganta y ahora por un momento me parece que pronuncias bien la letra de la canción y me siento feliz y recuerdo a Jaime y a los niños y una vez en el suelo te abrazo, feliz, hasta que tu cuerpo se queda frío y el mundo en silencio.
jueves 30 de abril de 2009
jueves 23 de abril de 2009
In memoriam
.

Ausencias
Nunca dio explicaciones, simplemente una mañana metió sus cosas en una caja de cartón y se esfumó. Recuerdo que me asombró lo poco que había acumulado en cinco años, ni libros, ni plantas, ni tazas de colores. Y su presencia constante se volvió hueco y trabajo aburrido
El pasado abril, delante del Círculo de Bellas Artes, su lugar favorito, que le devolvía a sus tardes de estudio en la biblioteca de la quinta planta, sentí un roce en la nuca. Desde pequeña me ocurre que a veces presiento cuando alguien conocido pasa detrás de mí. Es como una brisa que se metiera por la espalda hasta la base de mi cráneo. Mi hermana, la fanática de la anatomía, solía bromear diciendo que el hueco de mi atlas era demasiado grande para mi axis y que una ráfaga de viento tiraría mi cabeza al suelo algún día por pensar demasiado. Me acordé de ello e instintivamente me sujeté la cabeza mientras la giraba. Allí estaba ella. Casi no la reconocí.
Había perdido casi veinte kilos y llevaba el pelo largísimo en mechones enmarañados. El sujetador de flores desvaídas le asomaba por dos agujeros de la camiseta naranja que tanto me gustaba. Las ojeras seguían allí pero habían crecido, pensé que tardarían poco en alcanzar las grietas de los labios. Llevaba un lienzo en la mano.
Tuve que acercarme a su cara para entender lo que decía. El aliento le olía a acetona y algo más que no supe definir. No me dio tiempo a preguntarle nada, dijo que necesitaba dinero, lo que tuviera le bastaba. Me puso el cuadro entre las manos. Una mancha de óleo denso caía sobre una mujer desnuda tapándola casi por completo, Rocé los surcos duros casi esperando sentir las caderas bajo el chorro rojo oscuro. La cara no se distinguía pero hubiera jurado que era ella la que tendía las manos desde aquella ventana de tela. Me dio escalofríos.
Busqué en el bolso y le di lo que encontré, un billete de cincuenta euros. Lo cogió sin mirarme y la vi alejarse despacio, escorada hacia el costado derecho. El encuentro no había durado ni cinco minutos. Me entraron ganas de llorar.
El cuadro estuvo contra la pared de mi armario desde entonces. No podía mirarlo ni colgarlo, sentía la certeza absurda de que la sangre saldría del cuadro salpicándolo todo.
Ayer volví a pasar por el mismo lugar, Me senté en un banco a leer mientras esperaba a un amigo. Un viento frío se coló por el cuello de la chaqueta y oí mi nombre suspendido en el aire. Me giré, segura de encontrar a alguien familiar. No había nadie.
Una sombra voló sobre mi hombro y se posó sobre el libro. Era un billete de cincuenta euros.
miércoles 22 de abril de 2009
martes 14 de abril de 2009
Trasplantes

Recuerdo a Iñaki tal como era yo a los veinte años. Tal como era él. Como era todo.
Le recuerdo como se recuerda a esas personas y esos momentos que te construyen y a los que con el tiempo solo podemos culpar o agradecer por darnos una parte de lo que somos.
Él tenía la magia que le permitía salir y volver a salir del hospital con vida. Mientras los demás estábamos viajando, estudiando o peleando por lo nuestro, él escribía. Palabras, relatos, cuentos. Imagino el gotero trabajando siempre lento en su brazo. Una palabra, otra. Palabras que él articulaba en estructuras mágicas y poderosas.
Él las escribía en esa época en la que sólo tomamos decisiones importantes, cuando el peligro podía darnos más ganas de seguir adelante y yo me preguntaba cómo lo haría, cómo sería la primera idea, el primer cuento, el aspecto del papel tachado y corregido, la cara de aquella enfermera y su mano al volver a dejar la hoja en la mesilla, cuidado no se despierte el chico. Una gota, otra. Una idea, una palabra, un cuento. Una vida.
Recuerdo que cada vez tenía que volver antes al hospital. Otro trasplante. Un intento más. Y otro. Y a los veinte años qué iba a saber yo de los trasplantes. Imaginaba a alguien con mascarilla separar una vértebra de otra, imaginaba médulas de recién nacidos como peces respirando en una bandeja de metal. El gotero no lo imaginaba, el gotero lo veía: una gota de vida, una menos, otra. Y nos miraba, en plural, porque a los veinte años tus amigos son tu plural, y nos veía con tanto miedo y con tanto amor y tan pequeños ante “aquello”. Y aquí seguimos algunos ahora que ha pasado el tiempo. Y no se puede trasplantar la vida ¿verdad? Ni los huesos, ni las ideas y no sé si se pueden trasplantar las ganas, o si se inyectan gota a gota. Una gota de valor. Otra de perseverancia. Y el tiempo sigue pasando y nos convertimos en otras personas, con células de otros, con ideas que alguna vez reprocharemos o agradeceremos a alguien.
Entre trasplante y trasplante él sonreía. O gritaba. O vivía. No le quedaban bien aquellas médulas recién nacidas, pero necesitaba una estructura que lo sostuviera. Y yo me acuerdo tanto de Iñaki cuando escribo… yo que tengo la peor de las memorias entre palabra y palabra no puedo dejar de recordar su risa y sin querer se me escapa y sin querer la escribo y pienso ¿Dónde se encuentra mi primera palabra? ¿Entre la tercera y la cuarta vértebra lumbar? ¿Es allí donde nacen las palabras, los relatos, las ideas? Se están moviendo, saltan en la bandeja. Agarro una con las dos manos. Dejo que su risa atraviese mis huesos y me construya. Ha pasado el tiempo. Y yo agradezco.
domingo 12 de abril de 2009
Compraré unas flores.
Metí el cepillo de dientes en el bolso antes de salir de casa. Podía haber metido condones, podía haber metido mi cuaderno o cualquier otra cosa. Ya no toco la guitarra en la playa los veranos ni grabo cintas de casette para los chicos con los que me beso en el portal. Ahora las cosas son diferentes. Simplemente cogí el cepillo de dientes y me lo llevé. Se hace de noche en tu barrio y pienso qué estaré haciendo yo aquí.
De camino a casa voy apuntando en el brazo las cosas que se me ocurren. Me cruzo con un barrendero joven. Se parece a John Cusack y me imagino como sería pasar la lengua por su cuello. Me fijo en sus manos para ver si son grandes o delicadas. Me paro y le miro y pienso en lo que ahora mismo me gustaría hacerle. En el olor de su traje amarillo reflectante. En cómo sería vivir de noche en la ciudad. La piel erizada y su saliva alrededor de mi boca, alrededor de mi oreja, en mi cara. Ahora se ha dado cuenta y me mira con curiosidad ¿Cuántos años tendrá? No creo que más de 25. Sonrío y hago como si buscara el nombre de la calle con la mirada: estoy perdida, no pasa nada, no va a pasar nada, tranquilo. Pero durante un momento nos hemos mirado tan fijamente como si estuviéramos hablando. Si hubiéramos dicho algo, mis palabras habrían sido: conozco todo lo que sucederá entre nosotros. Ya no quedan secretos. Lo siento. No queda nada de eso aquí. Sigo andando hacia mi casa, con el cepillo de dientes aún en el bolso. Quiero tirarlo pero no encuentro ninguna papelera en mi camino. Intento recordar lo que hay en mi nevera y hacer mentalmente una combinación de elementos posibles para cenar. Quizá compre un ramo de margaritas si sigue abierto el puesto de los rumanos. Quizá luego quiera llamarte. Y no lo haré.
Cuando se acercó a mí puse una mano en su pecho. La palma de mi mano en ese lugar donde parece que se juntan las costillas. No dejé que hablara. Le dije que no y bajé la cabeza para no llorar. Yo no quiero nada de esto. Solo quería mirarle y decirle todas esas cosas que no podría entender. Decirle a su traje amarillo reflectante que la ciudad de noche es distinta y decirle por si acaso lo ha pensado, que él no puede hacerlo. No puede darme esa sensación. No puedes hacer eso.
Ahora miro por la ventana y me imagino ahí abajo la ciudad llena de pequeños puntos, de reflejos amarillos, cuidando las calles como si fueran la piel de un enorme animal, oscuro y primitivo y dormido. Coloco las flores en la jarra del agua. Son blancas y no huelen ni a primavera ni a plástico. Pero ahí están, y tardarán semanas en estropearse. Con el cepillo de dientes todavía en el bolso, hago girar el teléfono en mi mano, despacio. Estoy sentada en el sofá. Creo que quiero llamarte.
jueves 2 de abril de 2009
Hermanas
jueves 19 de marzo de 2009
Pide un deseo
La trenza roja bailaba agarrada al árbol. En la rama más alta que había podido alcanzar para que nadie se la llevara y el deseo se cumpliera. Se subió al coche mirándola fijamente. Las cigüeñas habían llegado y dormían en el campanario. Todos desaparecieron en la primera curva. Abrió la ventana. Los árboles aceleraban tras cada derrape. "Traspasando la locura mecánica", solía decir él. El quitamiedos voló dejándoles paso. El viento se coló en el coche. Estarían juntos por la eternidad. Los deseos de marzo siempre se cumplen.
Atardecer
jueves 19 de febrero de 2009
Poética
No está el cuadro completo, sólo se entrevé un universo y se cierra la puerta de un portazo, el escalofrío, el calor o la furia siguen pero tendrán que crecer en otra cabeza y los personajes, si el lazo de la caja no es demasiado fuerte, terminarán haciendo lo que cada uno piense que deben hacer, quizás el gato-cobaya se escape o suene el teléfono por fin, esto no es una novela, es un cuento.
Algo que he sentido o querría vivir, un lugar imaginado, una conversación que nunca existió, explotan en el papel y vuelan mas allá, donde quieras llevarlos, ahora es tu trabajo, yo ya me he liberado, he bailado, he jugado o he besado y seguramente habré mentido. Mi tía bisabuela sorda no fue repudiada porque yo lo he decidido así, la historia se reescribe y se bifurca, sigue su camino y veo cómo se aleja.
Hoy algo distinto está creciendo justo en el hueco vacío, ahí donde el atlas sostiene mi cabeza, y cosquillea, se retuerce. No sabe hacia donde irá cuando abandone la nuca, si acabará riendo o clavando un cuchillo. Sólo sabe que tarde o temprano necesitará salir.
jueves 12 de febrero de 2009
Poética
Sumergirse e invisibilizarse
Nudos y entrenudos atrapan junto anzuelos y aguijones. Al soltarse, envuelven de nuevo. Desde la oscuridad rastrear las caras, los olores, la luz de sus rostros, la sombra de sus mutilados cuerpos.
Pasado el primer momento, sólo esta el recuerdo, la sensibilidad se transforma en olvido.
Escapar y serpentear con precaución, lentamente hacia lo alto de la colina iluminada en la noche por la lámpara del faro.
Irse vaciando.
En cada respiración desprenderse de la piel que recubre las heridas y envejecida se amontona en la cuneta formando figuras de polvo
Serpentear y avanzar renovándose en cada golpe de luz.
Quedarse dormida.
Soñar y regresar al camino.
Al alba la luz deja de girar .La nueva piel protege del viento
Ya no recopilo
Ya no acumulo
Solo tengo el papel en blanco
sábado 7 de febrero de 2009
lunes 2 de febrero de 2009
La tía bisabuela que se quedó sorda por nadar en un lago helado y fue repudiada por su novio
La casa-escuela estaba siempre a rebosar de gritos y faldas, la abuela Rosa siempre contaba que su madre no podía con todo, no podía, así que un día, cuando ella tenía once años, apareció la tía Julia para ayudar.
A Julia sólo le quedaban sus largos paseos a orillas del Titicaca y el aburrimiento que crecía y crecía. Un día decidió meterse en el lago. Había oído que su agua era salada como el mar y que en ella vivían ranas gigantes, pero como señorita que era tuvo que evitar la luz del día y los anteojos de los pasajeros de los barcos a vapor. El agua estaba congelada y las totoras parecían acariciar sus muslos, sus pechos, su cara y se enredaron en su pelo. Cuando salió, estaba feliz pero ya no podía oír los pájaros, ni las olas, ni los gritos furiosos de la madre de Juan, esto último por suerte.
sábado 31 de enero de 2009
LA TIA BISABUELA QUE SE QUEDÓ SORDA POR NADAR EN UN LAGO HELADO Y FUE REPUDIADA POR SU NOVIO

Primero fueron sus pies, los dedos blancos de sus pies y su risa. Luego su cuerpo de golpe en el frío.
Se mete en el lago con su vestido. Se muerde el labio, levanta la barbilla, siente los calambres, nota cada burbuja, el barro entre los dedos, el aire que corta. Su ropa mojada pesa como un vestido de novia. Y se escucha reír a sí misma y gritar debajo del agua.
Él la mira desde la orilla fascinado. No se atreve a seguirla, no se atreve a reprenderla, no se atreve a decirle que solo vive para ella. Desde la orilla ve cómo el agua le pega el pelo y la ropa a la piel y la escucha reírse y gritar, excitada en medio del invierno. Y desde la orilla le grita a esa mujer que jamás podrá ser un hombre a su lado.
Pero ella ya no le escucha.
jueves 29 de enero de 2009
LA TIA BISABUELA QUE SE QUEDÓ SORDA POR NADAR EN UN LAGO HELADO Y FUE REPUDIDA POR SU NOVIO
El día de su boda, la tía bisabuela que se quedó sorda por nadar en un lago helado y fue repudiada por su novio, se despertó con una aprensión rara y un humor de mil demonios. Sacó el traje blanco del vestidor, le ahuecó los pliegues perfectamente planchados, cepilló veintisiete veces los zapatos de satén y colocó sobre la cama en perfecta alineación medias, ligas, corpiños y enaguas. Esta actividad, lejos de calmarla, la hicieron enojar aún más y cuando apenas faltaba una hora para que vinieran sus amigas a vestirla decidió que aún tenía tiempo de nadar un rato en el lago cercano a su casa. Este no estaba helado ni muchísimo menos, cosa nada rara por otra parte, pues era el mes de Junio, pero según dicen los que la vieron salir, aunque hubiera habido varios icebergs flotando, la tía bisabuela no lo hubiera notado. Al parecer, literalmente echaba chispas.
Cuando había nadado más de un kilómetro y estaba justo en mitad del lago, se empezó a levantar una suave brisa que en pocos minutos se convirtió en un viento huracanado y gélido. Se alzaron olas de hasta cuatro metros y cuando la tía bisabuela, que era una gran nadadora, consiguió llegar a la orilla, el agua estaba empezando a helarse. El raro fenómeno fue explicado por los meteorólogos de la época, como un efecto de las masas de aire frío de las capas altas de la atmósfera en contacto con volúmenes de aire más caliente a un nivel superficial, unido todo ello a una descompensación de las presiones media y alta. Y se quedaron tan anchos. Pero ella se quedó sorda.
Cuando salió del agua, con el cuerpo amoratado y un zumbido de colmenas en los oídos, su humor había variado por completo. El enfado había dado paso a una determinación que la aliviaba y le llenaba de alegría: no se casaría. No ese día ni con ese hombre. El mundo era muy grande y ella quería conocerlo. Nadando en mitad del lago doméstico que por unas horas se había convertido en un océano proceloso y temible, un sueño se hizo fuerte en su interior: navegaría por los siete mares, atravesaría el desierto e intentaría unirse a la expedición que un sueco llamado Amudsen estaba preparando hacia el Polo Sur.
Medio congelada llegó a su casa y para pasmo de sus amigas que la esperaban inquietas entre una nube de tules y lazos, se dio una ducha caliente, se vistió de cualquier manera, se tomó dos copas de coñac y se presentó en la iglesia con la determinación de hablar con su prometido y anunciarle su decisión. Jamás pudo hacerlo. El petimetre había huido con una cantante de tangos de nombre inventado. La tía bisabuela sólo pudo sentir un gran alivio.












